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Reivindicación de Robert Rossen

  • José Antonio Jiménez de las Heras publica una estupenda monografía dedicada a un cineasta norteamericano al que la crítica no acaba de hacer justicia a sus grandes obras

El denso silencio que cubre la obra del Robert Rossen es, como todo silencio, sospechoso y no puede achacarse exclusivamente a la secular tortícolis que aqueja a buena parte de la cinefilia, incapaz de mirar atrás con o sin ira. Este silencio es herencia del ostracismo al que condenaron a Rossen en su día por un acto tan vergonzoso como el de su colaboración con el Comité de Actividades Antiamericanas. Su delación de compañeros de partido y su condena a la hoguera en aquella caza de brujas fue una indecencia, y Rossen nunca pretendió justificarla. Tampoco necesitó a nadie que se lo echara en cara; lo hizo él continuamente según demuestra su filmografía posterior. Este triste episodio "lo convirtió -escribe José Antonio Jiménez de las Heras- en un ser humano torturado y complejo que supo obtener de esas traumáticas experiencias la materia prima para su obra posterior, haciendo de él un cineasta superlativo al precio de convertirle en un hombre incompleto y doliente".

Rossen empezó profesionalmente como dramaturgo. Su carrera teatral, no obstante, no pudo ser más breve. En 1935 estrenó en Nueva York, su ciudad natal, una primera obra sobre la persecución judía en la Alemania nazi -tema candente entonces- que llamó la atención del cineasta Mervyn LeRoy y, al año siguiente, ya estaba instalado en la soleada California con un sustancioso contrato con la Warner Bros. De este tiempo son sus libretos para Los violentos años 20 (1939) de Raoul Walsh, El lobo de mar (1941) de Michael Curtiz o Al filo de la oscuridad (1943) de Lewis Milestone. En estas historias ya se plantean los temas que luego retomará como director: el poder (político, económico) y las perversas relaciones que establece entre quienes lo detentan y quienes lo sufren, la denuncia de toda forma de opresión (profesional, individual) o la búsqueda obsesiva del éxito sacralizada por el american way of life, todo ello entretejido en unas tramas que concilian ejemplarmente el drama humano, la reflexión crítica y el compromiso ético. Este compromiso lo llevó a militar en el Partido Comunista entre 1937 y 1947, una experiencia que le saldría cara a la vuelta de unos pocos años.

A mediados de los 40 decidió dar el salto a la dirección: "Rossen tenía claro que el período como guionista a sueldo de un estudio se estaba acabando, dado que sus ambiciones creativas apuntaban ya a la que va ser la principal obsesión y lucha de su vida profesional: conquistar la independencia y el total control creativo de sus películas, para así poder crear una obra, y un discurso, por completo personales". Unas ambiciones no desmedidas, empero irrealizables, o casi, en un contexto como el de los grandes estudios, capaces de lo mejor y de lo peor por aquel entonces. Estas dificultades no le impidieron apuntarse sendos tantos con su segundo y tercer largometrajes: Cuerpo y alma (1947) y El político (1949); el uno, un relato ambientado en el mundo del boxeo impregnado por lo efluvios del cine negro; el otro, una impresionante disección de los entresijos de la política norteamericana a través del ascenso de un obscuro líder preocupado exclusivamente, así dice él, por el bien de la comunidad. ¿Les suena? Por desgracia, las piezas se estaban disponiendo en el tablero en contra de estos legítimos deseos de expresión.

El llamado Comité de Actividades Antiamericanas, creado en 1938 a modo de dique contra las propuestas izquierdistas del presidente Roosevelt, se reactivó en 1947 al calor de la Guerra Fría, sentó sus reales en Hollywood y emprendió una depuración digna de cualquier régimen totalitario. El objetivo era "la desarticulación ideológica del cine estadounidense", escribe Jiménez de las Heras; para ello, el Comité "atacó la columna central que había vertebrado los contenidos sociales en las películas norteamericanas en la década de los treinta y cuarenta: el Screen Writers Guild (el sindicato de guionistas)". Temerosa de las consecuencias que le acarrearía una oposición al Comité, la industria colaboró y exigió la colaboración del personal en nómina. No obstante, un grupo de profesionales -entre ellos, Rossen- no quiso transigir y pasaron a formar un grupo de "testigos inamistosos". A partir de 1951, con el estallido de la Guerra de Corea, el Comité recrudeció sus actividades. Rossen declaró ese año, limitándose a renegar del comunismo. Hollywood le dio la espalda y ante la imposibilidad de hallar trabajo o de salir del país -Jiménez de las Heras sugiere que probablemente le negaran el visado-, el cineasta solicitó una segunda comparecencia en la que accedió a dar los nombres de medio centenar de compañeros de partido. Este acto hipotecaría su futuro, su vida, su obra.

Rossen se autoexilió en Europa durante unos años. En Italia rodaría un apreciable melodrama al servicio de Silvana Mangano, Mambo (1955), en el apogeo de su carrera. En España rodó Alejandro Magno (1956), una irregular, aunque por momentos notable, crónica de cómo el poder absoluto aniquila al individuo. En las Antillas se ocupó de Una isla al sol (1957), un melodrama sobre la cuestión racial. Trabajos interesantes, no redondos, que no hacían presagiar la extraordinaria estación creativa que Rossen emprendería a su vuelta a Estados Unidos. En primer lugar, Rossen subvirtió el género americano por antonomasia, el western, en Llegaron a Cordura (1959), que no lo dejó satisfecho, pero que a mí me parece un film a reivindicar: sus últimos quince minutos son magistrales. Nada en comparación con la sobrecogedora intensidad de sus dos últimas películas: El buscavidas (1961) y Lilith (1964); la una, una amarga reflexión ética en torno al mundo del billar; la otra, una obra enigmática, altamente simbólica, radicalmente poética, difícilmente clasificable, en torno a las zonas obscuras de la psique y el deseo humano y la fragilidad de las barreras que los contienen.

El ensayo de José Antonio Jiménez de las Heras, encomiable por diversos motivos, ilumina la obra de un cineasta que no se merece el silencio, el olvido que pesa sobre él, y lo hace con un rigor y un apasionamiento contagioso. No quiero que suene a eslogan publicitario estas últimas palabras, pero estamos hablando de un libro que no debería faltar en la biblioteca de ningún cinéfilo.

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