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Un fantasma recorre el mundo

  • Rodríguez publica un ensayo indispensable en el que reivindica y combate la imagen demoníaca con que algunos presentan el pensamiento de Marx

Hace algo más de diez años, Juan Carlos Rodríguez nos regalaba un agudo ensayo, De qué hablamos cuando hablamos de literatura (Comares, 2002), en el cual, para espanto de los adoradores de lo Eterno, insistía en la "radical historicidad" del individuo y de las tramas que urde. De tan obvia, la cosa no debería siquiera plantearse: aunque los leamos como literatura y los estudiemos como tales, los grandes poemas épicos que llevan la firma de un tal Homero, por poner un ejemplo, no se escribieron con la finalidad con que hoy se escribe ni se leyeron en su día como lo hacemos hoy (y no me refiero al soporte, por descontado).

Tenemos que desandar la mayor parte del camino y situarnos en esa encrucijada situada entre los siglos XIV-XVI -el tiempo de la aparición y consolidación de la clase burguesa- para encontrar un sujeto histórico más o menos afín y un objeto literario que cumpla parecidos cometidos a los actuales: la literatura pasó a ser entonces un modo de reafirmación del individuo, que a través del texto afirma "yo soy yo", y un producto con un precio determinado en la sociedad de mercado. Estas ideas suponen el núcleo duro de la obra teórica del autor y el hueso duro de roer para el bando contrario. En Teoría e historia de la producción ideológica (1975), Juan Carlos Rodríguez decía, y en esta nueva obra lo repite tal cual, que "la literatura surge cuando surge la lógica del sujeto, pero […] tal lógica del sujeto no es otra cosa que una derivación -una 'invención' de una matriz ideológica determinada". El subrayado es suyo.

De qué hablamos cuando hablamos de marxismo (Akal) sería como una continuación o un complemento del libro de 2002, ampliando el foco de atención, porque "si apenas sabemos algo de lo que hablamos cuando hablamos de amor, lo mismo ocurre cuando hablamos de literatura y -para qué decirlo- cuando hablamos de marxismo", nos dice el autor. Ahora no se trata de analizar las tramas que el hombre urde, que también, sino de exponer un pensamiento que se quiere (se sabe) una alternativa posible a la actual dictadura financiera. Si en su empeño de perdurar el capitalismo ha estigmatizado el marxismo desde su aparición, se trata de luchar contra esa imagen de demonio sugeridor, inspirador, cuando no responsable directo de algunos regímenes atroces instaurados en la centuria pasada; Juan Carlos Rodríguez advierte que "los análisis de Marx [no sirven] para legitimar ninguna historia de los modelos políticos llamados socialistas o estalinistas en el siglo XX (curiosamente Stalin se basaba mucho más en Hegel que en Marx en sus planteamiento de legitimación)".

De tan obvia, tampoco habría que plantear esta otra cuestión: juzgar el marxismo (el pensamiento de Marx) por lo que hicieran en su nombre en la Unión Soviética o se hace en China y Cuba sería como cuestionar el cristianismo (el mensaje de Jesús) por lo que hizo en su nombre la Santa Inquisición o todavía hace la Iglesia que se llama a sí misma católica, intra y extramuros. Para disipar dudas, en unas páginas sin desperdicio, el autor aborda un concienzudo análisis del famoso Manifiesto comunista, no como el Libro Sagrado que nunca fue, sino como "producto histórico" también él.

Aún a riesgo de simplificar en exceso, afirmaríamos que el marxismo -un corpus alimentado por la filosofía alemana, el pensamiento político francés y la teoría económica inglesa del XIX- es "un pensamiento distinto porque piensa desde -y contra- la explotación vital. Algo que nadie había hecho -ni ha hecho- jamás; algo que resulta (casi) imposible de plantear", escribe Juan Carlos Rodríguez. Así es. En contra de cuantos piensan que "el mundo está bien hecho", el marxismo insiste en una verdad incontestable: cualquier sistema sustentado en la explotación de unos por otros es sencillamente inadmisible. El orden hegemónico hodierno, el fantasma que recorre hoy el mundo, ese neoliberalismo feroz que admite o alienta que los ricos sean aún más ricos mientras los pobres se hunden cada vez más hondo, ese orden que concede préstamos millonarios a amigos y allegados mientras pone de patitas en la calle a familias enteras por no pagar el alquiler, ese orden es un orden obsceno, egoísta e inhumano -demasiado humano quizás- al cual la actual crisis ha arrebatado la máscara; lo que pasa es que la gente parece estar mirando a otro lado. Juan Carlos Rodríguez explica a qué se debe este "no darse cuenta": esto es así porque todos estamos dentro. "Nacemos pues capitalistas -y hoy más que nunca- tanto los explotadores como los explotados", escribe el autor, para añadir de inmediato: "Y aquí radica el otro lado (el lado oscuro) de nuestro problema: en si somos capaces -o no- de enfrentarnos con el sistema que nos produce; en si deseamos -o no- romper con ese sistema y cómo, y en qué sentido y hasta qué punto". La oportunidad, la necesidad, la urgencia de esta propuesta está fuera de discusión.

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