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Desencuentro en el Estrecho

Thriller, España, 2014, 130 min. Dirección: Daniel Monzón. Guión: D. Monzón, Jorge Guerricaechevarría. Fotografía: Carles Gusi. Música: Roque Baños. Intérpretes: Luis Tosar, Jesús Castro, Jesús Carroza, Eduard Fernández, Sergi López, Bárbara Lennie, Luis Motilla, Moussa Maaskri, Meriem Bachir. Cines: Cinema 2000, Alhsur, Kinépolis.

Así, con guión suyo y de Jorge Guerricaechevarría, la cinta de Monzón aspira a trasladar a la ficción el paisaje y el paisanaje realistas del Campo de Gibraltar y el norte de Marruecos para trazar un relato criminal desdoblado entre las andanzas de unos jóvenes de corte cani que aspiran a ganar dinero rápido con el contrabando de droga en el Estrecho y las dinámicas internas de una brigada de la policía dedicada a la persecución de estos delitos en la zona.

El poderoso horizonte industrial del puerto de Algeciras marca así el territorio visual por el que se cruzan, sin encontrarse del todo, estos personajes, a los que la película traza con más perfil de estereotipos que con verdadero sesgo realista, por más que en las interpretaciones esforzadas de los dos jóvenes e incondicionales amigos que componen el debutante Jesús Castro y Jesús Carroza quiera recrearse en exceso una intensidad verista que, en ocasiones, roza peligrosamente la caricatura. Tosar y Fernández, por su lado, salen mucho mejor parados.

El Niño se siente deudora del thriller contemporáneo a lo Michael Mann, aunque Monzón es menos estilizado filmando espacios y geografías y parece preso de esas concesiones de producción que, como la del romance entre El niño y la joven marroquí que interpreta Moussa Maaskri, parecen más bien guiños facilones al público de El príncipe que verdaderas o coherentes necesidades argumentales.

Hay, por tanto, dos películas en este Niño que no terminan de encontrarse o ensamblarse del todo o que no lo hacen, cuando llega el momento, con la intensidad dramática necesaria que haga que la dialéctica entre el joven delincuente de ojos azules y su obsesivo perseguidor cuaje en la pantalla como un auténtico duelo de altura. La primera tiende a reducir a sus personajes a una suerte de parodia del delincuente juvenil de palabra fácil y gran corazón; la segunda incide en el cliché del policía solitario e individualista frente a sus propios demonios y los límites de la corrupción. Entre medias, el retrato del funcionamiento de las redes internacionales de la droga se desdibuja hasta quedar casi en una anécdota.

Así, tal vez presa de su condición de producto destinado a contentar a demasiados targets, a los amantes de la acción (lo mejor, desde luego, son las persecuciones), al público adulto aficionado a los modos más clásicos del género, al público juvenil amante de la carnaza turgente y atlética y a los caprichosos ejecutivos de las cadenas de televisión, El Niño acaba dando algo menos de lo que prometía tan a bombo y platillo.

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