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Ritual 'country', interpretación monumental

Drama, 2009, EEUU. 112 min. Dirección: Scott Cooper. Guión: Scott Cooper sobre la novela de Thomas Cobb. Intérpretes: Jeff Bridges, Maggie Gyllenhaal, Robert Duvall, Colin Farrell, Sarah Jane Morris. Música: T-Bone Burnett. Fotografía: Barry Markowitz. Cines: Kinépolis, Multicines Centro.

Al igual que los antiguos estudios inventaban biografías de las estrellas para embellecerlas y hacerlas más atractivas, la crítica retoca a veces el perfil de algunos actores para ennegrecerlas y hacerlas más atrayentes para quienes consideran distinguido lo maldito y se arrogan el mérito de valorar lo que la mayoría o la industria infravaloran. Este es el caso de Jeff Bridges: miembro de una distinguida familia de actores (hijo de Lloyd Bridges, uno de los mejores y más prolíficos actores de carácter de Hollywood, y hermano del también actor Beau Bridges, de menor fama pero que tuvo su momento de gloria con Norma Rae y actuando junto a Jeff en Los fabulosos Baker Boys); nominado al Oscar con 22 y 24 años (The Last Picture Show y Un botín de 500.000 dólares) y posteriormente por Starman y Candidata al poder; intérprete de una importante filmografía en la que hay fracasos sin gloria (King Kong) y con gloria (Las puertas del cielo), películas justamente olvidadas, notables (Tron, Stargate), importantes (El rey pescador, El gran Lebowski) e inolvidables (Fat City, Tucker); candidato esta noche al Oscar por esta Crazy Heart que ya le ha valido un Globo de Oro. Es cierto que tiene un perfil poco convencional y que ha llevado su carrera como le ha dado la gana o las no fáciles condiciones del nuevo Hollywood le han permitido hacerlo. Pero considerar maldito a un actor nominado cuatro veces por la Academia, inscrito en la historia del cine por su participación en grandísimas películas y dirigido por Bogdanovich, Huston, Cimino o Coppola es exagerar las cosas.

Creo que hay unanimidad en que se merece que el personaje roto de un cantante country que interpreta en Crazy Heart le dé por fin el Oscar. El debutante Scott Cooper -actor convertido en realizador- le ha servido el soporte de un guión sencillo que suena a historia mil veces contada y el marco de una soberbia recreación visual del Oeste americano en la que la sordidez de los garitos y moteles choca con la grandeza de un paisaje épico asombrosamente fotografiado por Barry Markowitz. Se le ha reprochado a la película su convencional argumento, pero encuentro en ello la virtud de la representación ritual. Se le ha reprochado su deriva moderadamente optimista y su sentimentalismo, pero reconozco en ello esa extraña confrontación entre lo reciamente duro y lo exageradamente sentimental que se trenzan en la música country. Una confrontación que la película visualiza en la mencionada oposición entre la grandeza de los grandes espacios y la sordidez de los locales entre los que discurre la vida del protagonista. Este es el héroe country real (véanse las biografías de Patsy Cline o Johnny Cash) o inventado (recuerden las estupendas Tender Mercies de Beresford y sobre todo El aventurero de medianoche de Eastwood) que ha ahogado en alcohol su vida y su talento, pero al que la vida y la música -por su buen fondo y su talento- pueden ofrecer oportunidades de redención.

He hablado de soporte argumental sencillo y marco visual soberbio para Jeff Bridges, y él es sin duda quien hace a esta película extraordinaria y la hará inolvidable. Bridges acepta el reto de un personaje convencional (¿no era, en el fondo, ya un juego con las convenciones trágicas y tristes del medio Oeste su The Last Picture Show?) para desplegar un espectáculo interpretativo asombroso por su caminar por el filo de la navaja de la contención y el exceso, por su forma de combinar gesto, mirada y dicción llevando al límite los recursos interpretativos sin incurrir nunca en superficiales alardes. Y además -músico aficionado que es- canta con buena voz y hondo sentimiento maravillosas canciones country. Le deseamos suerte.

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