Flamenco

Niño Charico: Humano, demasiado humano

  • Tres años después de su muerte, la voz de Niño Charico sigue estando presente en quienes escucharon alguna vez su eco

Si los Quero fueron aquellos bandoleros románticos que tuvieron en jaque a las fuerzas franquistas tras la guerra, Víctor Blaya Quero, Niño Charico, hizo honor a sus antecesores dotando el cante aroma bandolero, sonidos libres en su voz milenaria, puso en jaque a toda la crítica destructiva que se agita en Andalucía, y fue romántico hasta en el vinagre que acabó con su vida.

Es imposible olvidarse de Víctor, tres años después de su muerte. Quien escuchó su eco jamás lo relegará en el olvido. Charico rompió con su voz los moldes raciales y geográficos del flamenco. Sonaba gitano, sin serlo, y a Jerez, habiendo tenido por cuna el Albaicín. Poseía un olfato musical exquisito, un gusto para decir los cantes más sinceros, excepcional, y un potencial canoro sin parangón. Igualaba a Terremoto en lo profundo y sonoro, pero ganaba a cualquiera en brillo. Su voz, añeja, jonda y vigorosa, no se arrugaba, se rompía en quejíos inspirados y certeros, sobre los cantes más grandes del flamenco, si bien él hacía realidad aquello de que no hay cante chico ni cante grande, si no cantaores chicos y cantaores grandes. Charico, que sonaba personal sin proponérselo, renunciaba constantemente a sí mismo para que los cantes cogiesen personalidad y brotaran ambivalentes entre la lírica de las letras el esteticismo de la música.

De Charico tenemos todos uno amargo recuerdo y la incertidumbre de si podíamos haber hecho más por él. En cualquier caso convengo que la sensibilidad acabó con su vida, pues era un personaje, como diría Nietzsche "Humano, demasiado humano".

Era el mejor de su generación, sin lugar a dudas, el más flamenco, el más profundo, al que más le dolía el cante. Como hemos escrito arriba, podía, perfectamente, no acudir a un concierto que tenía firmado si esa mañana las estrellas de los cielos no se habían alineado para él: se levantaba sin ganas de cantar, no se 'sentía', y dejaba esperando al más pintado. Él se lo podía permitir, porque el día que le venía en gana, nos rompía el alma con unas bulerías por soleá o sus gloriosos fandangos.

Todo el mundo sabe su devoción por lo jerezano, aunque Víctor no se circunscribía solo a eso, su oído e inconmensurable afición, le permitía poder disfrutar de todo el que cantara bien. Hará unos cinco años le tocaba ilustrar una conferencia de José Delgado para la Peña de La Platería y entre otros cantes, tenía en el repertorio la Serrana. Me pidió ayuda y le hablé de Fosforito, de Juan de la Loma y de Manuel Ávila. Sintió curiosidad por éste último, uno de mis maestros y referentes, lo cual me enorgulleció y así le grabé varias serranas que dejó registradas el de Montefrío. Cuentan que iba por las calles del Albaicín absorto, escuchando a Manuel en un pequeño aparato. Un día quedamos para valorar ese aprendizaje y nos metimos en el 'Cuarto de los Cabales' de La Platería, donde un año antes habíamos grabado para Canal Sur ambos. Víctor había llevado el cante de la Serrana a su terreno, me decía que no lo tenía bien, y yo, emocionado, no sabía como explicarle que había cogido lo esencial de Manuel Ávila pero que el cante estaba bien hecho y lo más sorprendente, sonaba a él, a su forma. He ahí una muestra de su capacidad cantaora.

Una de las últimas vivencias que tenemos junto a él, y que no olvidaremos nunca Marcos Palometas y yo, fue en la Peña Flamenca del citado maestro de Montefrío. Recién salido de una crisis que lo había mantenido ingresado un tiempo en el hospital Ruiz de Alda, me pidió que le buscara alguna actuación. Hablé con estos grandes aficionados de Montefrío y accedieron de inmediato. En el trayecto que hicimos en mi coche nos comentaba entre dispares conversaciones y algún cante que él acompañaba marcándose el ritmo sobre la guantera, que los médicos querían internarlo en un centro hasta que estuviera recuperado del todo, pero que él no se iba a meter porque ya se encontraba bien. Una vez en Montefrío se sintió con granas de cantar. Desde el escenario buscaba la complicidad de mi mirada, a la que yo acompañaba con algún gesto de aprobación: estaba cantando muy bien. Y lo más emocionante, se estaba dejando llevar por el sentimiento. Sus letras hablaban de desamor, de locura y desenfreno, de ganas de vivir... En la segunda parte consiguió ese momento mágico de meterse de lleno en el cante, y ya ni siquiera buscaba mi mirada porque la suya estaba en otro sitio, en otra dimensión. Cantó una de estas letras que les cuento y algo me pasó por dentro que no sabría explicar y que tuve realmente de que lo sentí al mirar al guitarrista. Marcos me estaba mirando, y yo a él, Víctor remataba el cante de una manera gloriosa, él desde el escenario, con la guitarra en sus manos, y yo desde el público, llorábamos.

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