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"Meter el flamenco en la escuela es una imbecilidad nacionalista"

  • Hablamos con Niño de Elche, protagonista del espectáculo más controvertido de la Bienal de Flamenco de Sevilla de este año, autor de una 'Antología del Cante Flamenco Heterodoxo'

Paco Contreras, 'Niño de Elche', en una imagen reciente. En la página siguiente, la noche del martes durante su actuación en el Lope de Vega dentro de la Bienal. Paco Contreras, 'Niño de Elche', en una imagen reciente. En la página siguiente, la noche del martes durante su actuación  en el Lope de Vega dentro de la Bienal.

Paco Contreras, 'Niño de Elche', en una imagen reciente. En la página siguiente, la noche del martes durante su actuación en el Lope de Vega dentro de la Bienal.

Paco Contreras (Elche, 1985), más conocido como Niño de Elche, protagonizó hace unos días el espectáculo más controvertido de esta edición de la Bienal de Flamenco de Sevilla.

-¿Entonces cómo estuvo el concierto en el Lope de Vega?

Fui bueno con los que me critican; podría haberlos señalado allí mismo y el público se les habría echado encima"Aquella noche, en el teatro, todos teníamos una sensación de tierra conquistada, y eso fue muy esperanzador"La gran tragedia de los ortodoxos es que no han entendido el flamenco; la ortodoxia es una ficción"Yo no he intentado nunca revolucionar el mundo del flamenco, sino revolucionarme a mí mismo"El drama de los flamencos es que no han superado la pérdida de Morente y Paco de Lucía y están estancados"

-Se llenó el teatro, la gente disfrutó, aplaudió de pie al final, hubo muchas risas. Estuvo muy bien. No hubo ningún conflicto.

-En tal caso, ¿por qué los críticos que lo pusieron mal son sin excepción posible, según usted, pedigüeños de un carguito en la Junta o cortos de entendederas?

-Lo peor es que mienten. Al decir que no estaba lleno el teatro y al decir que la gente no estaba disfrutando. Yo me despaché a gusto. Y ellos allí, sin poder abrir la boca, sólo con su maldita columna en el periódico... Debe de ser duro tragarte durante dos horas a un tío al que odias y que se está cagando en todo lo que has hecho.

-Igual tampoco ayuda demasiado que usted insulte a las primeras de cambio a quien discrepe de sus planteamientos...

-¿A quién he insultado? ¿Llamar fascista a alguien es un insulto? Las críticas ya estaban escritas de antemano. Pero mira, yo fui hasta bueno, porque había un ambiente en el teatro que si yo hubiera querido señalar allí mismo a cualquiera de éstos, el público se les habría echado encima y seguramente hubieran tenido que irse abucheados. Eso sí que hubiera sido una performance maravillosa.

-¿La cosa va entonces de echar al que no está de acuerdo?

-Yo sólo digo que fui benévolo. Y que, si hubiera querido hacer sangre de verdad, podría haberlo hecho. Están tan cabreados que no pillan las ironías. Los pobres se lo toman todo literalmente.

-Hombre, "que os follen" tiene poca doblez que analizar...

-Es que ese es un tema mío, muy chulo además, y tú incluso lo habrás bailado alguna vez. Pero como no conocen mi obra...

-La cuestión es que el día siguiente todo el mundo hablaba de usted. Podría perfectamente pensarse que las polémicas no le vienen mal precisamente...

-Ni mal ni bien. Pero una cosa te digo: en el teatro todos teníamos una sensación de tierra conquistada, y eso ya no tiene marcha atrás. Había un público que tenía más ganas que yo mismo de ver al Niño de Elche en la Bienal. Y encima en el Lope. Es muy esperanzador. Y eso es lo que más les jode.

-Usted comenzó en el flamenco más ortodoxo, en ese mundo de peñas y concursos, desde muy niño. ¿En qué grado su afán experimental se explica conociendo ese corsé de la infancia?

-Bueno, sí, yo experimenté esos anhelos fanáticos de la ortodoxia. Me los llegué a creer. Conocí todo ese fascismo sociológico que está encerrado en esos ambientes.

-Su padre pensaba que iba a ser usted una especie de Miguel Poveda. Que cantaría bonito. ¿Cómo llegó el clic de decidir por ahí no?

-No podría verbalizarlo. Simplemente, esas formas para contar según qué cuestiones que yo quería contar ya no me servían para nada. Yo sé que mi concepto es difícil, pero la gran tragedia de los ortodoxos es que no han entendido el flamenco, que fue siempre una práctica heterodoxa y experimental. La ortodoxia es una ficción.

-Son bien conocidas sus duras críticas a la Bienal y a las instituciones flamencas. Y sin embargo, también usted ha tenido un sitio en su programación...

