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Un Festival que no pasará a la historia

  • No debe repetirse en otra edición la irresponsabilidad con la que se ha abordado el centenario de las 'Siete canciones populares' de Manuel de Falla

La espectacular versión escénica que la Fura dels Baus ha presentado -como lo ha hecho ya durante los tres últimos años en casi toda España y diversos lugares de Europa- de Carmina Burana, de Carl Orff, era la novedad del 63 Festival Internacional de Música y Danza de Granada, cuyo comentario crítico de la actuación ofrecemos en otra página. Es fundamental que el certamen no se aleje, pese a los recortes presupuestarios, de su idea de excepcionalidad, con las primeras figuras y conjuntos, pero sobre todo, con un perfil renovado que no sólo se basa en la búsqueda de otras músicas, sino de programas sólidos y de auténtica calidad, rehusando las mediocridades, los simples rellenos para cubrir fechas y los populismos localistas.

A pesar de esta y alguna otra novedad no pasará a la historia esta edición, a la que le ha sobrado discreción y pocas han sido las sesiones que han merecido una alta puntuación. Algunos ciclos han acabado derrumbándose, caso del de danza, que ni las mediocres actuaciones del Asami Maki Ballet Tokyo, o del espectáculo de Lola Greco, con el 'estreno' del ballet La preciosa y el viento, de Ángel Barrios, recordado en el 50º aniversario de su muerte con mejor buena voluntad que resultados, ha logrado acercarlo a lo que debe ser. Sólo Tamara Rojo, con un reducido English Nacional Ballet, logró subir el listón de la calidad, dentro de unas veladas disminuidas por pésimas grabaciones.

El capítulo sinfónico, que es base indiscutible del certamen, ha sido reducido a sólo dos conciertos de calidad -a excepción de Carmina Burana-, con la Danish National Symphony Orchestra, en el que se ponía, por vez primera en el Festival, las Siete últimas canciones, de Richard Strauss, en un programa dirigido por Jesús López Cobos, ante el fallecimiento de Rafael Frühbeck de Burgos que iba a realizarlo. Juanita Lascarro hizo una emotiva interpretación y la orquesta la completó con la brillantez de la Sinfonía Fantástica, de Berlioz. El segundo, estuvo a cargo de la BBC Symphony Orchestra, dirigida por Sakari Oramo -espero que mi rebelde ordenador no se obstine en corregir el nombre, cambiando la k por la f, como ya hizo a traición en algunos pasajes de la crítica-, con una primera parte protagonizada por el joven pianista Javier Perianes que nos regaló una versión llena de virtuosismo, dominio del teclado y capacidad para extraer en toda su cristalina pureza los recursos del Quinto concierto para piano y orquesta, de Saint-Saëns. La extraordinaria velada la subrayó la calidad y poderío de la orquesta inglesa, bajo la magistral dirección del finlandés Sakari Oramo que ofreció un grandioso retablo, incluido el acariciador larguetto, de la Quinta Sinfonía, de Mahler, la obra más abstracta, renovadora y menos influida por motivos extramusicales de su creación.

Dentro del capítulo orquestal, aunque en dimensión reducida a la cuerda, los dos conciertos de la Joven Orquesta Nacional de España, un soplo de aire fresco que transmiten las nuevas generaciones de músicos que se forman en ella

El festival de las voces

Las voces fueron el leitmotiv de la programación. La iniciaron los mencionados cuatro últimos lieder de Richard Strauss y terminó con la abrumadora Carmina Burana. En medio, un encantador recital de Mariola Cantarero, el primero en el 50 aniversario de la muerte de Barrios y el que se acercó con más amor y respeto no sólo a sus canciones, sino al repertorio de su tiempo, incluidos toques de la 'españolada' a la que se asomaron los músicos franceses, a su manera, pero con devoción a esencias andaluzas. Cuando la granadina cantó copla de Quiroga no desentonaba del conjunto, sino que apoyaba un recital con sello popular. El frío que todos pasamos en el Patio de los Arrayanes se compensó con el calor que puso Mariola en su recital.

