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Cuentos desde el refugio

  • Satori recupera esta deliciosa colección de historias de Osamu Dazai, en muchos casos variaciones personalísimas de relatos tradicionales japoneses

Osamu Dazai. Trad. Daniel Aguilar. Satori Ediciones. 204 páginas. 18 euros

Pocos autores han sabido darle la vuelta a lo que esperamos de la literatura japonesa como Osamu Dazai. Y pocos libros como este Cuentos de cabecera para ofrecernos una perspectiva distinta de una cultura que suele ser tópicamente retratada como llena de sutilezas almibaradas. Como apunta Daniel Aguilar, en el breve pero certero prólogo que abre esta pequeña colección de relatos, la obra de Dazai está indisolublemente unida a su vida, a su permanente desacuerdo con su origen de rico de provincias -nació en Kanagi, un pequeño pueblo de la alejada prefectura norteña de Aomori-, a sus trifulcas familiares, a sus complicadas relaciones sentimentales, a su querencia por el sake y la mala vida.

El autor de Ya no humano escribe bajo su personal signo de hombre contrariado por una vida que detesta: intentó suicidarse cuatro veces, la quinta lo consiguió. Pero a la vez luchó por ser reconocido como intelectual en los círculos literario de su época.

En permanente interrogación sobre el sentido y destino de las relaciones personales, Osamu Dazai traza en muchas de sus obras una fina línea entre el humor y la ironía, entre el sarcasmo y la autocomplacencia de una sociedad que, cuando él nació en 1909, ya había dado un irremediable paso de gigante hacia el progreso y la occidentalización, pero que, de algún modo, aún continuaba sujeta a antiguos patrones morales y estéticos que todavía perduran.

En Cuentos de cabecera, Dazai reinterpreta la literatura popular japonesa dando un giro de tuerca a un puñado de cuentos tradicionales, algunos de ellos de origen remoto, que se fueron transmitiendo oralmente de padres a hijos y, más tarde, en múltiples versiones fijadas por escrito hasta nuestros días.

Los otogi-zoshi o cuentos tradicionales ("cuentos de cabecera" o "cuentos de compañía", según nos aclara Aguilar) forman parte, como ocurre en otras culturas, del ideario sentimental y de las fuentes literarias de Japón. Pero, a diferencia de lo que ocurre en los nuestros, encontraremos en ellos pocos héroes y villanos, pocas hadas buenas o maléficas, muy poco de lo que podemos entender como moralejas en las que quede absolutamente clara la diferencia entre el bien y el mal.

En historias como las de Urashima (una de las más antiguas, conocidas y versionadas), la Montaña Kachi-Kachi, El gorrión de la lengua cortada o El lobanillo desaparecido encontramos personajes cercanos que asumen un destino impuesto, en ocasiones, por acontecimientos mágicos o sobrenaturales. En muchos casos, estos breves relatos tradicionales macerados en la moral confuciana y budista están protagonizados por animales antropomorfizados. También encontramos en ellos trasgos bebedores, princesas que no hablan y viven en palacios suspendidos en el fondo del mar, gorriones agradecidos que se convierten en hermosas doncellas que llenan de riquezas únicamente a los desinteresados, viejos miedosos que pierden incómodos granos que afean su cara en mitad de una noche de horror y desagradables tanukis (especie de tejón) que sufren las consecuencias de su glotonería y que mueren acribillados por la implacable venganza de dulces conejitas.

El autor nos cuenta estas historias sentado en un refugio antiaéreo. Es de noche y ha bajado con su familia, que se queja y se impacienta, al escondrijo someramente cavado en la tierra. Al fondo, las sirenas anuncian un inminente ataque. Y aunque empieza su relato dirigiéndose a los niños, muy pronto vuelve la cara al lector adulto, vuela fuera del agujero en el que lo han puesto las circunstancias, se coloca mentalmente ante el auditorio ideal al que quiere dirigirse y lo hace partícipe de su peculiar versión de los hechos tantas veces narrados y tantas veces escuchados o leídos. Y lo hace con un plan preconcebido. Por eso escoge únicamente los cuentos que propician sus fines.

Lo que le interesa es escarbar en las relaciones entre los personajes de estos relatos populares. Los convierte en más humanos que nunca, sean personas o animales. Y esto, tratándose de Dazai, tiene peculiares derivaciones. Ahonda especialmente en las relaciones entre hombres y mujeres, se pregunta por las consecuencias de ciertas complicidades sentimentales, agota el análisis del marco emocional en el que suceden estas historias, las abre al lector moderno sobre una particular mesa de operaciones, las disecciona y se implica en la resolución de enigmas que existen, sobre todo, dentro de él.

Un par de ejemplos: en La montaña Kachi-Kachi de Dazai, el tanuki es un enamorado -sucio, libidinoso, grotesco y comilón, pero enamorado al fin y al cabo- de una coneja que se jacta de su sadismo para con él, que lo castiga sin reparos hasta la crueldad infinita, que no le da tregua ni siente la más mínima misericordia. En su hermosa versión de La historia de Urashima, Taro, el protagonista, está perfilado como un intelectual al que su familia le tiene poco respeto, escasamente práctico e indolente. Sus miedos, sus heridas, hallan alojamiento en lo más hondo de la tradición literaria y conforman un nuevo modelo de relato.

Esta edición de Cuentos de cabecera, traducidos directamente del japonés por Daniel Aguilar, acierta al incluir un apéndice con la versión tradicional de los cuentos. Para el lector no familiarizado con estas historias populares es todo un regalo. Para el que ya las conocía queda el placer de comparar.

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