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Las cartas de Valera

  • Las misivas de los últimos años del escritor con intelectuales de la época revelan sus envidias literarias y cuitas económicas

Las cartas de Juan Valera, autor de la popular novela Pepita Jiménez (1873), escritas en los últimos cinco años de vida dan cuenta de la gran actividad intelectual que el escritor, académico y diplomático cordobés (Cabra 1824-Madrid, 1905) desempeñó hasta el último momento, con corresponsales como Menéndez Pelayo, Muñoz y Pabón, Rodríguez Marín y Ortega y Munilla.

Estas misivas de entre 1900 y 1905 han sido publicadas en el séptimo tomo de su Correspondencia (Castalia) que, en esta reciente edición, suman un total de 3.698 cartas ordenadas cronológicamente en estos siete volúmenes.

Pese al gran reconocimiento de que gozó Valera en sus años finales, el motivo de su actividad, como le confiesa en una carta a su amigo José Alcalá-Galiano, es económico: "Ojalá que pudiera yo enjaretar un par de artículos cada semana, los miserables ochavos que cobro por ellos y que me hacen grandísima falta".

"Ni mi mujer ni mi hija despuntan por sus talentos económicos. Mi sueldo de jubilado es además mezquino, no llega con el descuento a 8.000 pesetas anuales", añade en la misma carta, en la que también se queja de los impuestos que, en el año 1900, paga para sostener "un ejército y una armada que tan brillantemente han demostrado su incapacidad". En otra carta a su amigo Mariano Pardo Figueroa, polifacético erudito más conocido por su sobrenombre de Doctor Thebussem, deja claro también sus gustos literarios: "Pero aún suponiendo que Pereda y Pérez Galdos sean genios, no sé por qué he de tener yo la obligación de catar sus alabanzas. Ni siquiera la tengo por gratitud, pues no sé que ellos me hayan jamás alabado".

En misiva a Antonio Zayas confiesa haber estado "apuradísimo" escribiendo un discurso sobre Núñez de Arce para la Academia, un encargo en el que confiesa "era menester elogiar mucho a don Gaspar y dejar entrever que, en todo lo que toca a sus dudas desesperadas y sus filosofías, hay algo de nebuloso y de vago, como le acontece al que oye campanas y no sabe dónde".

De la crítica de Valera no se libran ni sus amigos y, en carta al Doctor Thebussem, dice: "He tenido la paciencia de leer casi todo el libro sobre Luis Barahona de Soto escrito por don Francisco Rodríguez Marín. El tal libro está castiza y primorosamente escrito, pero su erudición es tan pasmosa como sobrada. Aquello sí que es averiguar el huevo y quién lo puso". Y prosigue: "No hay personaje con quien trató o pudo tratar Barahona que no tenga en el libro su correspondiente biografía y, tal vez, la de todos sus parientes, allegados y conocidos. Si Barahona, en vez de vivir solo 49 años, hubiera vivido cerca de 80, como yo, la vida de él que hubiera compuesto el doctor sevillano hubiera contenido más renglones y más páginas que cuantas son todas las historias reunidas de los griegos y latinos", añade.

En este VII tomo de la Correspondencia se da cuenta de su labor en el Centenario del Quijote, hay alusiones a las obras que finalmente dejaría inacabadas, a la boda de su hijo Luis con una nieta del Duque de Rivas y a su ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas, en el sillón que ocupó Cánovas.

El aumento de su ceguera y los problemas reumáticos y digestivos que le impedían salir de casa no le hacían perder su gusto por la mujer, a juzgar por la descripción que en 1904 hace de una amiga: "Está maravillosamente lozana, sin que pasen años por ella, tersa, jugosa, con color de leche y fresas en las mejillas, con cabellera de oro".

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