103 años de lucidez y creación

Ayala vivo

  • Su voz estaba formada en la melodía y los timbres granadinos pese a su mucha cultura y tantos trastierres

El escritor en una de las visitas al Alcázar del Genil, actual sede de la Fundación Ayala El escritor en una de las visitas al Alcázar del Genil, actual sede de la Fundación Ayala

El escritor en una de las visitas al Alcázar del Genil, actual sede de la Fundación Ayala / Pepe Torres / Efe

1 Palabras dichas

José Miguel Castillo, en aquel tiempo muy concejal, me convocó para cenar en el antiguo y añorado restaurante Los Manueles de la calle Zaragoza. Allí acudí y me llevé la grata sorpresa de la presencia de don Francisco Ayala y aquí su señora. Era la primera vez que estrechaba mi mano un granadino de tanto pro y mayor fuste intelectual. La voz y la figura ya me eran conocidas desde la lejana cercanía que impone entreverarse como público en unos actos donde el ilustre escritor se anunciaba como protagonista principal (aunque, no pocas veces, algún telonero o antagonista nos privara de su pleno disfrute). Érame muy grato recibir plenamente y en privado su voz formada en la melodía y los timbres granadinos que conservaba pese a su mucha cultura y tantos trastierres. Cenamos bien y, ya en los güisquis de asiento, don Francisco nos instruyó sobre el error común de considerar que el nombre Conchita es diminutivo de Concha, pues se trata de la nominalización del adjetivo latino "concepta". Se rió cuando comenté que algunas cofradías lucen el simpecado en latín, sine labe concepta, pero que dudaba (y dudo) que tan divinas palabras tengan en ellas la eficacia que en el drama de Valle Inclán. Iba el maestro despacio pero seguro en la ingesta del qüisqui y el relato de sus primeras obras publicadas cuando se me ocurrió preguntarle quién lo puso en contacto con Revista de Occidente. La señora, callada toda la cena, hizo conato de hablar y él la impidió con humanas palabras: "Caroline, mientras esté vivo, Francisco Ayala soy yo".

2 Aguas oídas

Pasó el tiempo como esas nubes que descargan rápidas sus aguas y se van, pero dejan en un retazo de suelo impermeable la constancia de un charco claro. Y otro día me llamó mi fotógrafo de cámara, Francisco Fernández, para una sesión con don Francisco en el Generalife. Todo fue muy bien, pese a un moscardón de esos para los que Paco Fernández tiene un especial atractivo desde que le cayó encima una boa en las selvas del Orinoco. Estábamos en el patio de la acequia y Caroline no pudo contener las lágrimas: "Es tan hermoso que duele". El sublime, que decían en masculino nuestros antepasados y hoy gramaticalizamos como neutro, nos conmovió. Escribí un artículo que se puede leer en mi libro Vuelta de paseo y don Francisco publicó otro, Lloraste en el Generalife. Nunca más volví a estar con él. Pero nos suelo ver juntos en algunas exposiciones de Francisco Fernández. La última me provocó esta copla: "Quien diría / que Generalife abría / con sus caños manadores / -cuyo són glorias exhala- / flores frescas para Ayala, / a Carvajal frescas flores".

Leo al maestro, y lo vivo.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios