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La estocada cultural

  • Más allá de los que consideran al gremio de los artistas como un grupo de privilegiados que viven de las subvenciones, el sector musical aporta un significativo 4% al PIB nacional

LAS últimas medidas decretadas por el Gobierno de Rajoy han provocado un aluvión de protestas generalizadas en todos los ámbitos de la sociedad. Dentro de este vendaval hay un colectivo en el que las medidas se han recibido en cierto modo como una venganza y que se considera especialmente atacado, en parte por la brutalidad misma de la subida, y en parte por la nocturnidad con que se ha perpetrado. Me refiero al sector cultural y en particular voy a tratar de analizar el impacto de estas decisiones en el ámbito de la música en directo, al que el que suscribe dedica sus mayores esfuerzos. Cuando el fatídico viernes 13 el presidente detalló en sede parlamentaria los recortes y las subidas de los tipos de IVA, no concretó una medida de la que se tuvo conocimiento el lunes a través de la lectura del BOE: los espectáculos de carácter cultural, cine, teatro, danza, música, etc. pasarían de tributar al tipo reducido, el 8 % hasta entonces, al tipo general, que pasaba del 18 al 21 %. Una subida de 13 puntos que desató un verdadero incendio en las asociaciones profesionales del sector y que viene a suponer una estocada mortal para una gran parte de las empresas y trabajadores dedicados a una actividad que ya venía sufriendo de manera muy severa la crisis general y la propia de la industria musical en particular.

Más allá de ciertos lugares comunes, que consideran al gremio de los artistas como un grupo de privilegiados que viven de las subvenciones, como evidencian algunos comentarios despectivos ("los de la ceja" se ha oído decir en ámbitos conservadores, lo que alimenta la sensación de revancha de la medida), y de juicios de valor contaminados de ideología, se trata de un sector que aporta un significativo porcentaje al PIB nacional, en torno al 4%, y del que viven directamente, además de los propios artistas, técnicos, salas, productores, promotores, medios especializados y un largo etcétera de empresas auxiliares de distribución, promoción, ticketing, conductores, imprentas…

Cuando la industria musical comenzó a tambalearse con la irrupción de las descargas, sin que ningún gobierno haya sido capaz de ponerles coto, con los afectados enfrentados a los creadores de contenidos, mientras las operadoras que suministraban banda ancha hacían su agosto en cómodo silencio sin que nadie apelara a su papel en esta guerra, la mayoría de los agentes que conformaban esta industria comenzaron a inclinar sus esfuerzos hacia la música en directo. Compañías discográficas, grandes y pequeñas, agentes y artistas que hasta entonces habían prestado una atención relativa a los directos, hasta ese momento solo una más, y seguramente no la principal, de sus fuentes de ingresos, ante la constante mengua del volumen de negocio que venía suponiendo la venta de discos en soportes tradicionales, decidieron en masa refugiarse en la música en vivo, una experiencia que, como el teatro en contraposición al cine, por ejemplo, estaba a salvo por su propia naturaleza, de la piratería. Así, durante la segunda mitad de la pasada década, el directo ha vivido una época de aparente esplendor, y cada vez más artistas se decidían a salir a la carretera como única alternativa a la venta de discos, convertido en un ingreso cada vez más residual.

Esto pronto provocó una saturación de la oferta que el mercado no ha sido capaz de asimilar. Ya estos últimos años, con la crisis haciendo mella en la potencial clientela, acorralada por la pérdida de poder adquisitivo y una tasa de paro escandalosa, y cada vez más profesionales buscando acomodo en un subsector, el de la música en vivo, incapaz de engullir a tanto refugiado, la facturación se ha resentido muy sensiblemente. Muchas empresas que habían encontrado su mercado como subsidiarias de las instituciones culturales están ya en vías de desaparición debido a los recortes que han reducido el gasto en cultura de muchas administraciones, pero incluso aquellas empresas que sobrevivían en precario equilibrio en el ámbito de lo privado, es decir, realizando producciones financiadas exclusivamente a través de la venta de entradas, sin ningún tipo de ayuda o subvención, como es el caso de la que dirige el que suscribe y como lo son la mayoría de las del sector, verán muy seriamente comprometida su continuidad. No existe otra alternativa que no sea la de repercutir directamente sobre el usuario, el cliente que paga su entrada para un concierto, una subida de 13 puntos. Y tal y como están las cosas, con la gente empobrecida y con problemas para cubrir unas necesidades más perentorias que las de ocio, el futuro del sector se vislumbra más que negro. Y a estas alturas somos muchos los que tenemos conciencia de que estamos abocados a la desaparición y desmoralizados. Con nosotros se hundirá también un oasis cultural que nos hará como país más indefenso, ignorante y manipulable.

Por si todo esto fuera poco, la inmediatez de la medida ha cogido con el pie cambiado a la mayoría de promotores, que ya tienen firmados e incluso a la venta espectáculos que con las nuevas tasas resultan inviables. ¿Quién compensa ahora las pérdidas que con seguridad se van a producir en espectáculos ya comprometidos para la próxima temporada? ¿Conciertos que se han negociado cuando regían unas condiciones pero que se van a encarecer (y con el encarecimiento se resentirá igualmente la asistencia) porque el tipo de IVA aplicable ha subido de un día para otro 13 puntos? Nadie. Nadie que no sea el propio balance de esas promotoras, que se verán al borde del precipicio. Y lo que ocurre cuando muchos se amontonan junto a él es sencillamente que algunos se despeñarán.

La solución solo pasa por una rectificación y son muchos los que solicitan un encuentro con el Ministro de Educación y Cultura para tratar de negociar una salida para el sector. Mucho me temo que el Señor Wert, con diferencia el peor ministro de cultura de la democracia, va ser inmune a sus requerimientos, como ya demostró con los representantes de la universidades. El año que viene, cuando comprueben que la recaudación de esta actividad se ha reducido, pues recaudarán más de cada espectáculo, pero cada vez de menos espectáculos, en otro ejemplo de gestión nefasta de la crisis, que en lugar de fomentar el crecimiento y el consumo, se empecina en el ahogamiento de la actividad económica por la vía de la austeridad, será demasiado tarde. Y desde la tumba nos sentiremos reconfortados al comprobar que teníamos razón para protestar.

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