Dietario de España

Pedro Sánchez, del verso revolucionario a la prosa del BOE

El 40 congreso sitúa al PSOE ante la oportunidad de virar hacia posiciones más moderadas. Consolidado en el Gobierno, con el partido en paz y los Presupuestos enfilados, tiene vía libre

Pedro Sánchez.

Pedro Sánchez.

El sagaz jefe de comunicaciones de El Ala Oeste de la Casa Blanca, Toby Ziegler, seguramente un personaje inspirador para los asesores modernos, decía algo canónico: “Se hace campaña en verso, pero se gobierna en prosa”. Pedro Sánchez ya sabe del verso libre de las primarias, de la lírica en consonante de la campaña presidencial y de la prosa del BOE. El 40 Congreso Federal del PSOE que se cierra hoy está escrito en prosa aunque mantiene veleidades poéticas. Gobernar es sobre todo comprender, afrontar y tratar de gestionar la realidad y esa realidad se proyectará sobre la acción política del partido.

El congreso anterior se celebró tras el triunfo de Pedro Sánchez sobre Susana Díaz en las primarias. Pero se construyó, sobre todo, sobre las cenizas de dos años terribles vividos en la calle Ferraz. Pocos dirigentes socialistas evitarán sonrojarse si recuerdan aquellos acontecimientos celebrados tras las trincheras de un proceso guerracivilista. Dimisión en bloque de la mayoría de la Ejecutiva Federal; Pedro Sánchez, atrincherado; urnas escondidas tras un panel; moción de censura; y Verónica Pérez, la secretaria general de PSOE sevillano proclamándose la única autoridad en medio de aquel avispero con hechura de camarote de los Marx.

Por aquel entonces la presión también llegaba desde fuera: los brazos armados mediáticos y empresariales que disputaban aquel lance bajo los efectos estupefacientes de un discurso de antagonismos fabricados con verdades y mentiras: si ganaba Susana Díaz el socialismo –según su concepción más clásica– estaba salvado y España caminaría por la senda del progreso y la moderación; y si ganaba Sánchez legaría el advenimiento de un nuevo PSOE, la radicalidad y cuarto y octavo de Mefistófeles con coleta. También se dirimía permitir o no que Rajoy siguiera en La Moncloa.

Ocurrió lo que ocurrió y cuatro años después el PSOE ha celebrado su congreso con un lema que en nada se parece al Somos la izquierda de 2017, que sirvió a Sánchez para marcar espacio propio en el PSOE y ante un podemos en ebullición. El de este año llevaba por título Avanzamos. Se acabaron las revoluciones, vuelve la socialdemocracia. Todo mas sereno y pragmático. Y muchos menos revolucionario.

La experiencia es un grado y Podemos es una amenaza menor, aunque volverá a ser un socio necesario en el futuro. Veremos si hay efecto Yolanda Díaz y las nuevas confluencias, que la izquierda siempre está confluenciando, pero nunca termina de confluenciar. A la espera del nuevo atlas, que sea cual sea, tendrá que sumar más votos que la derecha y aun así tirar de apoyos legítimos pero turbios. Tenían razón los que decían que Pedro Sánchez haría un partido distinto. Y que iba a entenderse con Podemos. En eso no se equivocaban. En aquel tiempo se ganaban elecciones yendo contra el sistema. La casta, la superestructura, el régimen del 78… ¿se acuerdan? Susana Díaz era, para las sacralizadas bases, un epígono del mundo clásico. No tenía opciones, aunque hubo muchos empeñados en decirle que sí.

El congreso socialista, desde el poder, ha enfilado ahora un camino más reconocible para muchos dirigentes y votantes, con el plus de esa reconciliación formal de Pedro Sánchez con Felipe González y por añadidura, con el felipismo. No es un asunto menor: es un plus de legitimidad para su proyecto. Es el momento del giro. Las apelaciones constantes a la socialdemocracia –que gana posiciones en la UE– no son baladíes. Entre las ponencias sometidas al congreso está la creación de una España federal “multinivel”, que desplaza a la reforma de la Constitución para articular un país “plurinacional”. Muchos se van a sentir más cómodos.

