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"He escrito un canto a la amistad y a la camaradería"

  • Los intentos por justificar científicamente la superioridad de la raza aria centran 'El amor en el jardín de las fieras', lo último de Juan Eslava Galán

Que Himmler visitó España en octubre de 1940 no es un secreto para nadie. En algún momento todos nos hemos cruzado con algún capítulo de alguna serie de televisión que recreaba la corrida de toros que Franco le dedicó al oficial alemán o hemos leído un artículo que fantaseaba con la posibilidad de que se acercase días después a Montserrat en busca del Santo Grial. Sin embargo, lo que puede que muchos no sepan es que en la víspera de la llegada del dirigente nazi, Ramón Serrano Suñer -quien por aquel entonces ostentaba el cargo de ministro de la Gobernación, aunque algunas jornadas después pasaría a ser ministro de Exteriores- mandó un saludo a todos los alcaldes de los pueblos y aldeas aledañas a las excavaciones visigodas de Castiltierra, en la provincia de Segovia, pidiendo que por favor mandasen cuantos obreros pudiesen reunir, procurando que en su mayoría fuesen altos y rubios. Con este hecho aparentemente anecdótico, comienza Juan Eslava Galán El amor en el jardín de las fieras, su última novela, publicada por el sello Espasa. ¿La relación entre excavaciones visigodas y obreros altos y rubios? Demostrarle a Himmler que ciertamente había vestigios de la raza aria en la Península Ibérica, lo que daba buena cuenta de la alianza no sólo política sino también sanguínea entre Alemania y España. Pero debido a una fuerte lluvia que hacía impracticable el acceso al yacimiento, la visita tuvo que ser cancelada. Hasta ahí, todo está documentado históricamente. Y es justamente en esa brecha en la que el autor da rienda suelta a su imaginación, situando en el foco de atención a Hermio Cáiser -nótese la castellanización del apellido- un obrero efectivamente alto y rubio, proveniente de La Carolina, uno de los municipios que, como muchos otros de Sierra Morena, fueron repoblados en la época de Carlos III con gentes traídas del país teutón. "Resulta que es un ario espléndido", ironiza el ganador del Premio Planeta al explicar la trama de su libro, en el que Himmler tampoco se acerca hasta la provincia de Segovia, pero sí lo hace una de sus enviadas, la joven Meike, quien cree profundamente en la frenología, la superioridad racial y en la necesidad de preservar los especímenes perfectos como es aquel español con el que se acaba de encontrar. "Aquí viene la parte demencial del tema. A Cáiser se lo llevan a Berlín para utilizarlo de semental, porque en el Ahnenerbe -la institución en la que el nacionalsocialismo hacía sus pseudocientíficas investigaciones raciales- verdaderamente creían que se podía hacer una mejora de la especie a través de los cruces entre alemanes perfectos", una obsesión que las malas lenguas decían que le venía a Himmler de su antigua profesión como criador de pollos.

Bajo esta premisa, Eslava Galán se mete de lleno en un relato en el que en todo momento evita caer en tópicos y visitar los lugares comunes de las ficciones propias de este período histórico. "Soy perro viejo y ya sé los caminos que están trillados. Si escribo una novela de nazis no voy a escribir otra novela más de nazis", afirma este autor que en su haber tiene un gran número de títulos dedicados a quienes una vez trabajaron al servicio de Hitler. "Me ha interesado el tema de los nazis desde mi adolescencia, así que puedo prescindir de hacer investigación para mis libros porque lo tengo todo en la cabeza", añade, aunque también señala que en esta ocasión se ha centrado más "en la historia española vista desde el ambiente que se respiraba en Berlín, que en aquel momento todavía era un entorno magnífico, con sus cabarets y sus fiestas, aunque la mayoría de novelas prefieran centrarse en las batallitas". Sin embargo, no siempre es festiva la atmósfera que se respira en este libro, pues poco a poco se irá enturbiando con la cada vez más insistente llegada de trenes cargados con jóvenes mutilados, que poco tienen que ver con la maquillada propaganda nazi, que el autor recuerda "llegó hasta nuestra fronteras con Signal, una revista que se vendió en España hasta el 43 en la que sólo había soldados guapos y estupendos, pero ninguna realidad sobre la guerra".

Roza la novela de espías en algunos momentos y pasa muy cerca del exterminio judío, aunque sin llegar a entrar en él porque la trama termina tiempo antes de que el Holocausto fuese una realidad por todos conocida. Pero El amor en el jardín de las fieras es verdaderamente "un canto a la amistad, a esa camaradería que surge en un contexto bélico" y que el escritor sabe plasmar de manera acertada en el ambiente de la embajada berlinesa, donde diplomáticos falangistas y rusos pueden brindar con las mismas copas, amparados por esa nebulosa que es la noche en una ciudad ajena y que permite dejar a un lado las diferencias ideológicas. En ese círculo de amistades que el jienense dibuja para Cáiser, destaca Ramón Garriga, un corresponsal de la agencia EFE inspirado a un personaje real y que se dedica, con su escepticismo, a dar en todo momento el contrapunto a la versión oficial, aunque eso sí, entre el corro de amigos. "Cuando en el año 40 todo el mundo estaba convencido del éxito de Alemania, Garriga le dijo a su amigo Dionisio Ridruejo que la perdería en el 45. Así de bien informado estaba el tío", sentencia con admiración el novelista, quien se declara admirador incondicional del periodista de guerra al que rinde un pequeño homenaje en su libro.

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