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Bruckner-Barenboim, fórmula final

Programa: 'Sinfonía núm. 4 en Mi bemol mayor, Romántica', de Anton Bruckner. Director: Daniel Barenboim. Lugar: Palacio de Carlos V. Fecha: domingo, 12 de julio de 2009. Aforo: lleno.

Todos sabemos que Daniel Barenboim es un apasionado de Bruckner. Lo confesaba en este mismo periódico el pasado año cuando afirmó que fue la obra del compositor austriaco quien le indujo a embarcarse en el mundo de la dirección de orquesta. Pasión que, por cierto, han compartido todos los grandes directores -Fürtwangler, Karajan, Celibidache…-, por lo que significa para ellos aprovechar el lucimiento orquestal, pero también la interna belleza que late en estas partituras. Así que tras la Séptima, Octava y Novena con que Barenboim y la Staatskapelle Berlin finalizaron la pasada edición del Festival, esta también tuvo sello 'bruckneriano', con la Cuarta, de este genio lleno de dudas. Dudas que en esta sinfonía, Romántica, se hicieron más patentes que en ninguna otra, con sus constantes revisiones, propias o ajenas. No es para mi gusto la mejor de ellas -la más completa es, sin duda, la Octava, y el movimiento más bello y profundo, el Adagio de la inacabada Novena-, pero tiene todos los elementos precisos y preciosos del autor, el que luchó denodadamente en su época, con los partidarios de Wagner -su ídolo y que tantas referencias hay en su música de ello- y Brahms, cuyos seguidores luchaban a brazo partido contra el 'imitador' de los 'defectos wagnerianos, Anton Bruckner.

Aún así, y aceptando aquí más de lleno una escritura reiterativa, que se repite un tanto mecánicamente, no se puede pasar sin sentir la fuerza de una música que no sólo envuelve a los directores y a las orquestas que la interpretan con fidelidad y suma atención, sino al público. Los contrastes, entre las opulencia de los metales -esas trompas magistrales de la Staatskapelle le dan un brillo especial-, de la cuerda, a veces tan lírica y emotiva, subrayada con los pizzicatos que le dan a algún pasaje un aire encantador, o los acentos en forma de marcha, del Andante, y un final, predecible, con rememoraciones del primer movimiento, cosa también habitual en Bruckner, para hacer estallar a la orquesta en un clamor sonoro que, al final, acaba desvanecido, en ese sentido 'romántico', que lleva implícita la partitura.

El fiel Barenboim dio, una vez más, la talla de su talento y de su atención máxima. Extrajo todo el jugo musical de la obra, tanto en sus grandiosidades y opulencias, como en las sutilidades de los hermosos movimientos lentos de Bruckner. Y la orquesta vibró como siempre, poderosa, ciclópea en sus colosales grupos de viento -metales sobre todo, en especial las trompas, tanto la solista, como el resto, que tanta presencia tiene en esta partitura-, en su hermosa cuerda, más ciclópea que dúctil, que forma siempre un armazón de extraordinaria solidez que se mueve dócil al brazo, en forma de oleada, que mueve Barenboim. Una noche grata, breve en relación con otras, ya que, aunque extensa, la partitura ocupa poco más de una hora de música. Final de una edición en la que, como decía el domingo, ha habido cosas muy interesantes y de alta calidad, que nos hace calificarla positivamente. Bruckner-Barenboim es un final que repetimos hace dos años, en su maridaje autor-director. Todavía le quedan algunas sinfonías y algún Te deum -como el que nos ofreció Gómez Martínez, con la Nacional y el Orfeón Donostiarra, en 1981- para completar su pasión bruckneriana y, de camino, lucir las posibilidades de brillo de la Staatskapelle Berlin. ¡Hasta el próximo año, admirados maestros!

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