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Perfecta frialdad

Dos miembros del Ballet Nacional de Holanda durante el primer ejercicio. Dos miembros del Ballet Nacional de Holanda durante el primer ejercicio.

Dos miembros del Ballet Nacional de Holanda durante el primer ejercicio. / carlos gil

En las sesiones de danza del Generalife, en cuyo escenario hemos visto pasar los mejores conjuntos mundiales y figuras de las últimas décadas, los veteranos en estos juicios tenemos en la memoria la nostalgia de los desaparecidos Nureyev o Margot Fonteyn, entre infinidad de nombres, muchos de ellos españoles, las coreografías diversas y formas de expresar el ballet clásico y el contemporáneo las compañías europeas, norteamericanas, japonesas, etc., con las distintas escuelas, tendencias y estéticas. Y unas veces he proclamado mi entusiasmo y admiración y en otras he tenido que recurrir a aquellos versos de lord Byron que decían que "ella era perfecta, pero la perfección puede ser insípida en nuestro mundo".

A la perfección en danza hay que unirle algo más para alejarse de la frialdad. Y ese destello último es lo que le faltó, en algunos momentos, al Ballet Nacional de Holanda, en el programa con el que cerró el ciclo de Ballet en el Generalife. Porque la admiración que recaba la conjunción, con algunos fallos menores, la alta calidad individual de los bailarines y bailarinas, con una técnica excepcional y una escuela clásica, en su solidez, se prodigó a lo largo y ancho del programa, lo que no evitó cierta frialdad que se transmitió al público.

'Variaciones sobre un tema de Frank Bridge' reveló el dominio profesional del elenco

Y eso que era un programa de contrastes. La frialdad, estaticismo expresivo estaba más que justificada en los dramáticos Cuatro últimas canciones, de Ricardo Strauss, donde los cuatro pasos a dos, admirablemente ejecutados, desde un punto de vista creativo, sobre una coreografía de Rodi van Dantzig, fue lo más expresivo del programa, a pesar de las siniestras sombras que revela la voz dolorida, en estos lieder postreros del músico alemán, compuestos para soprano y orquesta en 1948, a la edad de 84 años -el crítico cree que en los programas de danza debería haber explícitas referencias a las obras musicales que lo sustentan-, utilizando en los tres primeros, poemas de Herman Hesse (Primavera, Septiembre y Al irme a dormir, para completar el ciclo con otro poema de Joseph von Eichendorff En el ocaso. Vier letzte Lieder, op. 150, lo interpretaron admirablemente la soprano Juanita Lascarro, con la Danish National Symphony Orchestra, dirigida por Jesús López Cobos, en el Festival de hace tres años. El público que no recuerde estas últimas cuatro canciones del postrero creador de Muerte y Transfiguración, quizá podría comprender mejor el trabajo de los bailarines y su acercamiento corporal a la idea musical. Riho Sakamoto, Edo Wijnen, Sasha Mukharmedov, James Stout, Suzanna Kaic, Young Gyu Choi, Igone de Jongh y Jozef Varga, en los pasos a dos, y Vitto Mazzeo, en Angel, hicieron un sobrio, pero excelente trabajo. Esta vez la frialdad estaba justificada, porque es la de alguien que va diciendo adiós a la vida.

El paso a dos de la Tarantella que hiciera Balanchine sobre la Gran Tarantela para piano y orquesta, de Louis Moreau, obtuvo la brillantez y elocuencia necesaria que exige este cúmulo de dificultades entre las piruetas, saltos y movimientos a ritmo de la música. Muy expresiva y poderosa Aya Okumura y menos Remi Wörtmeyer, pero también pendiente de esa excesiva rigurosidad técnica que se impone sobre todo lo demás.

Hablamos de frialdad y comentaba con mi compañera circunstancial de asiento, Cristina Marinero, la autora de las notas a los programas de los ballets, que cerrar con un simple telón negro el fondo del escenario, tapando los cipreses, sobre los que se asomaba la luna llena, era un absurdo atentado al encanto y originalidad del recinto. Si no hay decorados no tiene justificación esta pobre puesta en escena. Sobre el fondo de cipreses han bailado las grandes figuras y se han desarrollado los ballets más exquisitos. Así que resultó más fría y tediosa la coreografía de Hans van Manen sobre las Variaciones sobre un tema de Frank Brigde, op. 10, en la que se reveló el dominio profesional del elenco, en el que había algunos nombres españoles como Laura Rosillo y Daniel Montero Real, en una sucesión basada en la perfección técnica, pero que no ofrecía más atractivo dentro de una coreografía clásica en sus formas, con aspiraciones a trascender en la estética más moderna.

Todas las compañías que se precien llevan su Don Quijote, basado o renovando la coreografía de Marius Petipa, sobre la música de Minkus, en su catálogo. Lo hemos visto en numerosas ocasiones, completo o fragmentado, en su gran paso a dos o en distintos momentos. El Ballet Nacional de Holanda ofreció algunos extractos, llamativos, pero sin llegar al virtuosismo arrebatador, en una coreografía correcta de Alexei Ratmansky, sobre la de Marius Petipa. Cuerpo de baile muy notable en las seguillas de hombres y mujeres, castañuelas incluidas, y los grandes pasos, en el que se centran la capacidad de los primeros bailarines para entusiasmar con sus saltos, su siempre sorprendente capítulo de resistencia, en este caso, Anna Ol, en los fouttes, los giros sobre una sola pierna -que no llegaron a los famosos 32-, llena de expresividad en su rol de Kitri, como la tuvo Naira Agvanean en el papel de Juanita. Un Basilio contundente, pero sin alcanzar la potencia en los saltos y en los solos, excelente acompañante en el paso a dos. Don Quijote no apareció por ninguna parte para presenciar esa fiesta final, apoteosis de los bailarines, sobre el cliché estereotipado de los abanicos y los aires aflamencados que sugiere la música de Minkus y que Petipa trasladó, como tantos otros coreógrafos después, sobre su molde.

Sin duda los múltiples encantos bailables atraen al público por las conocidas estampas, con lo que se cerró una velada que clausuraba un ciclo variado y notable, pero no a la altura que ha estado, hasta ahora, el otro pilar básico del Festival: el sinfónico.

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