Literatura

El centenario de una obra maestra

  • ‘Granada’, de Gregorio Martínez Sierra, es más que una guía de viajes una experiencia fascinante que estimula a descubrir la vida en su plenitud a partir de la contemplación turística

El centenario de una obra maestra El centenario de una obra maestra

El centenario de una obra maestra

Hay efemérides que no son una rutina celebrarlas. Dentro del corpus literario en lengua española existen tesoros que duermen en el pasado. Granada, del novelista y dramaturgo Gregorio Martínez Sierra (Madrid, 1881-1947), es en palabras del autor una guía emocional que cumple cien años. Urge conocer una obra tan amplia y enjundiosa cuyas palabras no sólo están escritas; sino que suenan, brillan y huelen.

   Sabe el madrileño cautivar la lectura con ricas dimensiones pues el lector queda arrebatado por un torrente lírico o una inquietud desgarradora. Lejos de cualquier pretensión estética, Granada es toda una experiencia fascinante que estimula a descubrir el sentido de la vida en su plenitud a partir de la contemplación turística. La naturaleza, el mundo, la Historia, el arte y la trascendencia son temas abordados suculentamente; su trama nos conduce a jardines poéticos y océanos filosóficos. A priori sus títulos instan a la lectura: El corazón que duerme bajo el agua, La flor de la maravilla, El supremo sentido del ocio, exquisitas ensoñaciones del viajero que se pasea por el Generalife, el Patio de los Arrayanes, el Barrio gitano o la Capilla real.

La naturaleza, el mundo, la Historia, el arte o la trascendencia son los temas tratados

   Centrémonos en poderosas imágenes. El agua de las fuentes tiene una voz liberadora cual secreta historia de amor; el incesante movimiento del agua evoca al ser en su eterna búsqueda. Los surtidores del patio de la acequia suscitan los encantos mejor guardados del viajero, quien eleva su alma ante el agua que no deja de brotar. Dice: "Aquí hay que callar: todos son prodigios en este pedazo de tierra que está fuera del mundo". Ingeniosa la alusión al Sol, tan bienhechor que su rayos acarician las heladas manos del andariego. Identifica una cumbre con los ojos de la amada; concretamente juega con los colores azul, rosa, coral y violeta. La flor tiene descripciones inusitadas abriendo nuestros poros a todas las fragancias; dice el escritor que es fácil enloquecer con el olor de una rosa, descrita en todos sus colores (para morir cantando, escribe). Distingue al ciprés, silente voceador de las Alturas, del sauce, rebelde y puerilmente alborotador.

   Aborda también aspectos de la condición humana, desvirtuada en aparatosos compromisos sociales que se oponen a la felicidad; leemos: "Duele al alma pensar que esta poca riqueza que poseemos nos ha robado tanto de nuestra humanidad que por lograrla hemos dado lo mejor de la vida .¡Es para llorar lágrimas de sangre!" Toca además la Historia trascendiendo los imperativos de patria; la humildad de un individuo cala más que una rimbombante conquista: "Las gentes laboriosas y humildes piden un poco de oscuridad para ir viviendo: todas las casas pobres tienen pocas ventanas; y cuando un hecho de resonancia histórica levanta los tejados de estas vidas-colmenas, ellos desaparecen rápidamente de la crónica escrita para seguir viviendo y haciendo vivir".

Hay discursos que exalan un feminismo ontológico inimaginado en los partidos actuales

   Echa mano el escritor de una visión penetrante que nos desborda al trascender todos los convencionalismos: "¿Habéis oído hablar de piedras que cantan al Sol? La sangre va deprisa y la sensación de realidad ha desaparecido de todo el cuerpo. Cerramos las manos y creemos sentirlas hechas aire, todo el cuerpo es corazón rebosante que va a perderse en el gran corazón, que es todo el universo. Asimismo se detiene en que el hombre no necesita opiáceos ni fármacos; sino todo el potencial de su interior: No has fumado opio ni veneno; sino luz natural y Sol de mañana. El alma irá a penetrar misterios que solamente lo eran para su encerramiento".

   Resaltamos los capítulos La flor de la maravilla, un magistral diálogo entre dos jovencitas acerca de la dignidad de la mujer al hilo de la Historia de España; discurso que exalta un feminismo ontológico inimaginado entre los partidos políticos actuales. La Virgen de las Angustias habla de una devoción íntima con que el dolor puede transfigurarse en gozo. Y A la sombra del cielo nos arrebata con su misticismo; aquí Martínez Sierra transita apasionantemente por los símbolos cristianos y cincela una prosa poética apta para leer en una ceremonia religiosa: "El vaso de agua que hay en mí es como un alma fiel que en la quibla del templo está absorta en su Dios".

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios