Dietario de España

ETA vuelve a enredar la política española

La banda, que no existe desde hace diez años, vuelve a alterar la vida política, mientras Bildu hace un ejercicio de aflicción insuficiente

ETA y el síndrome del amputado

ETA y el síndrome del amputado

Una petición de perdón no borra de un plumazo la memoria de 850 asesinatos. Ni siquiera el arrepentimiento más sincero tendría ese poder. Fueron muchos años de espanto, horror y maldad como para esperar que la sociedad española y, de forma especial las víctimas, puedan poner el contador a cero. No se pide disculpas por haber alentado, amparado o justificado casi un millar de crímenes como se disculpa uno cuando tropieza con un vecino al entrar en el ascensor. España estuvo secuestrada bajo la violencia de la última banda terrorista que quedaba en Europa. Terroristas que actuaban con la cobertura política de un partido que, reconvertido tras pasar el tamiz de la rigurosa ley de partidos, ha iniciado un camino que tampoco tiene retorno. Seguramente en estos primeros lances, justo al cumplirse diez años del fin de la banda, Bildu actúa entre el convencimiento del error de haber sido cooperadores necesarios del horror -con algunos de sus dirigentes condenados por pertenecer a ETA- y la necesidad. La necesidad de dar algunas satisfacciones efectivas, morales y emocionales al reducto sociológico que se agarra al mito de un pueblo diferente con un RH propio. La libertad de los presos sigue siendo la pieza que cuadra su puzle.

Seguramente piensan que con todos en paz, sacar a los presos de las cárceles cuadra el nuevo tiempo en el País Vasco. Como si fuera un derecho que se han ganado por dejar de matar.

ETA mataba a otros vascos, huelga decir que inocentes, solamente por no pensar como ellos y por no ser vascos a la única manera en la que los etarras creían que se podía ser vasco. Ese totalitarismo fermentaba con el respaldo político directo de la extinta Herri Batasuna y demás marcas travestidas por el empuje de la Justicia pero con el mismo alma. Y crecía con el aliento de taimado discurso de dirigentes como Arzalluz, quien se solazaba con aquella siniestra teoría de que unos agitaban el árbol para que otros recogieran las nueces. La periodista Ángeles Escrivá reveló cómo el propio Arzalluz le pedía a los polimilis de Bandrés que no se disolvieran sino que siguieran percutiendo para presionar en la negociación del Estatuto vasco. Y, al fin, aquella ETA actuaba incluso con la bendición del obispo Setién, quien consideraba que aquellos muchachos de las bombas eran "unos revolucionarios". Está bien recordar estas cosas. Sobre todo en contraposición a aquellos verdaderos héroes del pueblo que eran concejales y sabían que cada mañana cuando salían de casa un pistolero podía coserlo a balazos. Y los asesinados que se enterraban muchas veces de forma vergonzante, con curas que miraban para otro lado y vecinos que no acudían al cementerio.

Y los guardias y policías que eran asesinados como si su condición policial los condenara de forma natural. Así de perverso era el lenguaje. Así de negra era aquella España. Y por supuesto, la sociedad civil que fue capaz de no perder la dignidad, y los libreros que reabrían su librería al día siguiente de que los bárbaros le hubieran pegado fuego, y los periodistas que informaban bajo amenazas y los ertzaintzas que un día, con Miguel Ángel Blanco ya cadáver, se quitaron el pasamontañas.

Han pasado demasiadas cosas como para que en diez años cicatrice una herida tan profunda aunque se ha avanzado mucho. La derrota de la banda fue una victoria del Estado de Derecho, de la gente y de los partidos democráticos. Nadie debería ni olvidarlo ni renunciar su legítima cuota de mérito. Ahora que Bildu hace lo que siempre se le había pedido que hiciera descubrimos que no es suficiente, aunque por primera vez Otegi haya nombrado a "las víctimas de la violencia de ETA". Nuestras exigencias morales se han incrementado. El listón de las satisfacciones lo coloca la sociedad democrática, no los acólitos de la banda.

Sería todo más creíble si ayudaran a aclarar los 377 asesinatos pendientes. Y si condenaran los homenajes los presos de ETA que salen a la calle tras haber cumplido su condena. Dicho eso, no queda otra que avanzar por ese camino, aunque aún hoy la propia sociedad vasca anda rebuscándose para los adentros tratando de entender y sentirse cómoda en la nueva civilidad que alumbró el fin del terrorismo.

