Tribuna de Opinión

Transición ecológica justa

  • Ante la celebración del congreso federal del PSOE, el partido aborda la adopción al completo de los postulados ecologistas para afrontar los nuevos restos sociales

Pasarelas del río Castril

Pasarelas del río Castril / Alberto Tauste / Dipgra

El PSOE va a celebrar su congreso federal, en un momento crucial para este partido y de gran trascendencia social, por el papel que le ha tocado jugar desde el Gobierno de la nación afrontando la mayor crisis sanitaria, económica y social de nuestra historia y liderando el proceso de recuperación y transformación económica con unos parámetros diferentes a los de anteriores crisis que podemos sintetizar en la aspiración de que nadie quede atrás.

Desde la recuperación de la democracia los socialistas han estado en la vanguardia de las reformas sociales en nuestro país (educación, salud, dependencia, nuevos derechos y libertades sociales)… La nueva modernización, que es en buena medida tecnológica, debe suponer también un punto de inflexión en los postulados ideológicos de la socialdemocracia con respecto a las políticas ambientales.

Así se expresa en el capítulo de la ponencia marco Transición ecológica justa y biodiversidad, que se debate en estas fechas en las delegaciones que acudirán a este 40 Congreso, XL en sus siglas romanas, (y también llamado así por la extensión de los documentos en discusión). No es casualidad que esta parte del texto se encabece con una declaración de En rojo y verde que significa que toda la organización socialista asume los postulados ecologistas como una seña de identidad. Por la combinación de estos colores somos conocidos como los sandías los miembros de la organización sectorial de Medio Ambiente. De la misma manera que el PSOE se define ya sin complejos como feminista, la incorporación de esta visión debe ir percolando en toda la organización socialista.

Desde la Segunda Guerra Mundial, la socialdemocracia europea ha estado más en que lo primero era el crecimiento y el desarrollo económico, y posteriormente la redistribución de la riqueza y el bienestar, que en un modelo de desarrollo que asegurara la sostenibilidad y el bienestar presente y futuro. Tenemos que ser capaces de comprender y de asumir que ahora no se trata sólo de corregir déficits ambientales ni de ser más o menos ambiciosos en la protección de nuestros espacios naturales. Ya no es posible afrontar la compleja problemática ambiental desde soluciones paliativas que se sitúen al final del proceso productivo. Sin duda, todavía durante algún tiempo, tendremos que rehabilitar y restañar los errores y las consecuencias de prácticas y modos de proceder que han provocado profundos daños a los ecosistemas. Pero, sólo eso no es ya suficiente. Ahora toca transitar hacia un nuevo modelo de desarrollo, sostenible, en su múltiple dimensión: económica, social, ambiental y cultural.

El socialismo democrático europeo tiene una vez más, con España (y esperemos que pronto también con Alemania), a la cabeza, la responsabilidad de liderar un cambio hacia una economía baja en carbono basada en la transición energética y la economía circular, pero también en una nueva manera de relacionarnos con la naturaleza. Ecología y Economía, que comparten origen etimológico, vuelven a correlacionarse, a entenderse como dos maneras de aproximación a un único destino posible a través de un proceso de transición ecológica justa.

En estas tres palabras, aparentemente simples, se encierra la propuesta, y la apuesta, socialista más importante en mi opinión para los próximos años. Este asunto no debe verse como una cuestión sectorial sino como un elemento central y transversal del proyecto socialista que debe impregnar todo el discurso político cuando abordamos los temas de empleo, la salud, la política industrial, la movilidad y la accesibilidad, la política internacional, educación, investigación…

Cuando hablamos de transición ya estamos refiriéndonos a que pasamos de una situación (un modelo) a otra, y estamos aludiendo a algo más que un cambio, que unas simples reformas (que ya no son suficientes). No es sólo una cuestión de salto tecnológico, aunque este pueda y deba ayudarnos en el camino, sino que el cambio de modelo de producción y consumo debe ir acompañado de una ‘revolución’ cultural, de un cambio de mentalidad.