Además, hay un corpus doctrinal e ideológico que habla de un partido dispuesto a modernizar España y modificar muchas inercias sociales. El PSOE tiene una oportunidad para recuperar espacio hacia el centro, que no es un movimiento reñido con la modernización de un país ni con abrazar nuevas causas sociales. Tienen los presupuestos enfilados, baza suficiente para acabar cómodamente la legislatura incluso ante una eventual ruptura con UP. El maná europeo va a dar mucho juego los próximos años.

El partido, en paz. Sus socios no atraviesan su mejor momento y el PP ya sabe que su próximo gobierno sería con Vox dentro o no será. Si están pensando en balizar hacia posiciones que sean entendidas por el conjunto de la sociedad como más moderadas, es el momento.

12-O, el día nacional de los abucheos

Los abucheos habituales al presidente del Gobierno del PSOE cada 12 de octubre, lejos de ser una mera anécdota, evidencian las asignaturas pendientes de una buena parte de la sociedad. La taxonomía nos permite clasificar los insultos. No es que haya insultos buenos y malos. Pero agruparlos concede una ventaja importante para no confundir los que pueden formar parte de los usos razonables democráticos y los que denotan una concepción patológica del poder y la democracia. En cualquier caso, aprovechar el día del 12 de octubre, fiesta nacional de España, la Hispanidad, en un acto solemne con los reyes y las fuerzas armadas a punto de desfilar dice más de quienes lo proferían que de quién los recibía.

En el primer grupo de invectivas hay algunas perfectamente democráticas como “inepto” o reclamaciones del tipo “dimisión” o el clásico para corear el doce de octubre: “fuera, fuera”. Pero es en la segunda tipología donde radica el problema. “Okupa”, supongamos que gritado con k, que es la licencia que se toman los rebeldes con causa. La idea de un grupo de activistas de que el presidente del gobierno está “okupando” el poder indica una acusación de ilegitimidad, de una especie de robo o, lo que es peor, expresa el convencimiento de que alguien está en el sitio equivocado. Pero no por error, sino porque no le corresponde, porque hay gente que cree que no todo el mundo tiene derecho a ser presidente del Gobierno, un cargo al que solo se produce en España tras una estricta observancia de las normas constitucionales. Es cierto que ese sentido patrimonialista y enfermizo del poder que tiene una parte notable de la derecha española encuentra su espejo en muchos convencidos de que la izquierda tiene la razón moral, una especie de autoridad superior que le permite mirar a la derecha con condescendencia. Y todo pese a que los esquemas clásicos están reventados desde hace años: progres ultraliberales que ya no creen en la intervención del Estado ni en según qué solidaridades sociales porque las cosas les muy bien y obreros que votan a Vox porque les van las cosas muy mal.

Todos los presidentes del gobierno han sido objetos de insultos y escraches. Felipe González sufrió dos boicoteos en la Universidad Autónoma de Madrid: el primero por la extrema derecha por la corrupción -con el cadáver de Filesa aún caliente- y 23 años después por jóvenes de extrema izquierda que le recriminaban tener las manos manchadas de sangre por los GAL. A Aznar lo persiguieron por la guerra de Iraq –respondió con una peineta en alguna ocasión–; a Zapatero ya le cayeron fuerte el 12-O y a Rajoy lo persiguieron al hilo de la corrupción.

Pese a que no hay excepciones, esta semana Casado ha perdido una oportunidad para romper una inercia venenosa. Debió condenar los insultos a Sánchez, en vez de convertirlos en una interpretación demoscópica de “lo que dice la calle” de él. El día que algún político haga el gesto correcto en las coyunturas que así lo exijan tendremos que pedir las sales.

O los políticos se proponen prestigiar la política, reconocen la legitimidad del adversario y recuperan la cultura del pacto y la convivencia o solo nos quedará esperar un aumento de los decibelios. O la clarividencia del milmillonario Warren Buffet, quien a una pregunta de una periodista de Reuters sobre si seguía creyendo en la lucha de clases respondió: “Sí, claro. Y vamos ganando”.

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