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Montalbano envejece

  • Camilleri humaniza todavía más a su héroe en la novela más amarga de las que componen la serie

Andrea Camilleri. Traducción de Teresa Clavel Lledó. Título original: L'età del dubbio. Editorial Salamandra. Barcelona, 2012. 240 páginas. 14,50 euros

A Montalbano no le sienta bien envejecer. Tiene ya 58 años, como policía sigue siendo espléndido pero como hombre es una calamidad. Así se autodefine el comisario en uno de esos pensamientos que le corroen a lo largo de La edad de la duda, la décimo octava entrega de la serie de novela negra creada por Andrea Camilleri, recientemente llegada a las librerías españolas.

En esta ocasión, el anciano escritor siciliano pone a su héroe a investigar un cadáver hallado en el mar y traído hasta el puerto de Vigata por el barco que lo encontró. En el curso de la investigación conoce a Laura Belladonna, una joven teniente de la Policía portuaria que le hará dudar de todo, de la vida, de su trabajo y de su relación con Livia, su novia de toda la vida con la que sigue manteniendo una inestable relación a distancia.

Montalbano siempre había sido un personaje muy humano, con sus pensamientos, contradicciones, tentaciones y más aciertos que errores, pero nunca antes había tenido menos claro cuál era su papel en la vida. Las referencias a la edad y al paso de los años son continuas en la novela, desde un sueño inicial en el que el comisario asiste a su propio funeral hasta sus cada vez más agrios diálogos con el forense Pasquano, quien le recuerda una y otra vez que no sólo se está haciendo viejo sino que además se está volviendo loco. Incluso sus bromas con el dottor Lattes, el segundo de la Jefatura, ese que siempre pregunta a Montalbano por sus imaginarios mujer e hijos, no tienen la frescura y la gracia espontánea de otros tiempos.

La edad de la duda no es, quizás, la mejor novela para introducirse en el universo creado por Andrea Camilleri hace ya casi veinte años. No lo es porque está plagada de referencias anteriores que el lector no seguidor de la serie no podrá captar. No lo es porque el comisario cae fácilmente atrapado por la sonrisa y los ojos de una joven teniente, que lo hace sentirse un adolescente, cuando casi siempre había sido fiel pese a las múltiples oportunidades que se le presentaban. Y, sobre todo, no lo es porque no contiene tanta carga de ironía y humor como entregas anteriores y está revestida de una amargura inusual.

El personaje de Salvo Montalbano, llamado así en homenaje a Manuel Vázquez Montalbán, nació en 1994 con La forma del agua y su figura fue adquiriendo popularidad en la década de los noventa con novelas como El perro de terracota, La voz del violín o La excursión a Tíndari, entre otras. La fama se agrandó con una serie de la RAI. A partir de ahí Camilleri comenzó a producir en cadena las novelas de Montalbano, incluida una colección de relatos en la que el comisario resuelve desde crímenes misteriosos hasta simples disputas vecinales que retratan el carácter de los sicilianos.

En todas las novelas se repite el mismo patrón: el comisario se enfrenta a una investigación de un homicidio que arranca casi siempre sin pistas y la tenacidad le hace ir avanzando hacia el éxito. En el camino puede encontrarse con la mafia, con terroristas, con organizaciones criminales dedicadas al tráfico de seres humanos, con mujeres fatales o ricos empresarios que alguna vez abusaron de los débiles. Para resolver cada caso será necesario que se dé un atracón en la trattoria de Enzo, que le pida algún favor a un amigo periodista de la televisión local, que mantenga del orden de tres a cuatro broncas por libro con su novia, Livia, que puede sorprenderle con un viaje relámpago desde Génova, donde vive durante el año, y no siempre sea recibida por el comisario con los brazos abiertos...

La galería de secundarios es parte del éxito de la serie. En la comisaría destacan Fazio, ese policía con alma de registrador de la propiedad; Gallo, que si no fuera agente sería piloto de Fórmula 1; o el seductor Mimí Augello, que en esta ocasión vuelve a poner sus dotes de seducción al servicio de la causa. Y no puede faltar la referencia al entrañable Catarella, el telefonista de la Jefatura, que por primera vez en 18 novelas consigue pronunciar un nombre de forma correcta.

Las novelas de Camilleri son todas cortas. Difícilmente pasan de las 250 páginas, perfectas para que sus seguidores las lean de un tirón y para que quienes se introduzcan por primera vez en el mundo de Montalbano no tengan que hacer demasiados esfuerzos. Quizás por eso suelen llegar a España de año en año y en verano, todas de la mano de la editorial Salamandra.

Camilleri escribió la primera novela de la serie cuando tenía 70 años. Ahora, casi nonagenario, sigue en plena producción. En 2011 se publicaron dos obras en Italia y en 2010 tres, una de ellas en colaboración con Carlo Lucarelli, el creador de otra popular serie negra italiana. En España la obra de Camilleri acumula cuatro años de retraso, puesto que La edad de la duda apareció en su país en 2008. A la espera de nuevas entregas, Camilleri ya tiene escrita la última, Riccardino, que se publicará a la muerte del escritor.

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