Crítica de Cine

El espectador es el que no respira

no respires

Thriller/Terror, EEUU, 2016, 88 min. Dirección: Fede Álvarez. Guión: Fede Álvarez, Rodo Sayagues. Música: Roque Baños. Fotografía: Pedro Luque. Intérpretes: Jane Levy, Dylan Minnette, Stephen Lang, Daniel Zovatto, Sergej Onopko, Jane May Graves. Cines: Kinépolis, Cinema Serrallo, Cinema 2000 Neptuno, Artesiete Alhsur.

Imposible saber si con el tiempo se vendrá abajo, porque solo ha realizados dos largometrajes, pero de momento el raro fenómeno del realizador uruguayo Fede Álvarez se consolida a nivel internacional vía Hollywood. ¿Cómo se llega de Uruguay a California? A través de YouTube. Fede Álvarez se dio a conocer con un cortometraje (El cojonudo) premiado en festivales latinoamericanos y estalló a través de YouTube con otro corto (¡Ataque de pánico!) que recibió millones de visitas y le valió ser elegido por el propio Sam Raimi para hacer una nueva versión de su clásico popular The Evil Dead (1981). El éxito del encargo le valió rodar esta No respires, también producida por Raimi. Es muy posible que esté aflorando un maestro de la serie B que recoja el legado de los Raimi, Carpenter y otros excelentes artesanos de los 70 y los 80.

En su segunda película, por basarse sin hipotecas previas en un guión del propio Álvarez y su cómplice connacional Rodo Sayagués, el joven realizador demuestra aún mayores aptitudes para el género y una rara inteligencia para caminar entre la tierra quemada de las películas de terror para adolescentes y la tierra fértil de la originalidad y la creatividad. La taquilla ha refrendado que Álvarez ha logrado satisfacer a los primeros (ha batido récord de recaudación en Estados Unidos) y a la crítica, que ha sido unánime en el reconocimiento de sus valores cinematográficos. Ha alcanzado, pues, la cima del cine comercial.

Partiendo de la versión adulta de ese miedo -o tentación- infantil de entrar en una casa que se tiene por maldita o embrujada -recuerden la de Boo Radley en Matar a un ruiseñor o la del señor Braukoff en Encuentro en Saint Louis-, Álvarez y Sayagués han urdido una inteligente variación. Los jóvenes entran en la casa ajena, no para demostrar su valor como en los relatos tradicionales, sino para robar. Y quien habita en ella no es un desdichado a quien injustamente se tiene por un ser maligno y después resulta ser un pedazo de pan, sino un ex militar invidente que resulta ser lo más parecido a un ogro enloquecido y sediento de venganza. El sufrimiento que le tiene allí recluido lo hace aún más peligroso. Y que se invada su territorio multiplica su furia.

Algo de cuento infantil para adultos tiene No respires en el planteamiento perverso de las relaciones entre los jóvenes, el ciego y la propia casa. La presentación a través de un largo plano de la casa da ya una idea de laberinto en cuyo interior un monstruo custodia un tesoro que conducirá a sus codiciosos buscadores a su perdición. Pero no es su breve aunque original propuesta argumental lo que la destaca como una muy buena película de terror, sino su soberbia realización. Es la cámara la que convierte la casa casi en un ser vivo y agranda sus claustrofóbicos espacios por efecto del miedo, fundiendo los puntos de vista de los protagonistas y el del espectador (gracias, en gran medida, al excelente trabajado del también uruguayo director de fotografía Pedro Luque). Es el montaje el que crea una tensión que nunca decae. Es el uso del sonido el que crea unos silencios que alargan intolerablemente los tiempos y afila el suspense. Es decir, son los mecanismos puramente cinematográficos -y no los efectos de túnel del miedo de un parque de atracciones, como por desgracia es habitual- los que crean el terror. Y esto es lo que da interés a No respires y hace que le disculpe algún exceso. Junto a la gran interpretación de ese buen secundario que es Stephen Lang, poco conocido hasta que Avatar -¡qué le vamos a hacer!- le dio cierta popularidad. Un malo de los que no es fácil olvidarse.

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