Obituario | Fallece Jesús 'Chiqui' Cascón

Chiqui Cascón, el entusiasmo como bandera

  • Muere el salmantino que llegó a Granada en la Transición enviado por Fraga Iribarne para afianzar Alianza Popular

Chiqui Cascón

Chiqui Cascón / G. H.

Nos encantaba reunirnos para hablar de proyectos que nunca llevábamos a cabo. Y Para ver Atlético de Madrid en sus citas importantes. Hoy, jueves, podría ser una de esas veces en que me llamaba para preguntarme dónde iba a ver el partido. Como he escrito alguna vez sobre él, la vehemencia era su patria y el entusiasmo su bandera.

Vino desde tierras salmantinas a Granada en los primeros años de la Transición enviado por Fraga Iribarne para afianzar Alianza Popular en Granada. Y aquí se quedó. Aquí se casó con Salomé y aquí tuvo a su hijo Pedro. Granada era para él la ciudad que lo había acogido y la ciudad a la que había dedicado sus vigilias. Cuando escribía o cuando emitía su comentario por la red, nunca dejaba de ser esa mosca cojonera que todos temen y a la vez quieren tener como aliado. Fue la suya una travesía política de bandazos incontrolados, pero siempre con el rumbo puesto hacia la libertad de ideas y de movimientos.

Cuando peroraba por la radio, lo hacía con el entusiasmo propio del que sabe que hay que contar con su opinión. Siempre apasionado, siempre combativo, muchas veces indignado y otras tantas con la razón en la boca. Tenía esos prontos malhumorados del que estaba seguro de que una cosa era así y no de otra forma. El habla enfática, la risa pronta y la pomposidad robusta del que hablaba sin tener nada que temer. Esos prontos de mal genio siempre se diluían cuando le dabas la sonrisa y el aprecio. Ni por la izquierda ni por toda la derecha previsible, podrían decir que con Cascón aquí no ha pasado nada.

El suyo fue un galope a fuerza de experimentar todo tipo de ninguneos. Recuerdo siempre a su mujer Salomé diciéndole que se olvidara de la política y de que tirara sus inquietudes por otros sitios menos azarosos. A lo que él contestaba que lo hacía porque le gustaba demasiado. Era así, alguien fascinado por los naufragios políticos que había sufrido y de los que se había salvado agarrado a la tabla en donde se ponen las ideas para intentar mejorar aquello que nos rodea. Era un antiguo militante con alergia a la modernidad de espumillón de los nuevos delfines de los partidos, lo que siempre hacía notar en el escenario de su rutina, de su vida, de su memoria, de su pasión, de la llama de ser uno de los entendidos.

Aún lo recuerdo paseando a su perro Byron y pararse con cualquier amigo o conocido para comentar la última barrabasada del que tenía el poder. La última vez que recibí el ‘Hilo de Jesús Cascón’, ese comentario que hacía sobre la actualidad política y que distribuía vía Internet a sus amigos, le noté la voz algo apagada. Fue el cuatro de agosto. Lo llamé y me dijo que llevaba siete días hospitalizado en Salamanca, donde había ido a ver a la familia. Cuídate, le dije al despedirnos. Jamás pensé que estaba hablando con él por última vez. Descansa en paz, amigo.

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