Granada

Tampoco es como para ponerse así

  • Tras aclarar, aunque no debería haber ni necesidad, que se está por la igualdad de todos los colectivos, al periodista le parece excesivo tanto revuelo por una caroca · Integristas de uno y otro signo, pasen la página

Es bastante probable que los integristas, que los hay en todos los campos, valoren este artículo de forma negativa. Pero es que a los integristas basta con no decirles exactamente lo que quieren oír para que se enfaden.

Dicho esto, añado: me resulta muy fastidioso autojustificarme de antemano, explicar cosas que a estas alturas son una obviedad. Ni yo ni nadie deberíamos ir por ahí diciendo que respetamos a los homosexuales. Faltaría más que no fuera así, vamos... Y uso la palabra respeto porque por supuesto descarto el verbo tolerar, que lleva implícita la suposición de que uno es superior a los de tal o cual colectivo pero los deja existir. Utilizo respeto, pero casi debería decantarme por cariño, comprensión o elogio. Sé por experiencia cercana -amigos y familiares- que los homosexuales lo siguen pasando francamente mal, que todavía falta bastante para acabar no ya con la homofobia declarada, sino con la encubierta, la que demuestran los que dicen que no le molestan los mariquitas pero que, por Dios, que su hijo no le salga ni amanerado. Cámbiese mariquitas por negros, gitanos, marroquíes o inmigrantes en general y tenemos dibujado un mapa general horrible, se mire por donde se mire.

Pero, bien sentado todo lo anterior, habrá de admitirse que en los últimos años se ha avanzado mucho en contra de la discriminación del colectivo homosexual. Sin ir más lejos, tenemos una ley que les permite casarse -y que llama a eso matrimonio; darle otro nombre sería injusto- que es la envidia de los gays y lesbianas de medio mundo civilizado y una auténtica utopía para los que viven en países donde acostarse con alguien de su mismo sexo es un delito.

Bastantes personajes públicos -actores, presentadores, directores de cine y hasta políticos- han declarado abiertamente su condición y siguen siendo igualmente apreciados, salvo por los integristas de los que hablaba al principio, gente despreciable que, en su cortedad de miras, no son capaces de reconocer el talento fuera de lo que entienden por normalidad.

Llegados a este punto, me pregunto: ¿La lucha por la igualdad no debería incluir también la posibilidad de aceptar una broma? Me explico mejor, no sea que se me malinterprete: hace bastantes años trabajé en Málaga con otro periodista que se definía como "mariquita desde pequeñito" y que era el primero en contar chistes de homosexuales. Estaba orgulloso de su condición, pero eso no le impedía ejercer la siempre sana costumbre de reírse de uno mismo. Porque nadie, según demostraba él con su comportamiento, debería considerarse de una casta superior e intocable.

Por si alguien aún no lo ha adivinado, este artículo guarda relación con la caroca con supuestas connotaciones homófobas de la que tanto se ha hablado en los últimos días. ¿Es de mal gusto? ¿Ofende realmente al colectivo homosexual?

Bueno, los que así lo piensen quizás deberían darse una vuelta por el Carnaval de Cádiz y escuchar las coplas de las chirigotas, que literalmente no dejan títere con cabeza. De sus bromas no se salva nadie, y desde luego tampoco los homosexuales; pero tengo serias dudas de que lo hagan para meterse con ellos.

Es simple guasa. La misma que emplean con los políticos -que suelen salir peor parados, y si no que se lo digan a la alcaldesa, Teófila Martínez, a la que habrán dicho mil veces que no es muy agraciada físicamente, pero con palabras menos académicas- con los periodistas -se ceban en los del corazón, por suerte para los que no estamos en ese sector- con las amas de casa, con los trabajadores de los astilleros... con todo bicho viviente, en definitiva. Y muy pocas veces, por no decir ninguna, ha habido denuncias. Todos se lo toman como parte del juego. Es Carnaval.

Un chistecito en una caroca no tiene por qué ser humillante. Si los hay contra los que mandan, contra los góticos -personalizados en las hijas de Zapatero- o contra las suegras, que las pobres siempre salen mal paradas, tampoco pasa nada porque alguien haga un poco de cachondeo con lo de los viajes gays. Y en última instancia, los ofendidos podrían apelar al refrán: no ofende quien quiere, sino quien puede.

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