Actual

Entre el desafío y la acrobacia

  • Anagrama reedita dos obras de Georges Perec, singulares como todas las suyas, 'Las cosas' y 'El gabinete de un aficionado', dos ejemplos de un autor con un punto de 'duendecillo travieso'

Las aproximaciones biográficas a Georges Perec (París, 1938-1982) suelen detenerse, y deleitarse, en su talante ecléctico. Además de tocar todos los palos literarios (narrativa, poesía, teatro, ensayo), Perec hizo sus pinitos como guionista y traductor, se especializó en juegos de palabras (anagramas, crucigramas, lipogramas) y cultivó distintas disciplinas cuyo sentido último se me escapa. Cada libro suyo fue un empeño con un punto de desafío y otro de acrobacia, un divertimento en cuyas páginas tiembla la sonrisa del duendecillo travieso y la finura del poeta superdotado, pero también los escamoteos del mago preocupado por deslumbrar al público con proezas sin fin; a modo de ilustración suele mencionarse la novela La disparition (1969) -en español, El secuestro-, que escribió omitiendo sistemáticamente la vocal E, la más frecuente en francés (Para desquitarse, en Les revenentes (1972) utilizaría exclusivamente esa vocal). Asombroso, pues sí, aunque cabe preguntarse si narrativamente son necesarios tales alardes. Anagrama ha reeditado dos obras de Perec, singulares como todas las suyas, Las cosas y El gabinete de un aficionado. Empecemos por la primera.

Las cosas (1965), que tiene el revelador subtítulo de Una historia de los años sesenta, repasa la vida de una parejita de la pequeña burguesía parisién, Jérôme y Sylvie, paralizada por "la inmensidad de sus deseos". Les gustaría ser ricos y se han entrenado para ello, pero no lo son y probablemente nunca lo sean. Los protagonistas apenas si tienen protagonismo; están sitiados, enterrados, asfixiados por el atrezzo de una vida basada en la acumulación. No es casual que Jérôme y Sylvie se dediquen a la publicidad ni que su vida tenga algo de spot televisivo. Las cosas deviene un osado relato enumerativo en el que poco o nada sabremos de las motivaciones internas de los personajes, pero sí de cómo está amueblado el apartamento chiquito donde viven y cómo la mansión con que sueñan; y los trastos, los auténticos y los ficticios, que llenan el espacio cotidiano y el imaginario, y el material con que están hechos, y la forma, y el número, y la marca de éstos.

Conscientes de la trampa, la pareja intenta una salida similar a la emprendida por el propio Perec, junto a su esposa Paulette Petras, en 1960. Sylvie acepta un trabajo, mal pagado, como profesora en Sfax (Túnez); Jérôme la sigue. Pero la huida está abocada al fracaso, pues en la maleta se llevan consigo, entre otros enseres, una manera de ver el mundo (o de no verlo) que les impide vivir sin esos mil y un escaparates con que cualquier ciudad, llámese París o no, engatusa a la ciudadanía; una perpetua promesa de abundancia que, en palabras del autor, nos hace estar hundidos en una tarta de la que sólo obtendremos las migajas. Esta mirada lúcida, más que esa actitud lúdica, hace valiosa una novelita como Las cosas y singulariza asimismo una ficción como El gabinete de un aficionado (1979) -un relato desgajado de la obra magna del francés, La vida, instrucciones de uso (1978)-. Subtitulado Historia de un cuadro, esta miniatura desgrana el enigma en torno a un lienzo titulado precisamente El gabinete de un aficionado, expuesto una sola vez en 1913, dentro de una serie de actividades culturales que la comunidad germana organizó en la ciudad de Pittsburg.

La alargada sombra de Borges recorre el librito. Hermann Raffke, fabricante de cervezas afincado en los Estados Unidos y coleccionista de arte, habría encargado un retrato a Heinrich Kürz. En El Gabinete vemos al maestro cervecero sentado en una amplia sala contemplando los cuadros de su colección. No obstante, como desafío, como acrobacia, Kürz incluye la misma pintura en ese pequeño museo, con ligeras variaciones, lo cual provoca un abismamiento; en ese cuadro dentro del cuadro hay una tercera reproducción del Gabinete de un aficionado con diferencias añadidas, y dentro de ésta hay otra, y luego otra más, hasta que los elementos no son más que puntitos oscuros. Ese hallazgo narrativo, y no su remate, es enormemente sugerente: la obra de Kürz es una especie de Aleph, un punto donde se concentra y cuestiona toda la historia de la pintura, o quizás un jardín de senderos que se bifurcan, en donde realidad y representación se confunden. Georges Perec subordinó el relato al "mero placer de la simulación". Esa reivindicación del juego es toda una declaración de intenciones.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios