Entrevista | Manuel Ruiz Amezcua | poeta “Me identifico con la atención creciente a lo que ha vivido, y vive, en los márgenes”

  • El jienense regresa a las librerías con, ‘Las reliquias de un sueño’, que presentará el día 16 de marzo en el Instituto Cervantes de Tel Aviv y el 17 en la Universidad Hebrea de Jerusalén

“Me identifico con la atención creciente a lo que ha vivido, y vive, en los márgenes” “Me identifico con la atención creciente a lo que ha vivido, y vive, en los márgenes”

“Me identifico con la atención creciente a lo que ha vivido, y vive, en los márgenes”

–¿Cómo concilia usted como poeta la preocupación social con la puramente estética?

–Su pregunta busca mármol. Intentaré estar a la altura. Quien tiene la responsabilidad de las palabras, y la responsabilidad con las palabras, siempre atiende a esas dos grandes dimensiones de la escritura. En los grandes poetas que a mí me interesan, los que han escrito en castellano y los que han escrito en otras lenguas, siempre aparecen la ética y la estética. El tanto por ciento reservado a una y a otra puede variar, pero siempre está presente. A mí me interesan mucho los poetas que funcionan con ideas, y estos siempre tienen presentes las ideas estéticas. Los poetas que no son libres, los que sirven a una determinada “ideología”, incluida la del mercado, siempre propagan el discurso del poder que los sostiene, y de eso están hablando siempre: del discurso de su partido, de su señor, del oro de su becerro. Son siempre sectarios y lo enmascaran como pueden.

–¿Son fácilmente identificables?

–Son los llamados poetas oficiales, los encumbrados por el poder al que sirven. Lo que dicen en sus catecismos y proclamas políticas acerca de la solidaridad, la verdad, y otras grandes palabras, es pura mentira. Y se corresponde con lo que escriben. En realidad, son pícaros, ahora con carrera universitaria. El saber oficial, las verdades oficiales, les han servido siempre, y les sirven, para ocupar (siempre) la primera fila de lo social y lo político. La poesía, el lenguaje, la responsabilidad con las palabras, y con las ideas, y con el individuo, y con la sociedad, no les interesaron nunca. Les interesa el engaño. No hay más que observar su trayectoria social y política. El engaño a los ojos, como decía Cervantes.

–¿Algún ejemplo?

–El premio que lleva su nombre ha sido concedido este año a un señor que sólo ha escrito en castellano unos cuantos poemas primerizos. La casi totalidad de su obra ha sido escrita en catalán, y él mismo se ha traducido al castellano. Grande hazaña. Pero este año tocaba catalán y separatista. Esto último lo pueden comprobar en un vídeo en Youtube (Fiestas de La Mercé, 2010), en el que este señor proclama esta tendencia suya, a la cual tiene derecho como ciudadano, faltaba más. Poco antes de darle el Cervantes le dieron también el premio Reina Sofía. Adivina adivinanza. El mismo año que, para formar Gobierno en España, los que lo querían formar, y lo han formado, necesitaban el voto de los separatistas. Este es el patio de la cultura oficial, así se da ejemplo. Que yo sepa, solo un periódico español ha denunciado esta trapacería y ha apuntado al verdadero muñidor en las sombras, al que lo ha gestionado todo. El poeta catalán premiado, luego del premio, en un suplemento cultural semanal y nacional, le dio las gracias al conseguidor y pidió para él el próximo Cervantes. Tú me lo consigues a mí para que yo te lo consiga a ti. Faltaba más.

–¿Cuál considera que es la responsabilidad del poeta con su sociedad?

–Como decía alguien por ahí tendríamos que ponernos de acuerdo en qué significan hoy las palabras responsabilidad, poeta y sociedad. Sobre todo, para los poetas. ¿Qué pretenden hoy los poetas? ¿Para quién escriben, para el presente o para el futuro? Habría que recomendarles algunos poemas al respecto: A un poeta futuro, de Cernuda, por ejemplo; o Para quién escribo, de Vicente Aleixandre. Y otros de los clásicos de distintas épocas y de distintas lenguas, así haríamos la respuesta más universal. Es lo que han pretendido los grandes poetas, siempre, con sus poemas. ¿Sigue hoy esto así? ¿Nos hemos instalado de nuevo en lo diletante y lo frívolo? ¿Nos ha servido de algo la experiencia del Holocausto, ahora que se cumplen 75 años de aquello? La respuesta puede ser otra pregunta, y otra y otra, y otra, y muchas más. A lo mejor así recuperamos todo lo que se parece a lo sólido.

Los poetas que sirven a una determinada ideología siempre propagan el discurso del poder”

–¿Por qué ha dividido este libro, Las reliquias de un sueño, en cuatro partes: el sueño de la vida, el sueño de la conciencia, el sueño de la razón y el sueño de la memoria?

–A mí me interesa mucho la estructura de un libro, y la estructura de las obras de arte en general. La estructura es ya, en sí misma, una categoría estética. Esas cuatro partes son las cuatro columnas que sostienen el mundo de la Humanidad alrededor de sus sueños, que son muchos a lo largo de la Historia, los de la razón y los del irracionalismo. Los dos han dado lo mejor y lo peor de sí mismos, y también han producido monstruos, como nos recordó Goya.

–A él van dedicados dos de sus poemas.

–Sí, uno con las reflexiones finales antes de su muerte: Aquel deseo nuestro. Y el otro retrata lo que vemos en el cuadro Los fusilamientos. Un amigo mío, granadino, dice que este es un libro abrangente, en su intento de abarcar todo lo humano, desde la Prehistoria a nuestros días. A través de las realidades de los ritos, los mitos y los símbolos.

–¿Se definiría como un escritor posmoderno?

–Tuve en la Universidad de Granada un profesor sabio, que me enseñó muchos de los secretos del lenguaje y de la obra literaria. Fuera de las aulas, hablando con él, aprendí lo que no está en los escritos. Se llamaba José Mondéjar. Me he acordado de su sabiduría al citar usted la palabra posmoderno. Le oí decir una tarde que había palabras que no tenían ni hechuras ni forros, que no estaban definidas, y que no estaban amparadas ni por su historia, ni por la Historia. Es posible que posmoderno sea una de ellas. Como se han dicho tantísimas cosas de ese concepto, habría que hablar de las que nos atañen y de las que no.

–¿Y a usted que cosas le atañen del concepto?

–A mí me interesan de lo posmoderno algunas cualidades, otras no tanto, y otras nada de nada. Me interesa lo del fracaso de las ideologías, ya no nos sirven como intérpretes totales. A mí, en ese sentido, no me sirvieron nunca, ni cuando fui estudiante en la Universidad de Granada. Allí se bendecía incluso a Mao, que ya es decir. Me interesa también lo posmoderno como resistencia, no como decadencia. Y me interesan los conceptos de pluralismo y diversidad cuando los teóricos de esta escuela hablan del mundo. No me interesa solo el presente, sino toda la Historia. Me identifico bastante con la atención creciente a lo que ha vivido, y vive, en los márgenes. Me apasiona la idea de caos. Y las borgianas de infinito, laberinto y verdad como algo que se escapa. Y la atención al irracionalismo. Disfruto también con el análisis de los discursos oficiales, de cómo su verdad y su poder quedan en nada, en la pura nada. Comparto lo de que no puede haber pensamiento sin lenguaje, uno de los males más terribles de la poesía más de moda hoy. Me identifico con los que piensan que no hay verdad, sino verdades. Por último: no me interesa el dios tecnológico. Lo sobrellevo.–¿Este poemario surge de alguna manera influenciado por las cuestiones políticas actuales, como por ejemplo el poema Sefarad?

–Este libro pretende tener presente a la Historia en general. Desde la Prehistoria a la actualidad de nuestros días, como le he dicho. Desde lo que no explica la razón, e intentan explicar los mitos y los símbolos, a la producción de monstruos por esa misma razón que pretende controlarlo todo. Desde esa especie de tierra prometida que ha sido el progreso (la idea de progreso) hasta esa variante de castigo divino en que lo estamos convirtiendo. El poema Sefarad, al que usted se refiere, trae al presente la vieja idea del exilio y el reino, de la huida y la acogida, algo muy viejo y muy nuevo. Y hablan en este libro, y en este poema, las voces de los vivos y las voces de los muertos, más numerosas que las de los vivos. Las voces antiguas se titula otro poema.

–Su poema dedicado a Granada, en la parte final de El sueño de la memoria, es de los más largos del libro. ¿Se debe a su especial vínculo con la ciudad y su preocupación por ella?

–Habla usted del poema… En Granada, ¡en su Granada!, que comienza con el título machadiano y con la opinión de Machado sobre la ciudad: "Una de las ciudades más hermosas del mundo,/ dijo de ella Machado. /Y agregaba también: /con aliento provinciano,/ irremediablemente provinciano..." Sé que la ciudad da para mucho a lo largo de sus siglos, pero hay un tema que me interesa sobre todos: el de la exclusión. Llama especialmente la atención. Como dice José Luis Gómez, en la película sobre Lorca La luz prodigiosa: “Es una ciudad muy puñetera”.

–¿En qué sentido?

–Llama la atención que el más universal de sus hijos fuera asesinado en su misma ciudad, donde creía que lo iban a amparar. Y entre tus propias gentes, como dice el verso de Cernuda. No ha sido Federico el único eliminado por las manos de la exclusión en Granada. Si hacemos la cuenta la lista es numerosa. Entre los poetas y entre los no poetas. O conmigo o contra mí, sigue siendo la consigna para muchos, protegidos por las administraciones públicas. La misma consigna de siempre. Al distinto, al diferente, hay que vomitarlo como sea. Quien lo probó lo sabe. Por cierto, el poema está dedicado a Juan de Loxa.

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