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Escenario de bellas formas presentidas

La primera vez que contactamos con la obra de María Acuyo fue en la Galería Casaborne, el magnífico espacio que en Antequera tanta proyección artística desarrollara en la zona hacia un Arte trascendente con los mejores protagonistas de la profesión. Allí nos encontramos a una joven artista, licenciada en Farmacia, que entraba en los circuitos con muy bien pie, aportando una pintura distinta, con muy buena factura y desentrañando muchos valores donde se adivinaban los esquemas de la modernidad y los planteamientos de una pintura con carácter, nueva, personal y tremendamente atractiva.

María Acuyo venía de la Granada importante donde se gestaba el mejor arte joven del momento; era la Granada de Sandunga, de los Condes de Gabia y del Centro José Guerrero; la Granada de la nueva Facultad de Bellas Artes y de los numerosísimos artistas que de ella salieron; la Granada de los Zábell, Mancilla, Zurita, Aires, Piñar, Agrela, Gámez, Zorrilla, Monteagudo, Ydáñez, Pomet… y tantos otros que llenaron de entidad creativa un paisaje artístico espléndido y con las máximas proyecciones. En ese ambiente surge la pintura de María Acuyo, con unos desenlaces creativos que entraban absolutamente en la dinámica de aquel horizonte granadino tan determinante y lleno de entidad.

Desee aquellos momentos iniciáticos ya nos convenció la pintura de esta artista que desentraña una escenografía de particular sentido organicista. Una pintura que genera un claro proceso de complicidades significativas. La autora plantea, en una base pulquérrima, un desarrollo cromático con formas arbitrarias que invitan al espectador a buscar un imprevisible proceso de identidades.

A María Acuyo su formación farmacéutica le traiciona para bien. Su obra deja traslucir un universo de imposibles organismos que abandonan su realidad orgánica para generar una escenografía de formas meramente plásticas. La pintora granadina se deja llevar por una especie de intencionalidad semiatomática donde los campos de color establecen un sentido formal lleno de imprevisibles situaciones.

El espectador se siente ante una especie de caleidoscopio en el que bellas manifestaciones cromáticas se funden, se yuxtaponen, invaden la escena de las otras, se expanden y se contraen. Existen interacciones, asociaciones, conjugaciones, desenlaces formales que generan unos espacios ausentes de concreciones que transportan a bellos establecimientos visuales que atrapan la mirada y abren los horizontes significativos hacia entidades sugeridas y evocadas.

La exposición que patrocina la galería Milagros Delicado en El Puerto de Santa María nos conduce por la personal pintura de una artista que hace patente su particular lenguaje pictórico, ese que abre las compuertas de la emoción plástica a través de los efectos coloristas y las imposibles formas en esos espacios llenos de entidad artística que la pintora granadina tan sabiamente estructura.

Estamos ante una obra llena de pulcritud en la disposición conformante, en su sabia disposición, en el desarrollo visual de unos elementos que manifiestan formas que parecen orgánicas, como si fuesen sacadas de los límites visuales de un microscopio o generados en los abismos de la mente. Todo perfectamente dispuesto en la impactante e inquietante emoción de los blancos y de los fondos neutros.

María Acuyo es una pintora que nos abre la realidad de un universo de emociones plásticas que ella hace personal e intransferible y nos permite seguir confiando en la verdad de la gran pintura de siempre.

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