Distinto y distante fue el de Ainhoa Arteta, apreciada por su siempre admirada voz, pero convertido en un "gazpacho indigesto", dije, porque esa joya pequeña, pero admirable, integrada por las Siete canciones populares españolas, de Manuel de Falla, del que se celebraba su 'juvenil centenario', no sólo fueron arropadas por otras tantas de compositores actuales españoles -cosa absolutamente normal- sino por la presencia en la segunda parte de tópicos zarzueleros para exclusivo lucimiento de los cantantes -tenor incluido-, en una falta de respeto al ideario personal y musical de la obra a la que se suponía se le rendía homenaje. Lamentablemente el tenor granadino José Manuel Zapata se sumó a ese desacierto de los organizadores para conmemorar el centenario de las Siete canciones, ofreciendo tres de ellas -El paño moruno, Nana y Jota aragonesa- en un desarreglo esperpéntico de voz de tenor, guitarra, piano y violonchelo que destrozó esta joya musical. En el resto del programa sí convenció y logró atraerse al público con un cóctel de canciones y coplas populares españolas e iberoamericanas, sin que faltasen los tangos que tanto le divierten. La mezzosoprano sueca Anne Sofie von Otter, dominadora de los registros más íntimos de la voz, realizó un recital que sí estaba a la altura de nombres míticos que han pasado por este escenario, empezando por Schwarzkopf o Jessye Norman. Su obsequio final de una sentida Nana, de Falla, cerró con la calidez conmovedora que siempre hemos esperado de esta joya del lied español. Que fuera una sueca quién nos emocionara con Falla debería servir de advertencia a los despistados programadores del Festival. ¡Lástima, digo, de Falla! Si se quería conmemorar el centenario de sus canciones hubiese bastado que se hubiesen acercado al programa que Victoria de los Ángeles ofreció en el Patio de los Arrayanes el 28 de junio de 1996, con canciones, rimas y poemas exclusivamente del compositor, desde preludios, reflexiones -¡Dios mío que solos se quedan los muertos!-, Tus ojillos negros, la serenidad de Psyché y, naturalmente, las Siete canciones.

No podemos olvidar -además de otras actuaciones que no hemos podido comentar, como la de la joven soprano granadina Leticia Rodríguez- la jornada lírica con Black, el payaso, de Sorozábal y la ópera I pagliacci, de Leoncavallo, con una notable actuación general y la aportación de la OCG, que tantas veces ha sido fundamental en las óperas programadas en los últimos años.También hay que mencionar, en este capítulo, a Bobby McFerrin, una garganta para todos los públicos en su maestría en los espirituales, el jazz, el soul, el folk o el pop.

Otras músicas

Aparte de un amplio ciclo de flamenco que no me corresponde valorar y que con todo acierto se incluyó dentro del programa general, no como un ciclo aparte -Arcángel, en fusión con las Nuevas Voces Búlgares, Marina Heredia, Sara Baras, Tomatito, la compañía de Antonio Gades, etc- hay que anotar la presencia del pianista y compositor minimalista norteamericano Philip Glass que dio una 'lección magistral' -en inglés- sobre su obra, interesante, polémica y aunque en realidad aporta poco a la renovación estrictamente musical, sí lo hace a la estética de otra forma de hacer música, dentro de cánones clásicos. Un Festival internacional no puede olvidar a estas figuras.

Música de cámara, recitales de órgano, actividades diversas, muchas de ellas gratuitas o muy económicas, programa infantil con un encantador El sastrecillo valiente puesto en escena por la Compañía Etcétera, de Enrique Lanz, que el año pasado nos emocionó con la versión para marionetas de El Retablo de Maese Pedro, de Falla, ocupó un Festival en el que hubo también recuerdos para Juan Alfonso García y Francisco Guerrero. Especial interés tuvo, según todos los críticos que pudieron asistir al mismo, el estreno de Cinco Guerreros, de Sebastián Mariné, junto a la obra de Molton Felman The Rothko Chapel, en una velada del Taller Atlántico Contemporáneo. Hacer coincidir dos y hasta tres espectáculos de interés casi a la misma hora es una cuestión que deberían replantearse los organizadores.

El tradicional FEX completó estas jornadas, de la que no pongo en tela de juicio el interés de cada una -aunque apreciáremos rellenos y mediocridades que podían haberse eliminado-, pero teniendo en cuenta siempre una cuestión básica: Estamos hablando no de un ciclo normal de conciertos, sino de la excepcionalidad que exige para mantener su trascendencia el Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Por eso digo que esta edición, en su conjunto, no pasará a la historia y con errores que no deben repetirse, sobre todo en torno a Manuel de Falla, tan vinculado con la ciudad.

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