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No hay que fiarse de las personas; hay que fiarse del sistema

José Sacristán, en la obra. José Sacristán, en la obra.

José Sacristán, en la obra. / Carlos Gil

En la pirámide de los superdepredadores, existe una fracción de bestias que organiza el poder y lo reparte en función de sus íntimos intereses; estos poderosos no existen para los medios o el votante, sino que permanecen sumergidos bajo los rostros políticos, y observan con deferencia, en una confortable lejanía, hundirse sus titanics en el duelo naval del mercado. Este juego de poleas y correajes económicos, del que solo apreciamos los sordos roces de sus espuelas, son el verdadero eje vertebrador del peso mercantilista sobre el que bregamos imprudentemente; basta una sola llamada de uno de estos césares, y el director de sala encarga el último pase de cuerda para la noche, mientras el nivel del agua ya permite hablar de naufragio.

El teatro nació para oponerse al mundo. Más bien; para tratar de remediarlo. Así, Juan Carlos Rubio tomó la versión de Bernabé Rico para China Doll, del chicagüense David Mamet; y, con la presencia y voz de José Sacristán, parapetado por Javier Godino, mostraron la otra cara del poder, la misma noche que en España se estaba consolidando una moción histórica.

La representación no podía contar con mayor vigencia, puesto que parecía haberse extraído un acontecimiento de la realidad para colocarlo directamente sobre las tablas. En la piel de Mick Ross, José Sacristán, con su voz catedralicia y configuración pétrea, desgrana la urdimbre del poder a través de un cuadro textual ágil y fraccionado, donde una pausa parece cambiar por completo las elecciones del personaje. Sin duda, contar con Sacristán supone un valor capital para Juan Carlos Rubio, puesto que su posición y actitud frente al público ya nos hacen conocer medidamente gran parte de la identidad del personaje; actúa con el cuerpo, muestra con un gesto, departe sin tener que pronunciar verbo alguno. Actores nacidos para actores. A su lado, Javier Godino -Carson-, no cuenta con un papel sencillo; no por encarar a Sacristán, sino porque su personaje, asistente del multimillonario, exige continua posición de pleitesía, aperturas a diálogos conflictivos, cambios de género en las decisiones del personaje y contrastes continuos con su potentado jefe. Todo ello, con el refuerzo visual logrado por su propuesta escenográfica -Curt Allen Wilmer-, la contención lumínica -José Manuel Guerra- y el suspense melódico -Mariano J. García López-, construyeron un objeto artístico de puro teatro, de conflicto de urgencia, del aquí y el ahora.

José Sacristán aseveró a este mismo medio que la obra realiza una "colonoscopia al poder". Y así es; toda la representación insiste en desflecar el tejido de relaciones que manejan y orientan el poder, ese poder subterráneo, oculto en los sótanos de los despachos, en las catacumbas gubernamentales. Y el resultado, como se comprobó ante la ovación del público, fue efectista, bello, demoledor y terrible. Mientras, en otro punto de la realidad, también caía otro barón de las cloacas.

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