-Es el segundo festival flamenco en el que he actuado en los últimos cuatro o cinco años. Siempre que me dejen un espacio en el que no se intoxique mi propuesta... Me propusieron venir, todo lo que propuse lo aceptaron, y yo dije bueno, pues de puta madre. Y eso no va en contra de mi postura crítica con lo que representa el flamenco a nivel institucional. Una cosa es ser un artista radical y otra cosa es ser un artista coherente. Cuando uno se sumerge en las cosas, se da cuenta de que lo importante no es la coherencia, que al final no sirve para nada, sino de saber trabajar en las grietas. Ahí estoy yo.

-Sigamos rascando. Usted, furibundo antitaurino, participó en la inauguración en la plaza de toros, con Arena de Israel Galván, una oda a la liturgia taurina...

-En primer lugar, que esa obra sea una oda a la liturgia no significa que sea protaurina. Y además mi participación fue antitaurina: hice un texto de Eugenio Noel, antitaurino y antiflamenco. Y los nombres de los toros que se mencionan en el espectáculo pertenecen todos a toros que mataron a algún torero. No sé si será eso muy taurino... Pero esto no lo digo para justificar que no hay contradicción ahí. Pues claro que la hay. Igual que yo vengo del mundo del underground y estoy trabajando con Sony ahora. Llámalo contradicción, llámalo experimentación, llámalo aceptación de la realidad y de todas sus paradojas.

-¿Le gustaría ir a más festivales flamencos o se encuentra más cómodo en otros ámbitos?

-Es más lógico que yo esté en el Sónar que en la Bienal, la verdad. Pero el problema son las etiquetas establecidas. Si hay un festival de flamenco que me paga lo que pido y me da libertad para hacer lo que yo quiero, pues estupendo. Es verdad que con los festivales flamencos soy mucho más exigente, porque gran parte del público que va a ellos a mí no me gusta nada. Y por lo tanto paso de compartir espacio con gente que se organiza desde un pensamiento conservador. Pero no me gusta hacer planteamientos victimistas: en general, no es que no me contraten los festivales flamencos, sino que yo no quiero que me contraten.

-¿Y cuál es el problema del público del flamenco?

-Pues que consume todo ese flamenco que a mí no me interesa nada. Pero no porque ese flamenco sea más o menos bonito, sino porque me parece superfluo en un nivel estético, filosófico, social, antropológico, etcétera.

-Pone el listón tan alto que no sé si hay alguien haciendo cosas ahora dentro del flamenco que cuente con su visto bueno...

-A mí a lo mejor me puede interesar un segundo de un artista, o un tercio de un cante que ha hecho, pero eso no quiere decir que toda su obra me interese. Y no tiene por qué ser de las propuestas progres. Me puede interesar más un cantaor megaclásico que uno que va de modernito. Por eso no suelo dar nombres, porque da lugar a equívocos. Mi discurso no pasa por las figuras artísticas. Está todo más entremezclado. Y si experimento es porque he entendido de qué va esto del flamenco.

-Usted ha revisado en los últimos años algunas de sus ideas políticas. ¿Le ha costado eso que alguna amistad o alguna complicidad se quedase en el camino?

-Las amistades son así, te separas de unos y te acercas a otros. Vivimos en un país de casillas... Pero yo en ese aspecto procuro no tener miedo. Cuando estaba haciendo el documental sobre Miguel Hernández, yo estaba muy cerca del Partido Comunista. Y entrevistando a Antonio Orihuela, él me dijo que la última muerte de Miguel Hernández fue su afiliación al PC, un partido retrógrado, conservador y totalitario. Yo me quedé... Se me cayó un castillo por dentro, incluso dudé si incluir esa frase en el documental. Ahora me río, porque opino igual que Orihuela. Aquello me animó a profundizar en esa cuestión. Yo leo a Escohotado, a Gustavo Bueno, a Marina Garcés, a Ramón Andrés, a tantos y tantos autores que a veces contradicen mi pensamiento. Y jamás hay que tenerle miedo a eso porque la naturaleza de las cosas es el cambio. Y yo creo en la práctica artística para superar todos los miedos.

-¿Cuáles son los suyos?

-Yo soy una persona criada en los miedos. Desde la infancia. Miedo a cada minuto. Lo he ido superando, pero aún me queda muchísimo.

-¿Cuánto hay de afirmación personal en esa rabia suya contra toda norma heredada?

-Yo no he intentado nunca revolucionar el mundo del flamenco. Yo, más bien, he intentado revolucionarme a mí mismo. El flamenco para mí es un género o una estética que me ayuda a construir discursos, pero por lo demás cuando alguien me habla de flamenco a los diez minutos ya estoy aburrido.

