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John Coltrane, una experiencia religiosa

  • 'A Love Supreme', una cima del jazz, cumple 50 años El sello Verve ha anunciado una edición conmemorativa para noviembre

Mucho más que un mero disco, es uno de los actos de expresión espiritual más sinceros, intensos, crudos y abrumadoramente bellos que produjo el arte del siglo XX. Si lo usásemos, habría que quitarse el sombrero y ponerse en pie para hablar de él; o más bien simplemente ahorrarse toda palabrería, arrodillarse y alzar la mirada hacia el cielo. Que es el estado de exaltación en el que lo grabó John Coltrane durante la noche y la madrugada del 9 de diciembre de 1964. "Dios respira completamente a través de nosotros", escribió él en una de sus notas para el álbum; A Love Supreme fue la suite-mantra con la que dio forma a ese soplo divino, a esa creencia que veneraba como el logro más hermoso e importante de su convulsa vida. No es el único disco grandioso de Coltrane -ni siquiera puede afirmarse que sea el mejor de los suyos si recordamos que su obra constituye una galaxia en sí misma- pero debates subjetivos al margen, es sin discusión posible una de las cimas absolutas del jazz, además de la creación más especial y la más querida por el legendario saxofonista.

Si A Love Supreme es una de esas excepcionales obras con aura específica, si ofrece una experiencia que llega tan hondo, tan lejos, hasta convertirse en un disco para toda la vida, si dura poco más de 30 minutos pero al acabar tenemos la impresión de que algo entre las notas ha ensanchado y trascendido el tiempo empleado en comunicarlo, es porque compendia realmente las vivencias más íntimas no ya de un genio de la música y un revolucionario de su instrumento y de su género, sino de un hombre. La historia es bien conocida: a finales de los 50, tras superar su adicción al alcohol y la heroína, el músico experimentó lo que él mismo llamó un "despertar espiritual". Alice, su esposa, lo recuerda llegando a casa tras casi una semana sin haberse dejado ver por allí. Estaba alegre, tranquilo, convencido: "Como Moisés bajando de la montaña". "Ésta es la primera vez que me ha llegado toda la música que quiero grabar; la primera vez que lo tengo todo, todo listo...", le dijo él. Tres meses después, fruto de esas meditaciones, de esa inmersión total en el fondo de sí mismo, entró en el estudio para grabar una profesión de fe en toda regla.

A Love Supreme vio finalmente la luz, nunca mejor dicho, en febrero de 1965, hace por tanto 50 años, y para conmemorar el aniversario Verve Music Group acaba de anunciar la publicación, el 6 de noviembre en Estados Unidos, de una edición especial del disco. Un pack abultado y con toda probabilidad bastante caro que incluirá el original junto con todos los masters de las sesiones de grabación, además de un breve ensayo de Ashley Khan (autor de otro mucho más amplio, publicado en España por Alba en 2004, A Love Supreme y John Coltrane: la historia de un álbum emblemático), fotografías inéditas y conversaciones de los músicos en el estudio, partituras y notas manuscritas de Coltrane y un concierto del mismo año 1965. En fin, la consabida edición de lujo...

El acontecimiento presenta un alto y justificado interés musical; lo tienen de forma evidente las tomas de la segunda jornada de grabación, en la que participaron el saxofonista Archie Shepp y el contrabajista Art Davis, de cuya existencia no se supo hasta hace algunos años y sólo parcialmente; así como ese concierto de 1965, la única vez que el disco fue interpretado íntegramente en público por el artista, habituado ya entonces a las opiniones polarizadas, muchas de ellas prácticamente en el terreno de la burla, que suscitaron los trabajos de esa década, para él la última de vida (murió en 1967, con 40 años, víctima del cáncer) y la más radical en el grado no pocas veces extremo que imprimió a sus ingadaciones sonoras. Pero a nadie se le escapa que este mismo acontecimiento conecta igualmente con toda esa parafernalia de la Industria de la Efeméride, esa rama particularmente rutinaria del Turismo Cultural de Prestigio. En última instancia, como siempre, la conmemoración no es más que una excusa, tan válida como literalmente cualquier otra, para volver al único y verdadero lujo de todo este asunto: la música, solamente la música.

El tañido de gong, el serpenteante saxo desperezándose y el tono atmosférico del comienzo de Acknowledgement (Aceptación), el primero de los cuatro movimientos de la suite, delimita inmediatamente las coordenadas litúrgicas del espacio sonoro, mental y anímico creado por el músico. Según recordarían más tarde los otros tres fantásticos intérpretes que participaron en ella -el pianista McCoy Tyner, el contrabajista Jimmy Garrison y el batería Elvin Jones-, Coltrane alentó una dinámica abierta a la improvisación -rebajó las luces del estudio a una semipenumbra y los invitó a entenderse sólo con gestos y miradas-, pero a la vez amoldándose en todo momento a sus meticulosas indicaciones respecto a la estructura que debía encauzar ese magma. Existe toda una literatura en torno a la composición de A Love Supreme, asombrosamente precisa y prefigurada en contra de lo que sus raptos volcánicos y encabritados pueden llevar a pensar. Baste decir que entre sus claves internas hay numerosísimas pautas musicales que responden a números y símbolos relacionados con las Escrituras y con su propia biografía, o que el saxo en Acknowledgement viene a ser una suerte de recreación melódica de los sermones con los que los predicadores de los viejos tiempos trataban de llevar a su auditorio a un estado de éxtasis, incluidos los instantes de afonía y aliento entrecortado por el ímpetu puesto en el trance.

Aunque en este aspecto el secreto más conmovedor es el que encierra el final. Resolution (Propósito) y Pursuance (Dedicación) son también prodigiosos, pero es al llegar a Psalm (Salmo), el cuarto movimiento, cuando se aprecia una vibración distinta, una música que desborda el apellido que se le haya puesto, ya sea be-bop, post-bop, vanguardia o jazz modal. Todo este movimiento es, literalmente, una transcripción musical, nota por nota, verso a verso, de una oración escrita por el propio Coltrane. Ese saxo, que de repente pasa a ocupar un total primer plano en la pieza y a sonar con una respiración distinta, como en ese punto en el que después de un gran esfuerzo se mezclan el cansancio y el placer, esas notas con destellos de dolor, alegría y agradecimiento, están proclamando una convicción -más que profunda- sagrada. Sobra decir que no es preciso compartir la ardiente fe de Coltrane para estremecerse con la belleza torrencial que, a modo de ofrenda a Dios, extrajo de ella.

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