Crítica de Cine

Tarde (lluviosa) de perros

cien años de perdón

Thriller, Esp-Arg-Fra, 2016, 96 min. Dirección: Daniel Calparsoro. Guión: Jorge Guerricaechevarría. Fotografía: José Inchaústegui. Música: Amy Marie Beauchamp. Intérpretes: Luis Tosar, Rodrigo de la Serna, Raúl Arévalo, José Coronado, Patricia Vico, Joaquín Furriel, Marian Álvarez, Luciano Cáceres. Cines: Kinépolis, Serrallo Plaza, Alhsur, Cinema 2000.

Cien años de perdón quiere jugar en esa nueva primera división de nuestro cine industrial capaz de integrar el molde del cine de género y los apuntes de crítica social en un envoltorio costeado, vistoso y virtuoso al más puro estilo de los productos despachados en las oficinas de las televisiones privadas.

Como ocurría en la reciente El desconocido, también protagonizada por Luis Tosar y con un mismo tratamiento fotográfico metálico y frío, la cinta que dirige Daniel Calparsoro, autor definitivamente reconvertido en artesano aplicado (Guerreros, Invasor, Combustión), pretende conjugar el cine de robos y secuestros (de Tarde de perros a Plan oculto) con la más pestilente actualidad nacional, marcada por la crisis (tocada de refilón) y la corrupción política, aunque, eso sí, sin señalar nombres, apellidos o partidos más allá del evidente trasunto del caldeado escenario valenciano.

Con todo, ese dardo se nos antoja más calmante que verdaderamente letal. Lo importante aquí, no lo duden, es convertir una vez más a los atracadores, una banda desigual formada por uruguayos, argentinos y un gallego, en los héroes robinhoodescos de una función de acción continua impulsada por un ritmo constante que no sabe de obstáculos de verosimilitud en un recorrido de quiebros y requiebros, triles y retriles. Poco importa, o eso parece, que la caricatura o el exceso asomen por momentos, que las cosas se expliquen más de la cuenta, que aflore sin disimulo una poco edificante misoginia para estimular bajos instintos, o que la dispersión de tramas y personajes externos acabe por añadir confusión a lo que, en realidad, era bien simple: trincar la pasta y salir corriendo. No es una película de Urbizu, vale, pero el camino y el resultado tampoco son desdeñables.

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