Crítica Cine

Al cómic lo que es del cómic: guasa 'kitsch', pop, 'glam' y 'heavy'

Cate Blanchett interpreta a Hela, diosa de la muerte en 'Thor: Ragnarok'.

Cate Blanchett interpreta a Hela, diosa de la muerte en 'Thor: Ragnarok'. / d. s.

Los movimientos pendulares en lo que a la cultura se refiere son tan inevitables y caprichosos como irritantes. Hubo un tiempo en que la élite cultural ignoraba la cultura popular de masas y cuando no lo hacía era para despreciarla. Tras ello hubo otro tiempo en el que desde la inteligencia se jaleó lo excelente, bueno, regular o abyecto que la cultura popular de masas producía. Y se reinterpretó en el colorista mundo del Pop Art desde finales de los años 50 -recuerden los trabajos sobre cómics de Rauscheberg, Warhol y Lichtenstein- o se valoró desde la ensayística que Eco llamó "integrada" en su clásico de 1964. En uno y otro caso el juicio crítico se sometía a los prejuicios en contra o a favor de lo que las poderosas industrias culturales fabricaban/creaban para las masas. Recientemente este pendular parece ir perdiendo fuerza y centrarse. Viene esto a cuenta de que un tebeo -llámenle cómic si quieren o incluso novela gráfica si se ponen finos- es un tebeo. Nada más. Y nada menos. Admite la densidad narrativa y la profundidad temática que un tebeo, incluso el mejor y más genial de ellos, admite. Como una canción de Gershwin admite toda la emoción que cabe en tres minutos. Que puede ser toda la que quepa en el alma humana. Ni tebeos ni canciones son inferiores a otras formas de creatividad consideradas superiores. Son otra cosa y deben ser medidas según su propia escala de valores.

Viene todo a cuento de que Thor: Ragnarok tiene el tratamiento cinematográfico que en mi opinión debe tener un tebeo: es espectacular, extravagante y divertida. Nada, afortunadamente, d'e seguir la pedantona moda de añadir densidades, oscuridades y tragedias que no le corresponden. Por eso es la mejor adaptación -primero fue la de Branagh (Thor, 2011) y después la de Taylor (Thor: un mundo oscuro, 2013), ambas mediocres- de este personaje de la omnipresente Marvel por ser la más divertida. Ha sido un acierto encargar su dirección al desahogado pintor, cómico, actor, escritor y director neozelandés Taika Waititi que se dio a conocer internacionalmente con la premiada Boy (2010) y se reafirmó con el original, gamberro y divertido falso documental Lo que hacemos en las sombras (2014, codirigida con Jemaine Clement) sobre la sacrificada vida cotidiana de unos vampiros -caricaturas de los arquetipos clásicos, Nosferatu incluido- que intentan socializarse en el mundo actual. Quien se burló de los vampiros se burla del héroe de Marvel y de su trasfondo mitológico nórdico y germánico que los usos y abusos nazi-wagnerianos hicieron tan grotesco como antipático. Y al hacerlo, hace justicia al material disparatado y caprichoso que tiene entre manos. Dando un sentido autoparódico a los extravagantes y divertidos personajes interpretados por un reparto de lujo -Anthony Hopkins, Cate Blanchet, Jeff Goldblum, Mark Ruffalo, Benedict Cumberbach- con unos Chris Hemsworth y Tom Hiddleston más desinhibidos al frente. Un triunfo del kitsch guasón con ecos pop, glam y heavy.

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