Tribuna Económica

Joaquín Aurioles

Economía colaborativa

Compartir gastos es una opción atractiva para viajeros. Existe una tendencia que evita intermediarios y recurre a internet, pudiendo reducir los costes a cero. Se trata de las plataforma de intercambio tipo Uber o Airbnb.

Ferrocarril, avión o coche, las tres formas más habituales de ir o volver de Madrid, pero en la opción de coche gana terreno una variante. La de compartir el viaje y sus gastos con otros viajeros al mismo destino, tras ponerse de acuerdo a través de la red. Algo parecido ocurre con la posibilidad de intercambiar tu casa durante las vacaciones. No hay intermediarios, así que la experiencia puede incluso salir gratis, lo que obliga a reconocer que se trata de una solución de lo más eficiente y adecuada, sobre todo para jóvenes. Son dos manifestaciones de lo que se ha dado en llamar la nueva economía colaborativa, cuyos antecedentes podrían estar en los anuncios por palabras para vender o alquilar una vivienda, un coche o incluso buscar trabajo, o en los tablones de anuncio en las universidades, donde se cruzan ofertas y demandas para compartir piso.

La principal diferencia es que ahora todo funciona a través de internet y el móvil, como la polémica Uber, la empresa norteamericana fundada en 2009 que pone en contacto al conductor de un vehículo privado con un usuario interesado en un servicio de transporte y que en la actualidad opera en la mayor parte de las grandes ciudades del mundo. Como sabemos, el gremio del taxi se encuentra en pie de guerra contra lo que entiende que es un caso de competencia desleal, además de terreno propicio para los abusos, según denuncian, dadas las lagunas de legislación en la mayor parte de los sitios. Sin embargo, no hay síntomas de debilidad en este nuevo tipo de actividades y de hecho siguen apareciendo nuevos competidores, como la española Cabify, que asegura haber conseguido una notable implantación en Latinoamérica.

Aparentemente, una buena plataforma digital y un estricto código de garantías pueden ser bases suficientes para su adecuado funcionamiento, aunque siempre sujetos a la amenaza de que la acumulación de quejas y denuncias pudiera plantear un problema de reputación. Los riesgos son evidentes, sobre todo cuando se trata de operar en el mercado inmobiliario y, en particular, en el de los arrendamientos compartidos. Compartir piso o meter a un desconocido en tu casa durante un tiempo a partir de perfil depositado en la plataforma puede terminar siendo una experiencia catastrófica, dándose casos en los que el exceso de celo en el estudio del perfil del posible huésped ha dado lugar a denuncias por discriminación y racismo. Le ha ocurrido a Airbnb, la mayor plataforma para el arrendamiento de todo tipo de inmuebles en cualquier parte del mundo.

Rápido y barato, dos de sus principales atractivos, pero hoteles y apartamentos turísticos tienen todo el derecho a exigir una legislación específica equivalente a la sectorial, que les obliga a respetar una batería de estándares de calidad, además de una serie de requisitos burocráticos cuya finalidad es, supuestamente, garantizar la satisfacción del cliente. Habrá que ver cómo se desarrolla, pero el pronunciamiento preliminar de la Comisión Nacional de los Mercados y de la Competencia es favorable a la simplificación de la burocracia, aunque es de suponer que también se refiere a la oferta reglada de alojamiento.

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