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Marchando otra de enfermedades

Drama, EE UU, 2012, 104 min. Dirección y guión: Ol Parker. Fotografía: Erik Wilsons. Intérpretes: Dakota Fanning, Jeremy Irvine, Kaya Scodelario y Olivia Williams.

Hace siete años Ol Parker dirigió un bodrio llamado Rosas rojas, al que ni tan siquiera la corrección política de apuntarse a la normalización de las relaciones gay sirvió para redimirla de su estúpido vacío. Ahora -bueno, hace dos años porque es una película de 2012 que nos hubiéramos quedado tan a gusto sin ver- se apunta a la moda de la explotación de la enfermedad. En este caso no sólo para provocar la lágrima fácil, como la emocionalmente pornográfica Bajo la misma estrella, sino para explotar las monerías que se le ocurren a una señorita que se va a morir de leucemia. Decir que la enfermedad, sea terminal o no, el dolor, la angustia y la muerte no deben ser tomados en vano es inútil. El melodrama del XIX lo hizo a su manera, con cierta dignidad, y el cine clásico lo prolongó. El cine actual lo explota sin vergüenza revistiéndolo unas veces de blandenguería para adolescentes memos adictos a los candados en los puentes (Bajo la misma estrella) y otras, como en este caso, de las más bien limitadas y bastante simplonas expectativas de quien quiere apurar antes de morir la poca vida que se le ha dado.

El camino escogido es igual de tramposo que el de la blandenguería cuyo estreno debe ser la causa de que haya rescatado esta cosa, pero también es opuesto. La indigesta protagonista (interpretada con eficaz antipatía por la ex estrella infantil y ex Crepúsculo Dakota Fleming) quiere ponerse a bien con el mundo como antes se ponían a bien con Dios quienes estaban en la misma situación. Ponerse a bien con el mundo, tal y como hoy muchos lo entienden -entre ellos el propio Ol Parker como guionista y Jenny Downham, la autora del bestseller en el que se basa (Antes de morirme)- quiere decir perder la virginidad, drogarse o robar. Parker, supongo que siguiendo la novela, redondea la faena añadiendo hacia el final un romance con un chico blandiblú. La cosa se queda así entre las dos aguas de lo superficialmente desagradable (que no realista) y lo sentimentaloide (que no emocionante).

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