Luis Aracama, pianista

"Mompou suena a Mompou"

  • El pianista santanderino Luis Aracama se une a la lista de grandes pianistas que han grabado una de las obras cumbres del piano español del s.XX, la ‘Música Callada’ de Federico Mompou

El pianista cántabro Luis Aracama El pianista cántabro Luis Aracama

El pianista cántabro Luis Aracama / Michal Novák

Curtido durante años en el terreno complejo de la música contemporánea, el pianista santanderino Luis Aracama acabó decidiéndose para la grabación de su primer disco en solitario por una obra moderna, pero alejada del mundo de los estrenos y los lenguajes poco accesibles para un público amplio. Optó por Música callada, un conjunto de 28 miniaturas agrupadas en cuatro cuadernos que el barcelonés Federico Mompou escribió entre 1951 y 1967.

–¿Cómo nace este proyecto?

–Hace justo ahora cuatro años estaba pasando una etapa complicada a nivel profesional. Tenía dudas sobre el camino que debía tomar y me dedicaba a reflexionar mientras caminaba por Santander. Un día, me llegó la grabación de Javier Perianes de la Música callada de Mompou y decidí escucharla mientras andaba. Yo había hecho música de Mompou, sus Canciones y danzas, sus Impresiones íntimas, pero la Música callada la veía como un dolmen inaccesible. En los días siguientes tomé también la grabación de la obra que dejó el propio Mompou y mientras caminaba la iba intercalando con la de Perianes. Empecé a preguntarme cómo era posible que una música tan transparente pudiera dar para versiones tan maravillosas y tan distintas a la vez. A la semana me compré la música y empecé a estudiarla. Lo hacía sin pretensiones, a ratos perdidos, para mí, sin tocarla en público. Así estuve dos años. Me ayudó muchísimo, y un día decidí que quería ver cómo funcionaba entera. Vi que podía hacer cosas interesantes, y me lancé. Paco Moya se entusiasmó con el proyecto y grabamos en septiembre del año pasado.

–¿Qué hay en esta música, tan desnuda, que permite esa diversidad de planteamientos?

–Ese fue mi punto de partida. Es una música que te da libertad siempre y cuando tengas claro el camino. Yo en principio no quería buscar nada concreto. Sólo quería ver qué me aportaba a mí y qué podía aportarle yo, y fue la propia música la que me lo fue diciendo. Me hacía sentir muy cómodo. A partir de ahí dejé de escuchar versiones y me dediqué a armar la obra para decir lo que yo quería decir.

–¿Y qué aporta Luis Aracama a la música que no hubieran dicho ya Perianes o el propio Mompou?

–Yo buscaba un camino distinto al suyo, aunque eso era algo que al principio no sabía. Jugué con una gran libertad. Las indicaciones de la partitura son muy escuetas. En algunas piezas hay agógicas o dinámicas marcadas, pero comprobé que el propio Mompou hacía como diminuendi pasajes que en su partitura estaban marcados como crescendi, y eso me dio una gran tranquilidad. Si el propio autor, que era pianista, se permitía esas libertades, eso significaba que otorgaba a su música un carácter improvisatorio. No nos engañemos: es música muy reflexionada, muy pensada, muy pulida, pero que funciona muy bien en directo justo por ese carácter de libertad que tiene. Así que me dije: voy a respetar todo lo que está aquí escrito, pero dejaré que la imaginación me lleve hacia lo que la música me pide en cada momento. El punto de partida era importante: había que decidir dónde grabar y con qué piano.

Música callada - Luis Aracama Música callada - Luis Aracama

Música callada - Luis Aracama

–Finalmente fue en Santander y con un Steinway. ¿Cuál era la alternativa?

–Granada y un Yamaha nuevo. Lo probé y era extraordinario, de una mecánica maravillosa. Pero Perianes grabó en un Yamaha. Y el sonido de ese piano me lo recordaba demasiado. Así que lo deseché y escogí un Steinway que tienen en el Palacio de Festivales de Santander, no tan nuevo y con una mecánica no tan fulgurante, pero con un color y un timbre muy especiales, que posiblemente se ajustaba más a lo que a mí me pedía la música.

–A esta música se le han sacado muchas influencias, ¿qué hay en ella de impresionismo a la francesa?

–Mompou estudió en París recomendado por Granados. Allí conoció a Fauré y se movió en el ambiente del Conservatorio de París, con lo que la influencia de la música francesa parece obvia. Se ha hablado también del papel de las campanas, la influencia de su abuelo campanero y el acorde metálico. Ahora bien, yo creo que por encima de todo eso está la personalidad del compositor, tan ligada al instrumento que incluso cuando escribe canciones las edita como escritas “para piano y voz”. Cierto que hay armonías, pinceladas que podemos vincular al universo impresionista, pero tienen siempre su propia personalidad, es su universo personal el que se refleja en esas pinceladas. Creo que en Francia, más allá de que en su obra pueda haber huellas de Debussy o de Satie, se le da más valor a este carácter único de su música que en la propia España. La música de Mompou suena a Mompou. Simplemente. Hay momentos que pueden recordar incluso a Chopin, y no digamos a las Gnosiennes o las Gymnopedies de Satie, pero sabes que no es eso. Él creó su propio lenguaje.

"Esta música no es fácil. Te pones el disco y si a la media hora te aburres, es que has fracasado”

–¿Exige esta música plantear el concepto de virtuosismo desde otra perspectiva?

–Sin duda ninguna. Creo que habría tardado cuatro veces menos en grabar cualquier obra de mecánica más compleja y difícil. Pero es que esa polifonía de Mompou con apenas tres notas es tan terrible que te hace estar todo el rato en la cuerda floja. La música de Mompou no es virtuosística desde el punto de vista desde el que suele evaluarse el virtuosismo, la rapidez, la agilidad; es un virtuosismo del color, del timbre, de las texturas… Además pretender dar unidad a esos casi 80 minutos de música fragmentada en 28 números, diferentes pero interrelacionados, es muy complejo y exige conocer bien tu cuerpo y la forma en que vas a adaptarte al piano. Es una música que no te exige un mecanismo rápido, porque todo lo que Mompou componía lo tocaba; y él conocía sus limitaciones, así que cuando escribía un pasaje rápido rara vez lo alargaba más allá de los 20 o 30 segundos. Enseguida lo calma. Quiere crear un momento de turbulencia, lo hace muy bien, porque conoce admirablemente el instrumento, pero enseguida necesitaba buscar esa calma. Y lo hacía de una forma tan mágica que lo convierte en algo aparentemente accesible. El primer acercamiento puramente físico no es complejo. Pero a medida que profundizas se complica más y más. Yo cada vez que tengo que tocar la Música callada completa en directo necesito mucho tiempo de estudio. Más incluso que cuando he tocado la Sonata en si menor de Liszt, que es una obra que estudias, la tienes en dedos y en concierto fluye con naturalidad. Pero esto: timbres, colores, imaginación, frescura... La música no es fácil. Te pones el disco y si a la media hora te aburre, has fracasado.

–¿Hay ya un segundo proyecto en su cabeza?

–Muchos. Soy muy inquieto y acelerado. Pero vamos a darnos un tiempo de reposo.Vamos a ver qué le dice a la gente este disco; seguro que algo diferente a lo que me dice a mí, porque mi perspectiva es diferente, más irreal. Hicimos la edición y ya está, no he vuelto a escucharlo.

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