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Del campo a la ciudad

  • Errata Naturae continúa difundiendo la excelente obra de la irlandesa Edna O'Brien con la publicación de 'Chica de campo', unas memorias que dan cuenta de una vida audaz y tumultuosa

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Del campo a la ciudad

Aunque ya en los primeros años 70 se tradujo alguna de sus novelas y a lo largo de las últimas décadas otros libros suyos se han editado en España, parece que sólo cuando la editorial Errata Naturae ha apostado fuerte por Edna O'Brien (Tuamgraney, Irlanda, 1930) esta excelente escritora ha encontrado por fin su sitio entre los lectores en nuestro idioma. A las cuidadas tiradas de su trilogía de las chicas y un par de novelas más viene a sumarse ahora esta traducción de sus memorias, Chica de campo, un libro muy bellamente editado (conviene resaltarlo en esta época con tan horrendas publicaciones que no valen lo que cuestan).

La ya larga vida de Edna O'Brien es una de las muestras más palmarias de cómo ha cambiado la circunstancia de la mujer en Occidente en la segunda mitad del siglo XX, gracias, muy primordialmente, a la actitud rebelde de mujeres como ella. Nacida en el medio rural de la muy católica Irlanda, su vida parecía destinada al cuidado del marido y los hijos, al mantenimiento de esa tradición que tan bien ha reflejado en alguna de sus novelas Colm Tóibín, pero el ansia por escapar de ese coto cerrado y el deseo de cumplir con su vocación la llevó a estudiar, en un internado de monjas que veían con malos ojos su desparpajo, y luego a buscarse la vida como manceba de farmacia en la ciudad, lejos del campo. De sus primeros años en este ámbito rural cuenta poco, quizá porque en parte ya lo noveló en su primer libro, Las chicas del campo, que reflejaba el espíritu indomable de una joven que escandalizó a la pacata Irlanda y llegó a estar prohibido (aunque hubo un sacerdote que la defendió a capa y espada, Connelly).

El éxito de esta primera obra afianzó su vocación, pero contribuyó a acabar con su matrimonio. Los pasajes menos gratos del libro son aquellos en los que cuenta su fracaso matrimonial y la violencia a la que su marido la sometió. Se casó ya embarazada (con lo que eso suponía en los años 50, aun en la presuntamente avanzada Londres, que no lo era tanto) y su marido no soportó su triunfo como escritora, lo que envenenó la relación. La disputa por la custodia de los dos niños habidos llegó hasta el juzgado y estuvo llena de episodios ingratos, que O'Brien cuenta sin recrearse.

La parte más divertida del libro, quizá la más atractiva para toda clase de lector, es aquella en la que cuenta sus relaciones con el mundo del cine, la farándula y eso ahora llamado famoseo. Sus primeras novelas fueron rápidamente llevadas al cine, lo que la puso en contacto con este mundo (llegó a hacer adaptaciones de libros propios y ajenos). De ahí las fiestas que dio en su casa londinense en los swinging sixties y por las que pasaron Roger Vadim y Jane Fonda, Marianne Faithfull, los Beatles, etcétera. Tres anécdotas: su aventura de una noche con un Robert Mitchum arrebatador; el día en que McCartney la acompañó a su casa e improvisó una canción ante sus pequeños hijos semidormidos; y la visita de un Richard Burton que recita a Shakespeare como nadie y que le pide subir a la alcoba, cosa a la que ella no accede, porque dice que nunca ha sabido ser amante de sus amigos ni amiga de sus amantes.

Su relación con los Estados Unidos ocupa más de un capítulo, especialmente sus estancias en Nueva York, que reflejan lo bien que se integró en esa metrópoli. En ella intima con Jackie Kennedy Onassis, quien la tenía por una de sus mejores amigas. El perfil breve que le traza es magnífico, muestra de la agudeza de O'Brien, algo que también sucede con algunos de los personajes que pasan por este libro, como Samuel Beckett, Norman Mailer o Marguerite Duras. Precisamente Mailer le dijo en una velada que quizá su defecto "es que era demasiado íntima", cosa que tal vez sea cierto en el resto de su obra pero no aquí. Si algo se echa de menos en estas memorias es algo más de intimidad. La hay cuando cuenta sobre su relación con sus hijos pequeños, o sus desavenencias con los padres, o cuando narra la vez en que estuvo a punto de tomarse un puñado de pastillas en Sidney y terminar con todo, pero se acaba el libro con la rara sensación de que ha pasado de puntillas por su vida amorosa, por su hábitos de escritura, por su quehacer rutinario. La rutina quizá sea el porcentaje mayor de cualquier vida, y de esa rutina, que, ya se sabe, es menos atractiva que una visita de Richard Burton, aquí se habla poco: no sabemos cuándo escribe, cómo lo hace (sólo habla de cómo escribió una de sus novelas), qué hace cuando no escribe. Quizá sea algo premeditado y la escritora quiera que esa intimidad última no quede apresada en el libro. Quizá, como Rafael el Gallo cuando salía a la plaza de toros, se ponga a escribir para "decir su misterio" pero no por ello revelarlo. Queda levemente apuntado y tal vez ése sea el encanto final que vuelve aún más atractiva a esta gran escritora.

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