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Del arte de sacar la lengua

Les voy a contar una historia tal como si en los últimos años ustedes hubieran vivido en otro planeta u otra dimensión o sencillamente extasiados en la, sin duda apasionante, contemplación de la redondez de sus respectivos ombligos o fotografiándose los pies, tema singular donde los haya, para colgar las fotos en Facebook. Vamos, situénse, estamos a finales de 2008. Aquel año Occidente sufrió el terremoto de una crisis financiera cuyo epicentro podríamos situar en Wall Street y que llegó a Europa en forma de tsunami devastador. A día de hoy, las víctimas del desastre se cuentan por miles. Los mercados, en su ansia especulativa, habían avalado y comercializado unas hipotecas llamadas "basura" sin importarles que, haciendo así, se estaban poniendo la soga al cuello ellos solitos y colocándosela a miles de ciudadanos. La administración de Barack Obama acudió al rescate, para estupor de muchos, con una considerable inyección de dinero público en la banca privada.

Para que me entiendan: es como si en un pueblo de ateos hubieran convocado a todos a la fuerza para arreglar el tejado de la iglesia local; lo que, bien mirado, no estaría mal. Lo que ocurre es que, luego, esa iglesia negó cobijo (no las hostias) a quienes evitaron el derrumbe.

En España, las cosas fueron igual de mal (o peor) e igual de paradójicas (o grotescas), alegrando el bodegón con unas lonchas de tocino rancio y una botella de vino peleón, marca de la casa. En los últimos tiempos, la cutrez nacional ha puesto el listón a unas alturas difícilmente superables y hemos tenido que escuchar invitaciones a la austeridad por parte de personas con sueldos de seis cifras, hemos tenido que aguantar el sarcasmo de políticos que veían materializarse coches de alta gama en sus garajes y luego juraban por Dios y por la Virgen que no sabían de dónde habían salido, hemos tenido que tragarnos el marrón de ver descubiertos vergonzosos casos de corrupción que pasarán a mejor vida sin que El Peso De La Ley caiga sobre ellos. En consecuencia, en vista de que todo empezaba a desmoronarse alrededor -digamos, en vista de que todo empezaba a irse a hacer puñetas-, le gente se echó a la calle a gritar su rabia, que luego han llamado indignación, inspirados por el título de un opúsculo de Stéphane Hessel, que cundió hace unos años.

En mayo de 2011, en la Puerta de Sol de Madrid, la ciudadanía se reunió a la sombra del eslogan "No nos representan", junto a otros muchos, muy felices; el ciudadano puede perder libertades, no el buen humor. Hubo de todo, desde el requiebro cervantino (No hay pan para tanto chorizo) hasta el dilema quevedesco (No podemos apretarnos el cinturón y bajarnos los pantalones al mismo tiempo), desde la amenaza existencialista (Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir) hasta el adagio cartesiano (Pienso, luego estorbo). No obstante, los ánimos mejor dispuestos lo tienen crudo cuando han de vérselas con el mulo terco de la indiferencia o el desprecio de los que están arriba. En julio de 2012, en el Congreso de los Diputados, la casquivana Andrea Fabra, hija de su padre, jaleó con un escueto "¡Qué se jodan!" el anuncio del recorte de las prestaciones por desempleo proclamado por el presidente del gobierno, el ínclito Don Mariano Rajoy. Cosas así le borran a uno la sonrisa de un plumazo.

Quien parece incapaz de perder la sonrisa, aunque alguna vez se le haya torcido, es Manel Fontdevila, un señor de Manresa que ha hecho del humorismo gráfico un oficio y una actitud ante la vida. Fontdevila, que ya a los dieciséis años publicaba un chiste diario en un periódico local, estudió Bellas Artes en Barcelona a la vez que se curtía en revistas de tan grata memoria como El Víbora, Makoki o Tótem. En 1995 pasó a formar parte de El Jueves -ya saben "La revista que sale los miércoles"-, la cual dirigió entre los años 2000 y 2004. Fontedevila vive de de sacarle la lengua al respetable desde hace décadas, lo que le ha costado algún que otro disgusto: en julio de 2007, el número 1573 de El Jueves, que lucía en su portada una caricatura de los Príncipes de Asturias en postura comprometida, fue secuestrado por orden de la Audiencia Nacional, y Guillermo Torres (dibujante) y Fontdevila (guionista) fueron condenados a pagar tres mil euros de multa por el delito de injurias a la Casa Real (que escribiré en mayúscula, vayamos a leches).

En los últimos años, Manel Fontevila ha publicado varias recopilaciones de sus viñetas: ¡La crisis está siendo un éxito! (2011), ¡Esto es importantísimo! (2012) y Profundamente anticlerical (2012), todas en el sello Astiberri, y ahora ha pergeñado un gratificante volumen, No os indignéis tanto, en donde nos habla de todo lo anterior, de la crisis económica y política, de los movimientos ciudadanos, del estímulo de una labor crítica, sostenida, sostenible, realizada con conocimiento de causa, que no se quede en los simples eslóganes ni en un simple artículo de periódico como éste, que mañana sólo servirá para envolver un quilo de tomates o uno de pimientos. Manel Fontdevila nos revela cómo convertir eso de sacar la lengua en un arte. Lean sus obras; les alegrarán el día.

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