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Dimisiones, trasvases y salidas... en vivo y en directo

  • Antonio Martínez López, concejal y cartero, abandonó el grupo municipal socialista tras el incendio del Auditorio Manuel de Falla

  • En su salida tiró el altavoz del salón de plenos

Salón de plenos del Ayuntamiento de Granada.

Salón de plenos del Ayuntamiento de Granada. / granada hoy

Todo empezó con el incendio del Auditorio Manuel de Falla, en los primeros días de agosto de 1986. El fuego supuso una larga digestión para aquel equipo de gobierno en mayoría absoluta durante el periodo de las mayorías absolutas socialistas. La misma tarde del siniestro se levantaron serias dudas sobre la existencia de un seguro que cubriese los daños. Hubo declaraciones contradictorias pero bastó un día para que se confirmase la carencia de una póliza. El único equipamiento cultural de la ciudad, multiusos porque servía para conciertos, congresos, convenciones... había desaparecido entre las llamas en el corto plazo de apenas unas horas.

La oposición, que se limitaba a los nueve concejales de Alianza Popular-PDP-UL, forzó un pleno extraordinario y Antonio Jara, alcalde, desde su cómoda mayoría de 18 concejales, enfrió el debate llevando la iniciativa de las réplicas en contraste con el mutismo de su entonces número dos y portavoz socialista, José Olea, a quien se apuntaba 'sotto voce' por indolencia en la no renovación de la póliza. Jara llevó el debate al terreno de la solidaridad y la gratitud a la hora de buscar el apoyo del Ministerio de Cultura y la Junta de Andalucía en la reconstrucción del Auditorio. Y ahí, como cabía esperar, obtuvo el respaldo del PP, entonces AP.

Con las aguas del debate calmadas, de forma inesperada y en el último momento, un concejal del propio PSOE pidió la palabra. Era Antonio Martínez López, cartero de profesión: "¿No se van a exigir responsabilidades?". Jara dijo que no. Olea controlaba el grupo municipal socialista con mano férrea. Era un hombre trabajador y eficiente que se exigía a sí mismo tanto como exigía a los demás. Y se había granjeado enemigos en su propio campo. "Pues entonces me voy". Dicho y hecho, arrambló con sus papeles y cruzó de izquierda a derecha el salón de plenos, arrastrando en su camino el altavoz, que cayó con estrépito, lo que dio opción a Jara para rebajar la tensión: "Para abandonar un partido no es necesario maltratar el patrimonio municipal...".

Martínez se constituyó a continuación en portavoz del Partido de Acción Socialista (PASOC), una escisión del PSOE en Madrid que aspiraba a la regeneración del partido ante las primeras y tenues voces de corrupción y terminó integrado en Izquierda Unida. El concejal vadeó los nueve meses de mandato y desapareció de la política granadina. Pero aquella salida del grupo en vivo y en directo dio paso a una insólita situación durante ese periodo municipal que va de 1983 a 1987. Una corporación que nació con dos grupos políticos tras las elecciones del 8 de mayo de 1983 y terminó con cuatro. Porque Alianza Popular registró también una salida: José Romero, camarero de profesión, un 'populista' personaje muy conocido en la ciudad, con un pasado en UGT que AP integró sin dificultad en su lista hasta que surgieron las contradicciones internas y Romero saltó del grupo para afiliarse al entonces pujante CDS de Adolfo Suárez, al que representó hasta las siguientes elecciones municipales.

Con todo, el 'trasvase' de concejales más sonado se produciría durante el siguiente mandato. Antonio Jara continuaba de alcalde, pero aquella desahogada mayoría anterior se había diluido tras las elecciones de 1987. Sus catorce concejales se veían superados por la suma de AP, CDS e Izquierda Unida. Fueron los tiempos de la apertura de la Circunvalación y los 'anticircunvalantes'. En una insólita 'unidad de acción', una y otra vez aquella suma hacía tragar 'quina' en el salón de plenos al otrora orgulloso equipo socialista de gobierno municipal. Mediando el mandato, el PSOE encontró la solución. El muñidor del artificio no fue otro que Jesús Quero, futuro alcalde, que hurgó en las desavenencias de dos concejales en el seno de su grupo, Alianza Popular: Tomás Sola y Elena de Vizcaya. Con ellos negoció con habilidad, alentó su salida y promovió la constitución de un bien dotado grupo mixto que comenzó a torcer hacia la bancada socialista ya hasta junio de 1991 el signo de las decisiones plenarias en el Ayuntamiento de Granada.

Esta historia de desavenencias internas queda incompleta sin aludir a aquella 'rebelión de los catetos' que inesperadamente hurtó al PSOE más victorioso la Diputación Provincial entre 1983 y 1987. Pero ese caso da para mucho más que estos párrafos...

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