Novedad editorial

El día en que asesinaron a John Lennon

  • La editorial Minotauro ha recuperado en una nueva edición la última novela escrita por Philip K. Dick, La transmigración de Timothy Archer, un potente cóctel de neurosis y religión

El día en que asesinaron a John Lennon

En su introducción a Gestarescala (Cátedra), Julián Díez transcribe una declaración del escritor Brian Aldiss a propósito de la narrativa de Philip K. Dick: “Las novelas de Dick son una sola, un fatídico En busca del tiempo perdido”. Casi de inmediato, Díez refiere otra declaración no menos jugosa de Enrique Serna: “Sin proponérselo, Dick escribió La comedia humana del futuro”. Con toda probabilidad, más de uno -yo mismo, sin ir más lejos- considerará desproporcionada la invocación de los megaproyectos de Marcel Proust y Honoré de Balzac. Desproporcionada, he dicho; no desatinada. Como bien advierte Julián Díez, no hay continuidad en la obra de Dick, pero sí una incuestionable uniformidad de tramas y temas que hacen de ella un todo compacto y subyugante. Dick estuvo décadas cavando en una misma veta, unas veces con más fortuna que otras, ahondando con tesón y desorden. Lo que no nos impide hablar de “evolución” en su narrativa. El joven de veintisiete años que dio a la imprenta su primera novela, Lotería solar (1955), no es el mismo que firmará la última: La transmigración de Timothy Archer (1982). El tiempo jamás pasa en balde.

La transmigración de Timothy Archer, siendo como es otro peldaño más en la escalera -la repentina muerte del autor quiso que fuera el último peldaño- es una obra novedosa por diversos motivos. Por primera vez, Dick pone la narración en labios de una mujer, Angel Archer, quien, en su condición de testigo de los hechos, no protagonista, adopta una posición cercana, cálida, también crítica. Angel estuvo casada con Jeff Archer, el hijo del obispo episcopal de California, Timothy Archer. Angel presentó a su suegro a una buena amiga suya, Kirnsten Lundborg, sin imaginar que estaba echando al uno en brazos del otro. La narradora descubrirá más tarde que también su marido está enamorado de Kirnsten y que la relación entre ella y su padre ha trastocado el precario equilibrio en el que vivía. Jeff se suicida a la manera USA: alquila la habitación de un motel y allí se levanta la tapa de los sesos de un disparo. Esto sume al resto de actores en una crisis, que se expresa de muy distintos modos, aunque la narradora se centre en especial en el obispo Archer, un tipo egocéntrico, acostumbrado a que todo gire alrededor suyo.

Philip K. Dick escribía sus novelas sin planificación ni diques de contención: escribía, escribía y escribía y de resultas sus personajes hablan, hablan y hablan, y de tanto en tanto nos clavan el estupor en la frente con algún apunte admirable. La deriva existencial de Timothy Archer y su círculo de allegados le consintió elaborar un potente cóctel a base de religión y neurosis, anfetaminas y música de los Beatles. La narración empieza el 8 de diciembre de 1980, mientras las televisiones del país están dando la noticia del asesinato de John Lennon; un detalle que cumple la triple función de ubicarnos en el tiempo, ponerle banda sonora a la historia e introducir uno de los grandes temas de la novela: la muerte prematura que aborta aquellos proyectos que tenían el cometido de dar sentido a nuestros desvelos. A posteriori, estas reflexiones adquieren una dimensión profética, cavernosa, fantasmal: Dick murió de un derrame cerebral poco después de haber terminado la novela, ¿temía también él no haber culminado la gran obra de su vida? La transmigración de Timothy Archer, una obra inesperadamente reflexiva, está recorrida por fogonazos de gran lucidez -como, en definitiva, sus obras más desquiciadas-, y quizás anunciaba una nueva etapa en su carrera que ya no pudo ser.

Una de las bazas fuertes de la novela es su acertada galería de retratos; todos los personajes son enormemente interesantes, si bien la palma se la lleva Timothy Archer, basado en un antiguo conocido del escritor, el obispo Jake Pike, uno de esos vendedores de humo que se aprovechan de la ignorancia general para pasar por hombres sabios. (Hoy en día, el púlpito desde donde se camelan al personal es Internet). Por una vez, en lugar de mirar a las estrellas, Dick mira alrededor. Su novela ofrece un escorzo nada complaciente de los años 60, la década prodigiosa, a las puertas de los años 80, la década que trajo consigo el triunfo de lo banal. Dick se muestra cáustico: “Hay mujeres golpeadas por sus maridos; los policías matan a negros y latinoamericanos; los viejos revisan los basureros o se alimentan de comida para perros […]. Hay adolescentes negros que no conseguirán un trabajo mientras vivan; no porque sean haraganes sino porque no hay trabajo, […]. Hay chicas que huyen de sus casas, aterrizan en Nueva York o en Hollywood, se hacen prostitutas y terminan con sus cuerpos destrozados”. Cuarenta años después, algunas cosas no han cambiado tanto.

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