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La danza más probable

  • Abraham Gragera se confirma como voz imprescindible de la poesía española en el presente con su tercer libro, 'O Futuro', un artefacto que devuelve a la escritura su honestidad más desnuda

El escritor Abraham Gragera (Madrid, 1973), durante una lectura. El escritor Abraham Gragera (Madrid, 1973), durante una lectura.

El escritor Abraham Gragera (Madrid, 1973), durante una lectura. / m. g.

El tercer libro de poemas de Abraham Gragera (Madrid, 1973), O Futuro (con su delicioso título que invita a sospechar de intenciones lusófonas o disyuntivas; ambas tesis, al cabo, resultarían acertadas, y sólo por esto quedan evocados los mimbres de Ou o poema contínuo del muy recordado Herberto Helder, una querencia que se confirma ampliamente una vez abierto el libro), establece en gran medida una línea de continuidad con los dos anteriores, Adiós a la época de los grandes caracteres (2005) y El tiempo menos solo (2012), publicados ambos también en Pre-Textos. Lo hace con la suficiente dosis de autonomía como para descartar cualquier presunción trilógica, pero también con coherencia de sobra como para advertir el desarrollo de una misma voz poética en un caudal ramificado. En O Futuro, por una parte, se reafirma Gragera en la idea de que lo verdaderamente importante, lo que merece ser dicho a estas alturas, únicamente puede expresarse en la más elemental y directa de las fórmulas. Olviden, eso sí, todos los lemas favorables a una poesía accesible que pueda entender todo el mundo (qué sabrá nadie sobre lo que somos o no somos capaces de entender) que con tanto éxito acuñó en su momento, y hasta nuestros días, la chispeante escuela de la experiencia: Gragera pide lectores capaces de darse, que no se conformen con lo masticado por otros sino que se atrevan, como el profeta, a morder, tragar y digerir la escritura en pro de una verdadera incorporación. Lo que pasa es que la poesía de Gragera es como el erizo de Henri Michaux: la criatura más humilde en cuanto únicamente puede existir a ras de suelo. También se parece al caracol de Chantal Maillard, que se arrastra igualmente aunque deja tras de sí una baba que cristaliza en su tono plateado al día siguiente, y esta baba es justo lo que el lector encuentra, de forma inesperada, la mañana posterior a la lectura, como una síntesis serena del Eureka de Arquímedes: de esto se trata. Lo encontré. Por otra parte, es O Futuro un libro sobre el tiempo, si bien la premisa de El tiempo menos solo queda bien expandida hasta hacerse, casi, espacio vital, en una transición que abarca la infancia re-cordada (tal que así, reunida la misma cuerda en su estado previo a la extensión, en secciones / episodios como Amor propio y Miedos infantiles), el viaje consecuente del yo al (La encarnadura, Dos espaldas) y el futuro como territorio de necesaria exploración al que ya pertenecemos antes de volver a partir (El silencio después del atentado, Extraño mío).

En lo formal, O Futuro se despliega como un artefacto diverso, en el que conviven la prosa limpia que no renuncia a cualidades narrativas y el verso austero, cómplice del silencio y especialmente brillante en el arte menor. Desde la memoria más íntima ("Si mis canciones son sólo murmullos, es porque tú cantabas así mientras tejías, como acunando a los que no han nacido") hasta la asunción del deseo en las leyes de la madurez ("No vi en tu cuerpo propaganda alguna / del eterno retorno de la eterna juventud"), O Futuro adquiere el fondo de una antropología, la aproximación a una criatura que se prolonga sin remedio en el presente hacia lo que aún ha de venir: no con ansia, ni con temor, sino desde cierta curiosidad estoica que tendría una traducción eficaz en el término hebreo dayenu (que vendría a significar algo así como esto habría bastado). Antes del díptico final, con su carácter elegíaco, la conclusión de Gragera difícilmente podría ser más clara: "Sí. Somos. Existimos. Aunque sea improbable". Y aquí la antropología se torna humanismo: "Gracias a los avances / sin parangón de la tecnología, / pronto comprenderemos / el miedo de Platón a la escritura". El poeta se pregunta por el sentido del futuro en una especie que ha decidido hacer tabula rasa y prescindir de la memoria, pero la sola pregunta apunta a una actitud de resistencia. El futuro implica un tercer viaje, desde el hasta el nosotros: desde la reafirmación de uno mismo en que consiste la entrega sin reservas al ser amado hasta la constancia de que nada humano nos es ajeno. He aquí la antropología: ninguna otra cosa nos define como especie. Gragera ha sabido dejarlo por escrito.

Cabe recordar que Abraham Gragera es también autor de la dramaturgia de las obras de la compañía de danza La Phármaco, que codirige junto a la bailarina y coreógrafa malagueña Luz Arcas. Y corresponde apuntar aquí este particular en la medida en que O Futuro es también una escritura para danza. De hecho, hay trasvases sonoros: La voz de nunca, que fue una adaptación para danza de Esperando a Godot de Samuel Beckett, es aquí un bellísimo poema que actualiza aquella contemplación del abismo con igual humildad ("Teme al silencio, pero cada tarde le pide ser su amigo, y se levanta, mientras los otros duermen, y camina por la penumbra fresca del pasillo hasta llegar al patio, donde espera"). Por todo esto, si hubiera que asentar un precedente a la tradición poética de Abraham Gragera, un servidor pondría sobre la mesa los Salmos y el Cantar de los cantares, independientemente de las referencias bíblicas que, como en El tiempo menos solo, sazonan O Futuro: también aquí se da el verso inclinado a la performance de una voz sola guiada por la música. Una poesía no para contemplar, sino para danzar. Así se construye el mundo.

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