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Un hombre de acción

  • La editorial Almed publica uno de los libros más aclamados de Winston Churchill, 'Mi juventud', donde evoca el principio de su identificación entre el hombre y su país

A los veinticinco años, a esa edad en la que el común de los mortales aún no ha salido del cascarón, Winston Churchill había vivido una serie de peripecias que ya quisieran para sí no pocos aventureros con carnet. Esa bonanzosa cosecha de experiencias le serviría luego para escribir uno de sus libros más aclamados, Mi juventud, que la editorial Almed acaba de publicar con su buen gusto característico. Bien entrado en la cincuentena, Churchill evoca sus años jóvenes con el convencimiento de que describe un tiempo irremisiblemente ido para él y una época definitivamente clausurada para Inglaterra, "cuando los cimientos de nuestro país parecían estar sólidamente asentados, su hegemonía comercial y marítima no conocía rival, y la grandeza de nuestro Imperio y nuestro deber de conservarlo eran cada día mayores".

Esta identificación entre el hombre y el país, que se mantendría intacta hasta el final de sus días, le da un toque de distinción al volumen. Mi juventud no cuenta la existencia de un individuo en cuanto tal, sino en tanto fruto orgulloso de una sociedad, la victoriana, que, a pesar de ser ensalzada y adecentada para las nuevas generaciones, también se retrata en sus aspectos menos favorecedores. Los apuntes de Churchill sobre el funcionamiento de los colegios ingleses (esas varas para azotar siempre a mano del profesorado) son dignos de Charles Dickens, aunque él los observe con la delicuescente ironía de un G. K. Chesterton: "Volviendo la vista atrás, aquellos años no sólo forman el período más desagradable y desdichado de mi vida, sino también el único estéril. Fui feliz de niño con todos mis juguetes en mi cuarto, y he sido cada vez más feliz desde que me hice hombre. Sin embargo, este interludio escolar arroja un sombrío y oscuro borrón en mi periplo vital".

Churchill siguió la carrera militar pues, al ser bastante mal estudiante -sostiene él-, no era bueno para mucho más. Ingresó en el 4º regimiento de húsares y con veintiún años desembarcó en la India, la preciada posesión de Su Graciosa Majestad en el confín del mundo: "tras veintitrés días de viaje anclamos en el puerto de Bombay donde se alzó ante nosotros el telón de lo que bien podría haber sido otro planeta". A los oficiales allí destinados no se les pedía más que "estar", pues había poco que hacer, y los primeros meses se le fueron en largas competiciones de polo entre sus iguales. Fue entonces cuando comenzó a colaborar en la prensa británica -en el Daily Telegraph, en concreto-, firmando sus crónicas como "Un joven oficial", y la literatura empezó a perfilarse como una posible salida para cuando abandonara las armas (Y no le fue mal: entre sus muchos galardones, se encuentra el Premio Nobel de Literatura de 1953).

El levantamiento de varias tribus en la frontera hindú le brindó el anhelado bautismo de fuego. La sangre y la mugre, el extravío y el instinto liberado en el campo de batalla, según comprobó en sus propias carnes, no se correspondían con la idea de sacrificio de los apólogos de la patria. Pero su educación era de otra época, morir en combate podía deparar incluso una medalla para el álbum familiar, y Churchill se presentó como voluntario en la campaña en Sudán. En su caso, no hay cinismo cuando escribe: "Nadie esperaba morir (...) para la mayoría de los que participábamos en las pequeñas guerras de Gran Bretaña en aquellos días despreocupados y alegres sólo suponía un magnífico juego deportivo". A la vuelta de unos pocos lustros, la Gran Guerra hundiría en el fango de las trincheras esa estampa.

Los muchos kilos de más de su vejez y su imagen venerable no debieran llamarnos a engaño; esa bonhomía escondía, o arropaba, a un hombre de acción que siempre gustó de meterse en cualquier fregado. Tras haber dejado el ejército, al estallar el conflicto con los bóers, Churchill se embarcó con destino a Sudáfrica como corresponsal del Morning Post. Allí viviría una de sus aventuras más recordadas: el tren blindado en el que viajaba fue atacado por el enemigo y él, apresado. Como había participado activamente en la defensa del tren pasó a engrosar las filas de los prisioneros de guerra. Churchill no se quedó cruzado de brazos; a poco de entrar en el campo de prisioneros entretuvo el tiempo vacío del recluso con el diseño de un plan de fuga que, aunque debía haber sido masivo, sólo él llevó a la práctica. Churchill hace un vívido relato de la huida a través de territorio hostil y desconocido, ocultándose durante el día, avanzando durante la noche, sin más brújula que sus ansias de libertad.

El escritor se mueve con paso firme por un terreno tan resbaladizo como el de la memoria. Allí donde otros han sacado su lado remendón, y han puesto parches en los descosidos de su biografía, o donde otros dan rienda suelta a la vedette que llevan dentro, exagerando el esplendor del espectáculo él se muestra satisfactoriamente mesurado, mesuradamente satisfecho. En Mi juventud hay historias e Historia, confesiones y reflexiones, y líneas admirables ante las cuales no queda sino descubrirse. Echando la vista atrás, con un poso de amargura, Winston Churchill escribe: "Prácticamente, nada de lo que me habían enseñado a creer que era permanente y fundamental ha perdurado. Todo lo que yo creía, o me habían asegurado, que era imposible que ocurriera, ha sucedido".

Así es o esto es la vida.

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