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La ciudad sí es para mí

  • En 1970 Woody Allen escribió la primera versión de este guión.

Comedia, EEUU, 2009, 92 minutos. Director: Woody Allen. Intérpretes: Larry David, Evan Rachel Wood, Patricia Clarkson, Ed Begley Jr. Guión: Woody Allen. Fotografía: Harris Savides. Cines: Cinema 2000, Kinépolis.

Cuando en 1970 Woody Allen escribió la primera versión de este guión acababa de firmar su primer contrato con United Artist gracias al éxito de sus apariciones cómicas en clubs y programas de televisión; al moderado pero prometedor éxito cinematográfico de su guión para ¿Qué tal gatita? (1965) y sus apariciones en dicha película y en Casino Royale (1968); y de primer filme escrito, dirigido e interpretado por él (Toma el dinero y corre, 1969). Todavía no había estallado el popular cómico (pero tosco realizador) de Bananas (1971) o El dormilón (1973); ni mucho menos el maestro de la comedia sentimental de Annie Hall (1977) y Manhattan (1979), las películas que le consagraron -junto a Coppola, Spielberg o Scorsese- como uno de los maestros del cine americano de los 70. Allen reescribió este guión en 1977 para que lo interpretara Zero Mostel, con quien había coincidido en el rodaje de La tapadera un año antes; pero el súbito fallecimiento del actor le hizo renunciar al proyecto.

Si se tiene en cuenta que Mostel era uno de los grandes cómicos judíos que habían tendido un puente entre el humor tradicional del teatro yiddish y el humor moderno (con éxitos consecutivos en Broadway en la moderna Golfus de Roma y la tradicional El violinista en el tejado); y que Woody Allen escribió la segunda versión de Si la cosa funciona para él y la primera en los años de su debut cinematográfico, se comprende que el guión se retrotraiga a la primera, más divertida y también más elementalmente caricaturesca faceta del realizador. Es cierto que los más de treinta años transcurridos hasta la exhumación del guión le han dado los toques de melancólica elegancia que caracterizan al Allen maduro; pero puede más la catarata de chistes, el juego con las paradojas, las situaciones disparatadas y los personajes simplificados como caricaturas. Esto, que son sus virtudes mayores, se le ha reprochado; no sabiendo ver que se trata de teatro costumbrista que juega con tópicos arraigados.

Lo que en España sería un sainete, un astracán a lo Muñoz Seca o hasta una comedia de Paco Martínez Soria con un toque neoyorquino. Porque hay que insistir que este es el Woody Allen más próximo al humor del teatro yiddish, de los clubs nocturnos y de los monologuistas que se ha visto en muchos años. De hecho su nueva película arranca con un monólogo del protagonista dirigiéndose al público como si se encontrara en el escenario de un club. Y prosigue con el divertidísimo desarrollo de un enfrentamiento típico-costumbrista que juega con el Pigmalión de Bernard Shaw o el My Fair Lady de Lerner & Loewe en clave alleniana: Henry Higgins es aquí un viejo intelectual judío neoyorquino misántropo e hipocondríaco y Eliza Doolittle encarna a una bella, bondadosa y tonta joven sureña que ha huido de su casa para buscar aventuras en la gran ciudad.

Si la cosa funciona propone alocados personajes secundarios y sorprende con apariciones que provocan situaciones disparatadas siguiendo la tradición del teatro popular costumbrista. La ciudad sí es para mí podría llamarse esta comedia deliciosamente convencional de intelectuales neoyorquinos y paletos del sur.

Para interpretarse a sí mismo Woody Allen ha escogido en esta ocasión al cómico Larry David, del mismo barrio y la misma procedencia cultural y profesional que él, en parte para enmascararse y en parte para reencontrar un nuevo Zero Mostel. Porque David ha labrado su fama en los clubs, el Saturday Night Live y las series cómicas como Seinfeld. Su trabajo es perfecto.

Como también lo es (importante verla en versión original por el acento sureño) el de la veinteañera allenianamente bella Evan Rachel Wood. Y como fundamentales son las apariciones de la pareja/despareja cómica formada por Patricia Clarkson y Ed Begley, los paletos puritanos e integristas del profundo sur americano que descubrirán que la ciudad sí es para ellos.

Un magnífico Woody Allen menor. Ahora ultima su bomba londinense interpretada por Naomi Watts, Anthony Hopkins y Antonio Banderas. Y ya prepara su próximo rodaje. Este hombre de 74 años que envejece junto a su público más fiel sigue empeñado en rodar una película al año sin miedo a equivocarse y exponer su firma al fracaso. Hay críticos que no se lo perdonan. Deben compartir la teoría de los gerifaltes estalinistas: los héroes muertos son más cómodos; y si se empeñan en no morirse, se les mata para después celebrarlos sin temor a que disientan. El problema es que Woody Allen -lo ha dicho muchas veces- no se tiene por un maestro ni se deja museificar. Por eso rueda sin miedo a caerse (o a que lo tiren) de un pedestal en el que nunca se ha subido.

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