Lo único que no podemos permitirnos los españoles es actuar con el síndrome del amputado, buscando el miembro que ya no existe, y que una banda terrorista derrotada y desaparecida contamine de nuevo el día a día de la política española. Ya lo hizo durante muchos años, cuando creían que con el tiro en la nuca a un inocente avanzaban hacia una Euskadi libre y moralmente superior.

Preparen la billetera en las autovías

Las autovías van a dejar de ser gratis a partir de 2024, así que ya pueden ir haciéndose el cuerpo. El globo sonda que soltó Ábalos ha ido cogiendo más gas. Hay dos motivos para la imposición de un pago en las carreteras cuyo uso es hasta ahora gratuito. Por un lado, la necesidad de cuadrar las cuentas públicas. El mantenimiento de cada kilómetro de autopista cuesta 80.000 euros. Según la Asociación Española de la Carretera, las vías españolas acumulan un déficit de mantenimiento que se eleva a 7.300 millones. En 2022, el Gobierno destinará 1.371 millones a su conservación. Por otro lado, se impone una penalización directa a los usuarios con la idea de que quien contamina paga. Ese argumento, alineado con la nueva conciencia sostenible, tiene su peligro. Llevado al límite podría terminar penalizando la asistencia sanitaria a los fumadores porque quien fuma también la paga.

El 64% del tráfico de las vías de alta capacidad son camiones. Como se sabe, transportan mercancías. Veremos cómo repercute el coste de las autovías en los consumidores. La UE ya desmintió en su día al ex ministro de Fomento y negó que sea una imposición de Bruselas. Lo que sí quiere la Comisión es que se pague por kilómetro utilizado y no mediante el sistema de pegatina, una especie de tarifa plana.

Los argumentos generales se entienden, pero explíquenselo a los usuarios habituales de la autovía entre Sevilla y Cádiz, que dejó de ser de pago el 31 de diciembre de 2019 tras numerosas prórrogas que llevaron la concesión a un máximo de 48 años. Parece una maldición, máxime para la provincia de Cádiz, necesitada de argumentos que incentiven el atractivo para los inversores. No será ésa una medida sin oposición.

Villarejo, ese tipo omnipresente

El ex policía Villarejo lleva años ensuciando la vida pública española con la anuencia de políticos, empresarios y periodistas. Todos han entrado en su juego. Políticos que utilizan su porquería para desgastar al rival, empresarios que no tenían escrúpulos en contratar sus servicios para espiar, presionar e incluso amenazar a la competencia o resolver mediante agresiones sus problemas de faldas; y periodistas que han espigado cada "revelación" villareja como si fuera la verdad revelada.

Nadie discute que Villarejo maneja o ha manejado información relevante y la obligación de los periodistas es acreditarla, contrastarla y contarla. Como las posibles entrevistas con Rajoy para comprobar, según su versión, que el ex presidente amparaba la operación Kitchen. Sin duda tendría interés público saber si aquellos hechos ocurrieron, aunque a estas alturas la quincalla que va soltando Villarejo cada vez parece menos fiable. Tampoco es discutible que el ejercicio periodístico se ha practicado muchas veces a golpe de escandalillo obedeciendo al interés, a veces comercial y a veces penal, del ex comisario, uno de cuyos adláteres iba ofreciendo por Madrid a millón de euros el kilo de terabyte con grabaciones comprometidas.

Pero lo peor es ese anzuelo voluntariamente tragado de publicar cada semana que el ex policía amenaza con tirar de la manta. A ver si lo hace de una vez y nos deja a todos en paz, aunque a estas alturas parece que tiene poca manta de la que tirar. Sus revelaciones han entrado en periodo de saldo, como la de los tratamientos con hormonas al Rey emérito para bajarle la libido porque era algo así como un problema de Estado. Villarejo, que lo que sí tiene es capacidad destructora para dañar a mucha gente aunque no sea trascendente a efectos políticos, es un tipo que se pasó por las instancias del poder del Ministerio del Interior con ministros de todos los partidos. Algún día alguien debería explicar qué le deben al siniestro ex comisario del parche en el ojo.

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