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M. Night Shyamalan, bajo sospecha

  • El cineasta indio, más cerca de los dramas místicos de Ingmar Bergman que de las fantasías judeocristianas de Steven Spielberg, acaba de estrenar 'Airbender', donde da un giro radical y poco explicable a su carrera

Hasta ahora, M. Night Shyamalan había sido una rara avis en los cielos de Hollywood, una rosa azul en sus jardines, una perla negra en sus arcas. En unos tiempos en que el cine fantástico funciona por multiplicación y saturación, sometiéndose al imperio de los F/X, Shyamalan ha ofrecido depuración y contención, sometiendo los F/X a las exigencias de la historia. Hasta ahora, este cineasta de origen hindú se había caracterizado por una labor impar que primaba la intensidad sobre la espectacularidad. Hasta hoy, había hecho un cine inconfundible, sin parecido a ningún otro. Desde hoy, ¡ay!, M. Night Shyamalan parece querer ser como los demás y hacer el cine que hacen los demás; una opción legítima, aunque frustrante para quienes le hemos seguido los pasos, hasta hoy, con una expectación no siempre satisfecha, pero sí justificada.

M. Night Shyamalan nació en 1970, en Pondicherry (India), pero sus padres, dedicados ambos a la medicina, se mudaron a los Estados Unidos cuando su vástago contaba sólo dos años de edad. Lo hicieron estudiar en colegios católicos, un detalle a tener en cuenta a la hora de valorar el componente fantástico de sus ficciones, y desde niño, gracias a una cámara de Súper 8 mm., entretuvo las horas rodando cortos a imitación de su muy admirado Steven Spielberg, otro puntal que no debe perderse de vista. Shyamalan debutó en el largometraje con un filme producido, escrito y protagonizado por él mismo, y costeado por sus papás: Praying with Anger (1992). Aunque pasara desapercibida, la película fue credencial suficiente para la industria. Miramax Films aceptó financiar su primera aventura profesional, Los primeros amigos (1997), que tampoco llamó la atención de nadie. Su siguiente filme, no obstante, arrasó en la cartelera estadounidense y, de la noche a la mañana, convirtió al joven director en una de las promesas del nuevo milenio.

El sexto sentido (1999), un hermoso relato de fantasmas, sobrio, minimalista, es el perfecto contrario de los 'rompetaquillas' habituales, pero gustó a prácticamente todo el mundo. Adscrito a un molde genérico con tirón comercial, El sexto sentido ofrecía una emotiva reflexión sobre el miedo y el dolor, además de una bien dosificada ración de sustos, construidos con encomiable buen gusto. Era la película de un creyente, o de alguien que no cuestiona el dogma, pero no la de un iluso. Shyamalan, más cerca de los dramas místicos de Ingmar Bergman que de las fantasías judeocristianas de Steven Spielberg, presentaba la piedad o la salvación no como moneda segura en los bolsillos del devoto, sino como metas arduas de alcanzar. No comparto la moraleja última del filme ("Debes tener fe"), pero me descubro ante la inteligencia, la sensibilidad y la inventiva con que se argumenta.

El protegido (2000) satisfizo plenamente las expectativas puestas en su director. Una originalísima historia de superhéroes, presentados como ciudadanos de a pie, tipos grises y melancólicos, que no saben qué puñetas hacer con los superpoderes. Shyamalan se acerca a la cultura popular, al cómic, como a un territorio en donde perviven mitos arcanos. El Bien (el superhéroe) y el Mal (el supervillano) son expresiones hiperbólicas de una dicotomía ancestral en irónica relación de dependencia: si el bien necesita al mal (si no, no podría reconocerse como tal), el segundo también necesita del primero (si no, no tendría en quién ejercer). Con gran sagacidad, Shyamalan reflexionaba sobre la demanda de héroes en una sociedad tan temerosa como la estadounidense en fechas previas a los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, los cuales, en cierto sentido, acabaron justificando tales temores. El trauma de los atentados es una corriente subterránea en su cine posterior, capaz aún de lo mejor y, lamentablemente, de lo peor.

El miedo a la agresión exterior recorre Señales (2002). El punto de partida es de gran originalidad y característico de Shyamalan. Si menos es más, la reconstrucción de una invasión alienígena se ofrece a partir de sus efectos en un pequeño núcleo familiar en una granja de Filadelfia. Señales es un relato hilado con innegable pericia y una maniquea disquisición sobre la fe, en donde la inteligencia, la sensibilidad y la inventiva mencionadas a propósito de El sexto sentido soplan, en ráfagas, en contadas ocasiones. La blandenguería se adueña de no pocas escenas y casi manda a pique la historia. La paranoia post-11 de septiembre, alimentada por el gobierno de George W. Bush, domina El bosque (2004), historia de una comunidad aislada del mundo que instrumentaliza el miedo para mantener a hijos y vecinos dentro de unos márgenes establecidos. En el cine de Shyamalan, en sus mejores obras, en sus mejores momentos, hay un desconsuelo escurridizo, una melancolía nacida del desfase entre las muchas esperanzas que pusimos una vez en la vida y la parquedad de cuanto acabó dándonos ésta. En El bosque, este malestar alcanza picos de gran hondura.

La joven del agua (2006) proponía una variación del esquema de los dos filmes anteriores (el pequeño grupo amenazado desde fuera) con un pie dentro del cuento de hadas. En este caso, el escenario único es un edificio de apartamentos, los protagonistas son los inquilinos, y la misión, ayudar a una sirena descubierta en la piscina comunitaria. La película se presta a una lectura política enojosamente tradicionalista, pero confirma la capacidad de su autor para hacer no sólo verosímil, sino necesario, lo inverosímil. Se incurre en la ingenuidad, sin alcanzar el grado ofensivo de Señales. No obstante, ni El bosque ni La joven del agua tuvieron una buena taquilla y, en Hollywood, los fracasos económicos no tardan en pasar factura. Shyamalan llevó adelante, con muchas dificultades, El incidente (2008), historia apocalíptica con algunos momentos de nervio, otros exangües, más abundantes los primeros que los segundos. La premisa argumental es sugerente: la naturaleza reacciona contra el peor parásito existente -el hombre- desarrollando una toxina que, empujada por el viento, conduce a la ciudadanía a suicidios en masa. Por desgracia, tampoco gozó de una buena carrera comercial.

Esto, y no otras excusas peregrinas, explicaría el reciente cambio de tercio de M. Night Shyamalan. Airbender: El último guerrero es un espectáculo aparatoso, vacuo e intercambiable por el de meros destajistas como Ridley Scott o Michael Bay. Nada de depuración y contención, sino esquematismo e incontinencia. La singularidad, el gusto por la sugerencia, la poesía sutil de antaño, desaparecen de la pantalla y ceden a lo acomodaticio, lo previsible, lo ramplón. Lo peor no es que los F/X sean los reyes de la función, sino el catálogo de simplezas que Shyamalan da por buenas. Y ni siquiera es seguro que consiga ese éxito taquillero perseguido con tanta obstinación y torpeza.

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