Opinión

El método Ludovico (A la sevillana)

El abogado Rafael Prieto Tenor El abogado Rafael Prieto Tenor

El abogado Rafael Prieto Tenor / EFE

Fue allá por 1962 cuando el británico Anthony Burgess publicó la obra que conocemos como La naranja mecánica, traducción apócrifa de A Clockwork Orange, que viene a significar, para la cultura popular londinense, la aplicación de unos principios mecánicos a un organismo, algo así como los reflejos condicionados de Pavlov adaptados al género humano y a la maldad.

A través de una jerga ficticia, al modo típico adolescente y sirviéndose de vocablos rusos, se inventa un lenguaje nuevo que el tiempo ha demostrado completamente actual. Pero dejando de lado la cuestión formal, pasmosamente  brillante, aquí nos centraremos en el fondo de la obra, que equivale a hablar de la relación, de enorme complejidad ética, del individuo con la sociedad.

En un mundo atemporal, donde todos se adaptan a una estructura política y económica, aceptando un código moral sin plantear problemas al sistema ni a los demás, el ciudadano viene a asumir su rol de esclavo moderno. Trabaja, recibe su dosis de desinformación informativa, hace sus compras, consume, tributa y se relaciona en un mundo de pares acríticos, viviendo y muriendo de acuerdo con el orden establecido.

A quienes sufren algún tipo de disfunción (entiéndase como tal el no comulgar con el pensamiento único) se les aplica un estupefaciente farmacológico que les devuelve a la normalidad de la no-crítica. Y la obra se centra en ese proscrito que no sólo siente repulsa hacia el conformismo social, sino que se resiste a ser medicado y adocenado. El sistema se ve entonces en la obligación de corregir su deliberada voluntad de infringir los códigos morales y lo convierte en conejillo de indias para la experimentación del novedoso método Ludovico, un tratamiento de aversión basado en la ingesta de drogas combinadas con imágenes violentas cuyo objetivo es producir un rechazo psicosomático a la violencia.

Esta es la clave filosófica de la novela, que nos lleva a un profundo dilema moral. El método Ludovico no es más que un tratamiento conductista, inductor de unas reacciones condicionadas que producen actos reflejos involuntarios que a su vez determinan nuestro comportamiento. Pero, ¿la técnica puede hacer realmente bueno a un hombre? Porque el bien es algo elegido. Cuando un hombre no puede elegir entre el bien y el mal, deja de ser un hombre. Esa es la paradoja de Burgess.

En la obra, este dilema se expone a través de la figura del capellán de la prisión, que  siendo consciente del mal que ha causado quien queda reducido a la categoría de cobaya humana, se rebela ante la aplicación del método Ludovico por cuanto, aunque surtiera efecto y le permitiese reinsertarse en la sociedad, le privaría de su más preciado don: la libertad para decidir hacer o no el bien. En otras palabras, rechaza el método porque le niega al individuo la condición y la dignidad humanas.

El capellán se pregunta: ¿quiere Dios el bien o la elección del bien? ¿Es un hombre que elige el mal, quizás, en algún sentido, mejor a un hombre a quien se le impone el bien?

Son dudas filosóficas que no han perdido vigencia. Encadenémoslas con problemas actuales y preguntémonos si un servidor público que rechaza el injusto legal también es, quizás, en algún sentido, mejor que quien cumple acríticamente el orden establecido, que no deja de ser un bien impuesto e institucionalizado que, en ocasiones, se vale de jueces que aplican “leyes injustas” positivamente vigentes. La idea es perturbadora, escandalosa y, acaso, también naturalmente justa en su subversión.       

Pero no es nueva. Los alemanes Radbruch y Hassemer dieron pie a miles de páginas sobre este debate iusnaturalista, que viene a ser el de las diferencias entre la ley y el derecho o el del derecho penal y su ciencia y que marcaría el Código Penal de la RFA. La desesperada búsqueda de un fundamento normativo suprapositivo a partir del cual se podría rechazar de forma científica el injusto de algunas leyes positivas. O de cómo los jueces, sin prevaricar, podrían esquivar la aplicación de leyes injustas que impliquen una burla a la proporcionalidad o a los derechos humanos.

En última instancia, y como dilema que también sedujo a Kubrick, que la llevaría a la gran pantalla, encontramos el tema capital de la fragilidad de la individualidad y de los derechos de la persona cuando no se conforma a los deseos del Estado, que implacablemente descarga su maquinaria judicial.

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