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Malos tiempos para la lírica

  • 'El poder del perro', de Don Winslow, estrena la colección 'Roja & Negra' dedicada a la novela negra

Malos tiempos para la lírica, cantaba Bertolt Brecht; buenos quizás para la épica. Al menos, para esa forma épica que es la novela negra, no el relato fundacional de una nación cualquiera, sino el de la lucha de uno (o varios) contra muchísimos más. Una épica como ética y no como apología, para el individuo y no para la tribu. Una épica como epistemología, y no un catálogo de clichés. Las bondades del género -para el autor, para el lector- son tantas que quizás esto explique su buena fortuna a lo largo y ancho del planeta. Qiu Xiaolong (Shanghai, 1953), por ejemplo, está usándolo para adentrarse en el hermético régimen comunista chino gracias a las aventuras del comisario Chen Cao, de quien, por cierto, Almuzara acaba de publicar la última fatiga, Cuando el rojo es negro. El malogrado Stieg Larsson (1954-2004), por su parte, quiso airear los trapos sucios de la inmaculada Suecia a través del exitoso tríptico Millennium; tras las aplaudidas dos primeras entregas, de kilométricos títulos (Los hombres que no amaban a las mujeres y La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina), la tercera promete rematar una faena calificada por muchos de impecable; su título: La reina en el palacio de las corrientes de aire.

Este desplazamiento de Este a Oeste nos empuja a Norteamérica y a Don Winslow, cuyo El poder del perro ha estrenado una nueva colección dedicada al género: 'Roja & Negra'. Además de una esquinada cita a Stendhal, esta ampliación del espectro de colores pretende englobar las atmósferas oscuras que transitan sus protagonistas y los fluidos carmesíes que salpican a menudo los mil y un escenarios del crimen. Y es que uno de los aspectos que más se ha radicalizado en el hard-boiled contemporáneo es el recurso a la violencia, y el libro de Winslow no es una excepción. La novela actual, se diría, abusa de ella. ¿Es así? Mientras leía El poder del perro, ambientado en su mayor parte en México, saltó a la primera plana de los periódicos la noticia de un secuestro múltiple en el estado mexicano de Chihuahua: el ejército intervino de inmediato y la acción se saldó con la muerte de seis de los nueve secuestrados, catorce secuestradores y un soldado: veintiuna personas; si además nos dicen que éste no es un caso aislado -en 2008, el narcotráfico dejó 3000 víctimas en el país, calculando por lo bajo- debemos convenir que quien abusa de la violencia no es la ficción, sino la realidad, continuamente, en todas partes.

La acción de El poder del perro arranca en 1975, en el estado mexicano de Sinaloa, y llega hasta nuestros días. Arthur Keller, un ciudadano estadounidense de madre mexicana, excombatiente en Vietnam, agente de la DEA, había sido enviado por su gobierno para colaborar con las autoridades locales en la guerra contra el tráfico de drogas. No obstante -pero esto lo sabrá después-, lo que hicieron Keller y los suyos fue derrocar un capo mafioso y poner a otro en su lugar, Tío, un agente de la policía estatal que descubrió que prefería arriesgar su pellejo ganando millones a espuertas en vez de por un sueldo insuficiente. Keller dedicará su existencia a destruir estos demonios en un auto de fe sangriento que costará la vida de muchos inocentes. En la telaraña también hay un joven irlandés, Sean Callan, que se mete en el mundillo del crimen casi por casualidad para descubrir que es fácil entrar, no tanto salir. Está asimismo Nora, una mujer de belleza excepcional decidida a rentabilizar económicamente los dones que la naturaleza ha prodigado en ella, y además un sacerdote mexicano, el padre Juan Parada, quien, en su empeño de hacer el Bien, se codea con gente peligrosa. Sus vidas no serán fáciles ni sus destinos felices; conocerán el lado más feroz del hombre; todo el mal que es capaz de hacerse a sí y hacer a los demás.

Don Winslow emplea un estilo de crónica periodística (frases breves, directas al grano) que, si bien a alguno se le antojará esquemático, acaba revelándose harto eficaz. En otro tipo de historia, su tosquedad pudiera ser un defecto; en éste es una necesidad. Hay ocasiones y, en consecuencia, hay relatos en los que sobran las sutilezas, en los que no puede andarse con miramientos: El poder del perro es uno de ellos. En el debe, señalaríamos una cierta complacencia en los aspectos más bárbaros; en el haber, una implacable demostración de que en un mundo sin Dios (sin una ética mínima) absolutamente todo está permitido. El poder del perro es un libro duro, cruel si se quiere, sobrecogedor. Tiene algunas páginas espeluznantes. Y quizás uno se equivoque; en vez de en los anales de la épica, esta narrativa quizás deba colocarse dentro de la literatura de terror.

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