-Vaya, pues menos mal que no le pilla ya en edad escolar la reclamación de muchísimos de sus compañeros de que se enseñe el flamenco en los colegios...

-Me parece una aberración, esa y otras imbecilidades parecidas sólo se les puede ocurrir a los nacionalistas. Pobres niños y niñas, lo que tendrían que sufrir. Qué coñazo que venga un tío de un pueblo a contarte su utopía con toda esa parafernalia provinciana. Pero, hombre, ¿cómo vas dejar el flamenco, que surge de la libertad, en manos de algo institucional, encerrado en un programa de estudios?

-¿Y cuál es la manera apropiada de acercarse al flamenco?

-Que haya espacios que programen más flamenco y que las entradas sean más baratas. Los flamencos se quejan todo el rato de que una generación de artistas entre los que me incluyen les quitan el trabajo. Pues mira, yo, el que algunos han decidido que es el Anticristo, el iconoclasta, animo a que programen más flamenco. ¡Es lo que he pedido siempre! Lo que pasa es que los flamencos piden otra cosa: que los programen a ellos. Esa es la pequeña diferencia. Su victimismo no les deja energía para pensar... Que se hagan publicaciones, encuentros, ¿habrá cosas que hacer? Es más: todo lo que se gastan en un mes en la Bienal se podría repartir en todo un año de actividades. Algunos ponemos el dedo en la llaga y parece que molesta, que vamos en contra del flamenco, ¡y es al contrario! Yo voy a favor, pero a favor de su liberación. No me explicaré bien, porque parece que sólo entienden que yo quiero acabar con el flamenco. Que por otra parte, oye, me encantaría ser el que acabase con el flamenco, porque acabaría en los libros de Historia, mira qué guay... Pero qué va, el flamenco tiene mucha más fuerza que yo, ¡dónde va a parar! Tendría que creerme yo un Quijote, pero para eso ya están los otros.

-Suele revolverse cuando lo comparan con Enrique Morente. Otros se pondrían gordos de orgullo. ¿Cuál es el problema?

-Con Enrique ninguno. Con la comparación, que es vaga, simple y de sordos. Que me digan qué cosas he cogido yo de él, porque se equivocan siempre, y además en mi cante hay muchas más cosas de Antonio Mairena que de Enrique. Lo que me da coraje es que no se escucha y se siguen los eslóganes como si fuésemos burros. Además, el Morente que yo reivindico es el experimental, y cuando los compañeros lo homenajean lo que hacen en realidad son canciones.

-A ver si va a resultar que tampoco se ha entendido bien a Morente a estas alturas...

-Nadie se fija en las experimentaciones que hizo en El pequeño reloj o Pablo de Málaga. Como mucho, llegan a Omega, que son composiciones más convencionales. En el flamenco están siempre comparando a todo el mundo con alguien, pero muchas veces no saben ni por qué. Lo que le pasa al flamenco es que no ha superado la pérdida de Enrique Morente, ni la de Paco de Lucía. Y en vez de inspirarse en ellos y animarse a tener la actitud que ellos tuvieron, han preferido quedarse llorando, estancados en los años 80. Pero no lo reconocen, claro, y ese es su drama.

-¿Todo lo que hace un artista tiene significado político?

-Sí, claro. Aunque no quiera.

-¿Qué es exactamente el "flamenco socialdemócrata" del que suele hablar?

-En el plano político la gran aberración que veo ahora es entender el flamenco como elemento identitario exclusivo de los andaluces. La Junta ha insistido mucho en eso, y muy pocos se atraven a criticarlo porque querrán su bolsa de monedas... Ese sistema clientelar es terrible. En cuanto al flamenco socialdemócrata, es para mí ese que sólo hace propuestas amables y progres, pero siempre con lógicas conservadoras. En la última década muy pocos se han salido de esa rueda. Y, mira qué bien, así tienes como el respeto del flamenco conservador y de paso parece que eres moderno.

-Vamos terminando. Hemos quedado entonces en que no queda ningún crítico de flamenco con el que no se haya peleado, ¿no?

-Es que no hay críticos, sino criticones. Y te digo más: incluso aunque uno de ellos hablase bien de mí, yo no le concedería mi respeto intelectual. Por eso no doy entrevistas a medios flamencos. Porque mi discurso no se puede tergiversar. Nadie en el mundo de los críticos de flamenco tiene mi respeto intelectual. Nadie.

-Vaya. ¿Por qué tanta visceralidad en ese rechazo?

-Pues por todo lo dicho anteriormente. Y no hay visceralidad. Es una cosa muy reflexionada. Esto no es una niñatada. Que también estaría dentro de mi libertad que lo fuera, pero no lo es.

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