El planeta ya ha mostrado sus límites y si no advertimos las señales ecológicas, si no cambiamos de modelo económico, vamos abocados al colapso. La solución no puede consistir en volver a la situación de partida. La inacción es también una no-solución. A ella vamos arrastrados por las ideologías neoliberales, de dejarlo en manos del mercado; el sálvese quien pueda que defienden al unísono las derechas españolas tiene unas consecuencias devastadoras, cada vez más graves y más costosas si vamos retrasando las decisiones. Por otra parte desde el otro extremo ideológico parecen resignarse a la vuelta al Neolítico, con las ideas que conducen al decrecimiento, lo que supone una pérdida de bienestar de nuestra sociedad en su conjunto pero que pagarán más caro, de manera injusta, los más pobres, los que menos han contribuido a esta situación de deterioro. En definitiva, nos puede dar miedo asomarnos a la incertidumbre de la transición ecológica pero la alternativa al susto es muerte.

Desde el PSOE acompañamos el adjetivo de justa a este nuevo concepto de transición ecológica, ya que el compromiso de una opción progresista no puede desligarse de la apuesta por la equidad, por dar respuesta a las necesidades de los sectores más necesitados, de los más vulnerables. Eso significa que la adaptación y la transición hacia un nuevo modelo productivo y de consumo debe llevarse a cabo de forma progresiva y no traumática. No habrá transición si no es justa, no es sostenible y no es social; de igual forma tampoco la habrá si no se hace mediante procesos participativos en su implantación. En la ponencia marco se resume esta cuestión con una idea: “donde el fin de mes no tenga que enfrentarse al fin del mundo”.

En el texto que se debatirá en el Congreso de Valencia esta transición ecológica justa viene acompañada de la palabra ‘biodiversidad’. La conservación de la biodiversidad debe ser abordada no tanto como un objetivo en sí mismo sino como un instrumento, un indicador de la salud de los ecosistemas, del planeta. Cuanta más biodiversidad, más salud y además mayor resistencia y resiliencia para enfrentar el cambio global y el cambio climático en esta nueva era bautizada como Antropoceno. Nuestra sociedad debería aprender e interiorizar que cuánto más pierden las ‘fuerzas de la biodiversidad’ más ganan las ‘fuerzas del cambio’. Dicho de otro modo, la conservación de la biodiversidad es un seguro, una vacuna universal, contra el cambio global, contra nuevas pandemias, contra los desequilibrios ecológicos.

En este nuevo enfoque de la conservación de la biodiversidad hay que pasar de la consideración de Espacios Naturales Protegidos a Espacios Protectores, reorientando su valor como fuente de bienes y servicios ecosistémicos (áreas protegidas para el bienestar humano, presente y futuro, en términos de los organismos internacionales), tanto como de reservas de biodiversidad. Además de este cambio de paradigma hay que dar un paso adicional y apostar por las soluciones basadas en la naturaleza que implican proteger, restaurar y gestionar de manera sostenible los ecosistemas, de manera que aumenten su capacidad de adaptación y respuesta y podamos abordar los nuevos desafíos sociales al mismo tiempo que se salvaguarda la biodiversidad y se mejora el bienestar de nuestras sociedades.

Nuestro país, nuestra sociedad, debió enfrentarse a estos importantes retos sin que hubiera ocurrido la pandemia del Covid-19 pero afrontarlos ahora se ha convertido en urgente y necesario si queremos acogernos y aprovechar el enorme influjo inversor de los Planes de Recuperación, Transformación y Resiliencia a las distintas escalas: europea, estatal y regional. Ahora, más que nunca, la sociedad debe implicarse en un proceso de cambio que necesita de todos: de líderes políticos conscientes y comprometidos, de profesionales capacitados, de empresas con visión de futuro, de agentes sociales y económicos que actúen proactivamente para construir ese nuevo modelo de desarrollo que nos permita mirar el futuro con mayor optimismo...

El cambio de modelo requiere una nueva cultura del consumo, de la producción, de las relaciones personales, de nuestros hábitos de desplazamiento, del tipo de vivienda… Un cambio de vida en definitiva. Las nuevas generaciones, en las próximas décadas, deben ser conscientes de su responsabilidad en la sostenibilidad de su entorno y también de su capacidad para protagonizar un cambio hacia una sociedad mejor.

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