Crítica de Cine

Dos en la carretera

Fernando Ramallo y Lucía Jiménez en un fotograma de la nueva película. Fernando Ramallo y Lucía Jiménez en un fotograma de la nueva película.

Fernando Ramallo y Lucía Jiménez en un fotograma de la nueva película. / g.h.

David Trueba repite género tras Vivir es fácil con los ojos cerrados y lo hace para echar la vista atrás en esta película de carretera y motel protagonizada por aquellos dos mismos actores con los que debutara en el largometraje (La buena vida) allá por 1996.

Casi cuarenta asume su modo íntimo, sus elementos mínimos y su aire melancólico y nostálgico por los tiempos analógicos y los valores humanísticos perdidos en una estructura tan sencilla como transparente: dos viejos amantes juveniles (Ramallo y Jiménez) se reencuentran veinte años después para emprender una pequeña gira por la España interior de provincias en la que ella cantará sus canciones en librerías y centros culturales mientras él organiza los detalles y la intendencia de los bolos.

El filme se articula así como una sucesión de conversaciones y actuaciones musicales que se hacen eco del paso del tiempo, los cambios y los momentos vividos, como una suerte de reflexión autobiográfica a dos voces a través de la cual Trueba parece querer verbalizar sus propias ideas sobre la nostalgia del pasado, la vida artística (incluida la relación con la crítica o con la precariedad de los tiempos) y los rescoldos de una cierta mirada romántica al mundo que sigue bebiendo del espíritu más luminoso de la nouvelle vague que albergara aquel primer filme.

El amor a los libros, a las canciones, a la cultura, el amor al amor, en definitiva, se organizan aquí desde la palabra, los gestos y las miradas, especialmente las que Ramallo lanza a Jiménez en cada actuación, donde cristaliza el primer enamoramiento ahora convertido en otra cosa. Sin apenas más personajes para el desahogo (un camarero, una torpe periodista local algo caricaturizada), Casi 40 puede recordarnos a Dos en la carretera, a la trilogía de Linklater, al The Trip de Winterbottom, y también al espíritu naturalista y romántico del cine del menor de los Trueba, Jonás, quien tal vez hubiera pulido ciertos excesos literarios y cierta tendencia a lo explícito que su tío sigue rodando con demasiada confianza en el texto escrito y en sus intérpretes-cómplices.

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