Crítica

Clase magistral como homenaje al jazz

  • Kenny Garrett hizo un recorrido por la esencia musical de sus maestros

Garrett durante el concierto del viernes.

Garrett durante el concierto del viernes. / Rafael Marfil

Aforo completo para ver a un valor más que seguro, que mejoró incluso las expectativas, porque hay veces en las que el prestigio es un dato útil y la lógica de tu elección tiene sentido. Te lleva al acierto de asistir al mejor concierto hasta el momento de la edición del Festival Internacional de Granada en 2022. Se notaba la presencia de personas que lo habían elegido exclusivamente. Y no se equivocaron, porque fue uno de los más memorables de los últimos años. Eso tiene un mérito especial, ya que la afición en Granada ha visto varias veces en directo a este músico. La primera vez, acompañando a Miles Davis en aquel mítico cartel de 1988 en el Estadio de la Juventud. Él tenía ya 28 años, y la edad de alguno de nosotros conduce a la melancolía, pero no eran pocos los que, a la finalización del concierto, recordaban aquella época electrizante y estruendosa de uno de los padres del bop y del cool. También, los más fieles a los festivales granadinos comparaban la reciente actuación en Almuñécar de este saxofonista, encontrando la sesión del Isabel la Católica algo más sólida y con más amplitud en los solos.

El jazz contemporáneo premia el estilo propio y la innovación, aunque sabe que vive en un constante homenaje a lo que es esta música y a la gran ruptura que representó una nueva forma de improvisar frente al viejo swing, que siguió estando ahí y que también se valora especialmente en nuestros días, y hasta se vuelve a bailar. Pero ese nuevo sonido fue el que consolidó el propio Garrett en primera fila durante las últimas décadas del siglo XX. A los 18 años ya estaba aprendiendo con Duke Ellington y, después, con los míticos y libres The jazz Messengers de Art Blakey, aunque también se ha movido por registros más comerciales en determinados momentos. Así, hoy día podemos decir que el jazz es Kenny Garrett, y vaya si lo demostró. Lo hizo, además, con un homenaje al sonido de sus ancestros, acompañado por una formación extraordinaria.

Esa revisión de lo acontecido musicalmente y de sus referencias comenzó con ecos de Charlie Parker, tal y como se percibía por parte de algunos incondicionales de la primera fila, pero pasó también por el espíritu de otros mitos, con algún arreglo que tenía el aire de Weather Report con el tema Happy people y con el tono de smooth jazz de When the days were different, repasando un álbum de composiciones propias que son hoy día estándar, como It’s time to come home o un tema dedicado a Roy Hargrove. Rapeó, incluso, en el tramo final, a la vez que tosía discretamente dentro de su propia

vocalización musical. Ese resfriado, según parece, era la razón por la que, posiblemente, desatendió la contundente petición de algún bis por parte del público. El ritmo funky o, al menos, moderno, de los tramos finales, era el culmen de la emoción. Se le perdona no volver a salir al escenario, porque la descarga a la que se pudo asistir fue, sencillamente, lo que necesitábamos. Y toda la progresión de sus interpretaciones evitó percibir cualquier instalación en la nostalgia. Más bien al revés, jazz en estado puro.

Aunque es cuestión de gustos, podríamos decir que Garrett no tiene el mejor sonido, el timbre más especial de los saxofonistas del jazz actual. No lo necesita. Los estudiantes de este instrumento emulan el set con el que toca, es decir, el modelo de instrumento, la boquilla, las cañas. Pero todo eso es solo el medio. Utiliza su Selmer para desarrollar un fraseo que sí podríamos decir que es el más sólido, por su capacidad argumental, su técnica discursiva y, sobre todo, porque no deja de contar cosas.

Su capacidad es tan abrumadora que no tiene problema en respetar el tempo para llenarlo de contenido de interés, sin los trucos de hacer efectos, pedir prórrogas hasta refrescar ideas, jugar con ecos y todo ese tipo de abrazos de boxeador a mitad del combate que, por desgracia, acostumbramos a ver y escuchar. Supo hacerlo, además, desde el respeto a cada tipo de estilo, pero sin perder la esencia de toda esa maestría a la que estaba homenajeando. Para cuándo un festival de be bop, decía acertadamente mi amigo y compañero de butaca. Además, es buen líder de su formación, utilizando a veces un pequeño y discreto teclado de apoyo, pero sobre todo marcando la pauta de lo que va sucediendo.

Y con una agrupación como la suya sucedían muchas cosas, que iban desde los destellos de calidad del pianista, Keith Brown, hasta la rapidez de Ronald Bruner con la doble caja de su batería. Además, fue una sesión en la que interactuó reiteradamente con el público, sugiriendo incluso lo idóneo de un aplauso en determinados momentos. La magia de la música es, posiblemente, el instante en el que el padre de aquel joven de Detroit, carpintero y aficionado a tocar el saxo tenor, hace mucho tiempo, descubrió que su hijo iba a ser un músico extraordinario. Y hasta hoy, porque en realidad Garrett es hijo de un tiempo para el jazz que aún no ha terminado. Hoy día, este Doctor Honoris Causa por la Berklee College of Music de Boston convierte su manera de tocar en una clase magistral y asume el papel de conservación, defensa y exploración del jazz que ostentaban sus maestros. Y, como ellos, hace escuela.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios