Cultura

AC/DC, el ritual llega a Sevilla

  • Los australianos tocan el próximo sábado en el Estadio de la Cartuja · 'Black Ice', su último disco, será la excusa para volver a disparar sus clásicos incombustibles

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El Estadio de la Cartuja, escenario habitual en los últimos tiempos de citas multitudinarias, vivirá el próximo sábado uno de los conciertos más espectaculares de su historia y el más tumultuoso del año en Sevilla, a la espera de la visita de U2 en septiembre y muy por encima de las 27.000 personas que presenciaron la actuación de Alejandro Sanz el pasado día 10 y de las 20.000 que atrajeron Fito y Los Fitipaldis en mayo. 62.000, de acuerdo con la licencia expedida por la Sociedad Estadio Olímpico, son los espectadores que la promotora del evento, Live Nation, espera que acudan a esta parada de la gira Black Ice, con la que AC/DC lleva recorrido medio mundo desde octubre de 2008.

Un fenómeno que trasciende su dimensión meramente musical y que ha aglutinado durante décadas a distintas generaciones y diferentes tipos de públicos con una facilidad extraordinaria más allá de toda paradoja. Viajan a todos lados con sus campanas del infierno, para tañirlas en liturgias de índole familiar. Sus canciones son la continuación por otros medios del apetito testicular, pero gustan también a las chicas. Ejercen de guardianes de la energía inflamable del rock & roll, pero su caudillo y mayor icono, el que desde hace más de tres décadas corretea por los escenarios del mundo con piernas de pajarito, es un señor que va camino de los 60.

Seguramente el misterio de su éxito planetario reside en que no hay misterio. El grupo lleva toda la vida dando al público exactamente lo que éste espera: rock & roll primitivo y mastodóntico, blues de lija tocado con voltaje y grosor de heavy metal, una sección rítmica veloz y eficaz como cadena de montaje de la Seat, solos de guitarra para puntuar sus canciones compactas –acorazadas– y trotonas; una especie de minimalismo troglodita y desbocado, servido a volumen ensordecedor y adobado con un imaginario sin doblez mezcla de bar para hombretones (mujeres, cerveza, coches, ni asomo de lamentaciones) y de niño diabólico, uniforme de colegio caro mediante. Experimentos, ni con gaseosa.

Sin desviarse un solo milímetro de esta fórmula, AC/DC se ha convertido en una especie de bucle en el tiempo, en habitantes de su propia burbuja, un territorio en el que el paso de los años parece suspendido y donde la música opera como el catalizador sentimental perfecto. Por eso lo que se vivirá el sábado en el Estadio de la Cartuja no será –porque no puede serlo– un concierto al uso. Será un ritual. Y a tenor de las crónicas que circulan sobre las anteriores actuaciones del grupo en España (Madrid, Barcelona y Bilbao) y muchas otras ciudades de varios continentes dentro de la misma gira, será también un electroshock, una apisonadora, un disparo. Con algunas excepciones, hasta los críticos más escépticos han acabado relajando su esforzada severidad ante el faraónico espectáculo de variedades (atrezzo gigantesco, Rock & Roll Train incluido, stripteases, salvas de cañones, muñeca hinchable tamaño XXL) que Angus Young y sus muchachos despachan ante las multitudes.

Los detalles del tour, llamado Black Ice como su decimoquinto álbum de estudio, no son menos contundentes que los directos que se gasta la banda de Sidney: más de 160 actuaciones desde finales de 2008 hasta hoy, en ciudades de cuatro continentes y con aforos raras veces por debajo del cien por cien, a pesar del elevadísimo coste de las localidades en sus fechas españolas, 72,50 euros, un precio único para las de pista (agotadas ya en Sevilla) y para las de grada lateral, tanto para el Estadio de la Cartuja como para el bilbaíno de San Mamés dos días después.

Por si hicieran falta más reclamos que la propia marca AC/DC, unas declaraciones del vocalista de la banda realizadas el pasado verano añadieron a la gira un extra de emotividad. El miembro más veterano del conjunto a sus 63 años, Brian Johnson –sustituto de Bon Scott, fallecido en 1980 en pleno apogeo del grupo y gran fetiche póstumo de sus seguidores– aseguró que en mayo de 2011, una vez cumplidos sus compromisos contractuales, se retirará de los escenarios. Hasta entonces tendrá muchas oportunidades de calentarse la garganta con las canciones más emblemáticas de un repertorio abundante en ellas.

Back in black, Dirty deeds done cheap, Shot down in flames, Thunderstruck, Hell’s bells, You shook me all night long, Whole lotta Rosie, Let there be rock, For those about to rock y –naturalmente– Highway to hell son temas que no han faltado en una sola de sus citas con el público desde octubre de 2008 y que con toda seguridad retumbarán también en el enorme escenario de la Cartuja.

En activo desde hace 35 años, la banda, a diferencia de Johnson, no ha emitido señales de agotamiento. De modo que ahí seguirán, quién sabe hasta cuándo, casi clásicos en vida, gusten o no, Angus y Malcolm Young, Cliff Williams y Phil Rudde, cabalgando como pistoleros locos a lomos de sus más de 200 millones de discos vendidos en casi cualquier rincón del mundo, haciendo cuernos con los dedos de la manos, moviendo la cabeza como metrónomos peludos, apretando los dientes al tocar sus himnos machotes y tozudos.

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