José Pedro Pérez Llorca | padre de la Constitución

"No hay errores de concepto, nos pusimos de acuerdo en lo ambiguo"

  • Relato de un texto político histórico en la boca del joven gaditano que era la voz de Adolfo Suárez en los debates. Siempre recuerda aquellos tiempos “noctívagos con olor a tabaco”

José Pedro Pérez Llorca José Pedro Pérez Llorca

José Pedro Pérez Llorca / José Ramón Ladra

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La actividad de José Pedro Pérez Llorca en estos días es desenfrenada para un hombre que acaba de cumplir 78 años y al que se le requiere continuamente como uno de los tres padres de la Constitución que sigue con nosotros y que, además, celebra el Bicentenario del Museo del Prado, del que es presidente del Patronato.

Cuando participó en la redacción de un texto histórico que ha sido la hoja de ruta para los años de despegue de España en lo económico, lo político y lo social, apenas contaba con 38 años, era el benjamín de un grupo de brillantes hombres de Estado a los que se le encargó materializar la reconciliación en la que, como cuenta el historiador Santos Juliá en su libro definitivo, Transición. Una política española (1937-2017), se trabajó casi desde el mismo momento en que la catástrofe acabó en exilio.

En los últimos años Pérez Llorca ha narrado en este medio cómo fueron aquellos días y, a través de esas conversaciones con este periodista, se puede reconstruir el pensamiento de un hombre que abandonó muy pronto la política para dedicarse a la abogacía y, a partir de ese momento, se convirtió en espectador, muchas veces estupefacto, del transcurso de los tiempos.

Pérez Llorca está aún hoy orgulloso de esta obra a siete manos. “Yo creo que el texto que hicimos en el 78 resiste una lectura. No hay errores básicos de conceptos. Nos pusimos de acuerdo en la ambigüedad. Eso fue su éxito y su defecto. Los gobiernos han podido gobernar, pero si se llega al radicalismo al que nos encaminamos es difícil realizar una reforma del texto constitucional, una reforma que ahora mismo yo creo que es tan necesaria como imposible.

Habrá que resolver ese dilema, pero ese dilema no se puede resolver si unos parten de una posición blanca blanquísima y otros de una negra negrísima. Un retoque constitucional sin consenso es imposible. El federalismo se basa en el principio de la lealtad y si alguien se salta las reglas de juego no veo donde se puede plantear el acuerdo”, explicaba hace tres años, cuando el fenómeno de Podemos estaba instalado, pero, sobre todo, el independentismo catalán se dirgía al abismo.

Era una situación que le entristecía, ya que confesaba que con su amigo Miquel Roca, padre de la Constitución como él y con el que sigue guardando una relación estrecha, sólo hablaban de cuestiones técnicas y de cómo les iba la vida, pero pocas veces del tema tabú.

Aún así, la Constitución tenía una utilidad que perdura, en su opinión, y reflexiona con lucidez del papel que, a día de hoy, sigue teniendo. “Cuando las cosas no funcionan, siempre hay un sector que vota contra el sistema. Los ciudadanos están cabreados, desesperanzados, pero, al igual que en una fábrica tiene que haber un técnico que conozca el funcionamiento de una maquinaria, en las instituciones tiene que haber gente que conozca ese mecanismo complejo”.

En el momento en que se desprecie el trabajo de esos técnicos que controlan la maquinaria, la fábrica funciona sin control. Pensábamos Pérez Llorca y yo en la escena de Tiempos Modernos, de Chaplin. Quién sabe si estamos en ese momento.

Charlamos tras la muerte de Adolfo Suárez, al que él conoció tan bien y al que responsabilizaba en la legislatura constituyente de “ese ambiente político noctívago con olor a tabaco. Yo, que no fumaba, acababa con el olor impregnado. Él se sostenía toda la noche con Ducados y una tortilla”. Lo recordaba emocionado porque “hay una memoria que tenemos que preservar. Él experimentó el cambio, hizo algo muy complejo y lo hizo bien.

No creo que con él se deba caer en revisionismos. Defendió la libertad cuando él no venía de ella y, a veces, por esa misma libertad que él ayudó a construir fue tratado muy cruelmente”.

Hablamos también con motivo de la abdicación del Rey Juan Carlos en su hijo, Felipe VI, en 2014, del papel de la Monarquía, y le entristecía la deriva de los hechos: “Ha pasado el tiempo, ha cumplido años como todos los hemos cumplido y nos encontramos en una situación de crisis que ha barrido muchos de los logros conseguidos, pero nadie debe olvidar que él fue el motor del cambio, un cambio a mejor.

La sensación de poca limpieza en la clase política ha salpicado a todas las instituciones, incluso a la persona que trajo la esperanza a este país y que maniobró con éxito para que una sociedad ya madura pudiera acceder a las libertades que se le habían negado durante tanto tiempo”.

A este gaditano clave, a modo de resumen, le gusta citar a Azaña en la que es una de sus frases favoritas. “Si los españoles se dedicaran sólo a discutir de lo que saben se crearía un gran silencio que podríamos utilizar para aprender”.

Y, en buena media, en esto se resume el pensamiento político de este gran lector, ciudadano que observa este tiempo cambiante; él, que contribuyó a un texto que puede y debe ser cambiado, pero que forma parte indeleble de nuestra historia. Nuestra mejor historia.

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