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Prestidigitación visual, pirotecnia verbal

EEUU, 2009, Thriller, 108 min. Dirección: Steven Soderbergh. Intérpretes: Matt Damon, Melanie Lynskey, Scott Bakula, Thomas F. Wilson, Frank Welker. Cines: Cinema 2000, Kinépolis.

Una de las virtudes y de las rémoras del sistema de los estudios -en ellos lo positivo y lo negativo solía ir trenzado- era la racionalización de la producción que imponía límites a la egolatría inherente a todo creador (más acentuada, casi siempre, cuanto menor fuera el talento creativo del sujeto). Cuando se equivocaban podían cercenar creatividades que no se ajustaran a los límites marcados por la industria. Pero cuando acertaban permitían el despliegue de la creatividad de los mejores y el de los talentos de los artesanos. Los malos directores no tenían cabida allí; o penaban en los sótanos de las series. La caída del sistema de los estudios permitió que los talentos afloraran en libertad (pocos, la verdad) pero que también lo hicieran las cascarrias filmadas por malos directores sin más freno que el del mercado (en un momento en el que el gusto del público mayoritario caía en picado); y que los artesanos se creyeran autores (perdiendo sus virtudes al jugar en otra liga). Este último es el caso de Soderbergh, estupendo artesano que se equivoca cuando quiere jugar en la primera división de los creadores.

Empezó como autor criado a los pechos del nuevo cine independiente modelo Sundance Festival con Sexo, mentiras y cintas de vídeo (1989), Kafka (1991) y El rey de la colina (1993). Pero sus inexistentes fuerzas autoriales se agotaron en estas tres películas y entró en una zona errática hasta que el justo éxito de Erin Brockovich (2000) lo puso en su sitio: un magnífico artesano de buen cine comercial con guiños clásicos (tomados del cine moderno de los 60 y los 70) debidamente barnizados de posmodernidad. Traffic (2000) y Ocean's Eleven (2001, con secuelas en 2004 y 2007) le mantuvieron en este recto camino del que se salió, otra vez poseído por ínfulas autoriales, con Solaris (2002) , patético intento de meterse en los zapatos de Tarkovski que, quien podía dudarlo, le venían grandes. La incursión en el melodrama (El buen alemán, 2006) y la biopic sobre el Che (2008) le salieron fatal. Como si hubiera aprendido la lección, ¡El soplón! le devuelve al cine de serie, a las modernizaciones de modelos de los 60 y los 70, a la máquina comercial bien escrita, filmada e interpretada.

Se ha criticado a esta película su confusión narrativa, su laberíntica estructura, su errático desarrollo. Creo que, por el contrario, todo es deliberado. Y que Soberbergh ha querido hacer un homenaje a las películas casi incomprensibles mientras se ven e imposibles de contarse a quien después nos pregunte de qué tratan; pero que nos hipnotizan por su glamour, su perfección formal, sus intérpretes o sus trucos. El tipo de obra que en su cumbre representa El sueño eterno y en sus formas más modestas algunos policíacos y películas de espías de los años 60 y 70. A estos últimos modelos, hasta en su configuración formal, desde la luz al vestuario, desde el atrezzo a los tipos, se refiere ¡El soplón!. No es la enrevesada trama, ni los juegos de ocultamiento, ni lo que haga o deje de hacer el protagonista lo que nos interesa; sino lo que vemos, hipnotizados por un brillo formal que nos hace seguir con interés lo que no comprendemos del todo ni, mediada la película, tan siquiera nos interesa. No son los diálogos como forma de transmitir información o de expresar ideas y sentimientos lo que nos atrapa, sino la pirotecnia verbal de nombres, réplicas y contrarréplicas a la que asistimos con la fascinación con que veíamos apretar botones y encenderse lucecitas en las máquinas de las películas de agentes secretos de los años 60. La aventura del ejecutivo que labra su ruina jugando con todas las cartas de varias barajas a la vez fascina sin que nunca lleguemos a saber por qué hace lo que hace; o hasta qué hace. Juegos de manos, sí. Pero efectuados con un brillante ingenio.

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