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Concierto con patucos

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Obra: 'Libro de las estancias', de José M. Sánchez-Verdú (para contratenor, voz árabe, piano, dos coros, dos grupos de cuerda, dos grupos de metales, auraphon, electrónica en vivo). Participantes: Miembros de la Orquesta Ciudad de Granada, Cor de la Generalitat Valenciana, Experimentalstudio des SWR, Freiburg auraphon y electrónica en vivo, Calos Mena (contratenor), Marcel Pérès (voz árabe), Isabel Puente (piano), Miguel Serrano (diseño de luces). Directores: José M. Sánchez Verdú y Joan Cerveró. Lugar: Edificio central de CajaGranada. Fecha: miércoles, 8 de julio de 2009. Aforo: lleno.

Mal empezaba el estreno Libro de las Estancias, de José M. Sánchez-Verdú: una larga cola de espera para acceder a la sede central de CajaGranada, como si hubiese cundido la alarma de un derrumbe financiero, seguida de la imposición de colocarse unos patucos sobre el calzado para entrar al patio donde se celebraba el concierto. Naturalmente me negué a colocarme el ridículo adminículo, porque no pensaba moverme de mi asiento. Es como si -ya que se trataba de un asunto de dos culturas, muchas veces integristas, la cristiana y la musulmana- nos obligasen a descalzarnos o a las señoras ponerles un velo o un manguito. Estupideces de tal calibre -que me negué rotundamente a aceptar y, por lo tanto, mancillé con las suelas de mis zapatos el pavimento de Caja-Granada-, no se justificaba ni siquiera en la propuesta del autor de que el público pudiese acercarse a los instrumentos o las bases sonoras sin hacer ruido. Yo iba a permanecer, como siempre, obsoletamente sentado e inmóvil y me molestó enormemente que la gente paseara e hiciese fotos durante la audición. No se pone tinte de modernidad a una obra con tonterías de tal calibre, que recuerda direcciones pasadas, de no muy feliz memoria, del Festival.

Así que superado el lance y permaneciendo, como siempre, repito, 'obsoletamente callado e inmóvil' en mi asiento, pero sin patucos, asistí al estreno, pese a las molestias del escaso público que -¡menos mal!- se puso en movimiento. El autor debe saber muy bien que en las salas de conciertos -el Palacio de Carlos V, por ejemplo, con el Réquiem, de García Román y otras obras- los grupos instrumentales pueden colocarse como mejor convenga a la obra. Rodearse de sonidos se hace muy frecuentemente. Lo que es menos frecuente -y en esta partitura, donde proliferan los tenues sonidos, resulta absolutamente contraproducente- es tener público en movimiento, distrayendo de la audición. Y más insólito todavía obligar a una obediente audiencia a ponerse manguitos en los pies. Quizá confundió el autor el templo del dinero de CajaGranada con una mezquita o una catedral de la época.

La obra de Sanchéz-Verdú no necesita de estas ocurrencias. En su estructura, permaneciendo sentado y atento, puede seguirse mejor su originalidad y belleza; el juego de los distintos planos sonoros, el diálogo de los dos conceptos estéticos y culturales que el autor pretende hacer llegar, con lo que él llama "una mirada árabe" y "otra occidental", que en Granada tiene una especial relevancia y una pervivencia que está, no sólo en su historia o en sus monumentos, sino en su espíritu. La idea es muy interesante y la explica detenidamente el autor en el programa. Pero como ocurre siempre en música, cuanta menos literatura se le ponga a los sonidos, mejor para ellos. Hubiese sido más didáctico haber dejado tiempo para leer las explicaciones del autor sobre su obra, que sumergirnos en ella con patucos, en una sala calurosa hasta la extenuación.

Sus dos formas o miradas, están en permanente diálogo. No sólo dos voces -cristiana y musulmana-, sino dos conjuntos orquestales, corales, con inclusión del piano, resonancias acústicas y electrónicas, para formar un diálogo entre dos formas de ver el mundo, que acaban fundiéndose en un sensible y cálido conjunto, sin la menor estridencia de lo que conocemos por 'vanguardia', sino todo lo contrario: un retroceso, una búsqueda de las raíces litúrgicas del pasado.

La partitura tiene emotividad, plasticidad sonora, hondura, belleza, en resumen. Le sobra -aparte de los molestos paseos alrededor de los músicos por parte del público- un juego de luces que, pese a lo que diga el autor, no aporta nada en absoluto al efecto sonoro, de por sí lo suficiente reflexivo y sugerente, dentro de su intimidad y sus contrastes. Las luces, muchas veces, estorban, distraen.

Los dos grupos orquestales y corales, dirigidos por Sánchez-Verdú y Joan Cerveró fueron exquisitos -no en balde lo formaban miembros de la Orquesta Ciudad de Granada y del Cor de la Generalitat Valenciana-, así como la notable voz del contratenor Carlos Mena, la voz árabe lectora de Marcel Pérès o la pianista Isabel Puente, además de la muy acertada inclusión de los efectos electrónicos. Todos ellos pusieron el acento, la pureza de una música muy bien construida, original, de gran belleza y unción, como corresponde a esa idea religiosa, enfrentada y distinta, pero en muchos casos coincidente, sobre todo cuando llega a intolerancias recíprocas. Que en Granada, en el IV centenario de la expulsión de los moriscos, parte de nuestra historia y de nuestro ser, se presenten estas sietes estancias -del desierto, del plomo, de la memoria, de la piedra, del laberinto, del alabastro o de la escritura, con dos interludios separadores- es importante. Sobre todo cuando la obra es interesante y de calidad.

Una obra a la que le ha estorbado, a mi parecer, esa serie anotadas de infantiles imposiciones pseudo vanguardistas, coartadoras de las libertades, rayanas en el ridículo: de los que la exigen y de quienes la aceptan, que no es mi caso. Mancillar el suelo de un templo del dinero es siempre un placer.

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