Doble fondo

Sánchez e Iglesias se casan de penalti con Vox haciendo de celestina

  • La pareja retoma su romance imposible en 48 horas después de siete meses de peleas, haciendo de la necesidad de parar los pies a la ultraderecha virtud

Uno de los 'memes' que están circulando tras el acuerdo entre Sánchez e Iglesias. Uno de los 'memes' que están circulando tras el acuerdo entre Sánchez e Iglesias.

Uno de los 'memes' que están circulando tras el acuerdo entre Sánchez e Iglesias.

Érase una vez una pareja muy mal avenida, de ésas que se quieren porque se necesitan en el peor de los sentidos, que se pasó el verano tirándose los trastos a la cabeza, que si convivimos en coalición, que cada uno en su casa y Moncloa es la mía, y que han acabado dándose el sí quiero una gris mañana otoñal, pasando de las tortas a los abrazos como quien no quiere la cosa, un bodorrio que ha llegado a trompicones gracias a la celestina más inimaginable...

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias han hecho de la necesidad virtud y han espantado al fantasma del bloqueo perenne como por ensalmo, como por arte de magia, aunque en este asunto poca, ninguna, hay, a tenor de que ninguno se ha fiado nunca del todo del otro por muchos abrazos que se estén dando ahora después de tantas tortas, aunque si alguna cara roja hubiera por ahí sería la de Sánchez, que se podía, nos podía, haber ahorrado tanta incertidumbre y tanto paseo por las urnas si hubiera dado hace meses el paso  que está dando ahora.

Es como de cuento. No apto para niños. Puro terror. No de hadas buenas, sino de malos hados. Las elecciones del domingo nos han dejado en menos de 48 horas esta boda y varios funerales: el de Ciudadanos (que se ha quedado descabezado tras la espantada de Rivera debacle mediante), el del PP (que ya estaba barajando hasta esta misma mañana una abstención de Estado, confiado en que la izquierda siguiera enfangada en el barro del desencuentro), el del santo bloqueo (que parecía tan intratable como incorregible)...      

Segundas elecciones en siete meses

El bloqueo ya se instaló, cómodamente, con los pies en la mesa del salón de los españoles, en las elecciones generales 2015. Los 123 diputados de Rajoy y los 40 de Rivera eran insuficientes y la posibilidad de un Gobierno Frankestein entre los socialistas, los llamados populistas, los independentistas y otros retales iba asomando la cabeza entre la impotencia de Rajoy, hasta que en junio de 2016 los sufridos electores volvían a las urnas por segunda vez en siete meses, como ahora. Y, como ahora, el bibloquismo se quedó atascado.

Los flamantes tortolitos empezaron a hacer manitas allá por el verano (malos veranos está teniendo la izquierda) de 2016. Podemos se había hecho aquel 26 de junio con 69 diputados y se había quedado a dos palmos del sorpasso en la izquierda, con cinco millones de votos, a poco más de 400.000 del PSOE, que sin embargo daba de lado a su media naranja para irse con otra, la del entonces zumosol Albert Rivera. Y Sánchez intentó la investidura de su brazo. Y se la pegó. Iglesias tumbó para variar la investidura del candidato socialista entre imprecaciones sobre la cal viva de los GAL... Los dos tortolitos se hicieron enemigos, pero no tan irreconciliables como parecía...  

Y volvieron a tratar de enderezar su romance imposible. Pero el cuento no funcionaba. "El PSOE nos envía varios documentos que son un corta y pega de su pacto con Ciudadanos, escondiendo las medidas más vergonzosas. Esto no es serio", rezongaba Iglesias. Y Sánchez le contestaba: "De vosotros depende que estas medidas arranquen el Gobierno del cambio. No es serio que siga Rajoy".  

El hazmerreír heló muchas risas 

Y el PSOE se amotinó contra su secretario general, que se enrocó en el no es no a Rajoy, hasta que acabó despeñado y salió con el rabo entre las piernas el 2 de octubre de 2016 tras intentar en vano convocar unas primarias y un congreso extraordinario. Sánchez dejó hasta el escaño, pero no tiró del todo la toalla como acaba de hacer Rivera.

Carretera y manta, se paseó por todas las agrupaciones socialistas con su flor por montera y el entonces hazmerreír (casi nadie se lo tomaba ya en serio, dónde va éste, decían muchos analistas) se ganó de nuevo el respeto y el mando del partido barriendo contra pronóstico a Susana Díaz en las primarias.

Era ése, el defenestrado Sánchez, que nada, poco, tenía que ver con el que vendría. Elogioso con Podemos, admitía sin reparos que los poderosos siempre le habían puesto la zancadilla para frustrar su idilio imposible con Iglesias, un líder socialista al que el mismísimo Grupo Prisa consideraba un "irresponsable peligroso". Un Sánchez que acusaba al diario El País de presionarle para que no formara Gobierno con Podemos y los independentistas y de ser correa de transmisión de los intereses de los poderes económicos. 

Un Sánchez que se ha pasado todo el verano en un bucle con Iglesias, haciendo guiños a PP y Ciudadanos, un Sánchez que decía hace dos meses que ni él ni el 95% de los españoles podrían dormir con ministros de Podemos, un presidente pues al que le quedan muchas horas de insomnio, puesto que los va a tener, incluyendo al otrora vetado, Pablo Iglesias, que le ha ganado la partida de todas todas.

Como Pedro por su casa

Sánchez e Iglesias se van a pasar por la vicaría de la gobernabilidad y el líder morado se va a pasear ahora por La Moncloa como Pedro por su casa, con galones de vicepresidente. Todo muy surrealista. Dos tíos que no se pueden ni ver como piloto y copiloto de una nave con un pasaje variopinto y que se va a enfrentar a seras inclemencias económicas. 

Ahora está por ver el alcance de la irrupción de Unidas Podemos en ese hipotético Gobierno en ciernes. El cuento está en marcha (el preacuerdo exprés es muy indefinido). Y las cuentas, que parecen cosa hecha, pero no lo está. ERC ya está poniendo la alfombra a la pareja, como el PNV.

Para completar el pastel de la boda no se descarta a Ciudadanos. El PP, en completo fuera de juego, hasta barajaba una abstención técnica. Ha costado, pero el Gobierno progresista que se enrolló entre egos en verano se ha colado abrupto y altivo entre el estupor de la derecha con calzador antes de que no pasaran ni 48 horas desde el cierre de las urnas. De las que salió un vencedor claro, que ha acabado siendo el que ha empujado a la pareja al altar.

¿Quién iba a decirlo? La celestina apremiante es homófoba, el empuje de la ultraderecha ha dinamitado los resquemores y hasta las hostilidades entre el PSOE y Unidas Podemos. "El PSOE se abraza al comunismo bolivariano, a los aliados de un golpe de Estado, en mitad de un golpe de Estado", proclamaba este martes el inverosímil maestro de ceremonias, Santiago Abascal. Los novios se han casado. De penalti. La izquierda estaba en una situación muy embarazosa.

Ahora, crucen los dedos, lo que dios, digo Vox, ha unido, que no lo separe Cataluña, la gran piedra de toque del matrimonio de conveniencia, que a priori contempla una luna más de hiel que de miel. El padrino independentista no va a quitar ojo a los desposados y siempre les podrá chafar el invento al dictado de las matemáticas parlamentarias.

Colorín colorado, este cuento ni ha empezado...

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