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El hombre y la máquina

  • 'Terminator Salvation' no es un film que pasará a la Historia del Cine pero es una cinta bien dosificada que se permite preguntarse qué diferencia al hombre de los robots

Desde los tiempos de la Revolución Industrial, la máquina ha ido aumentando su presencia y protagonismo en la sociedad y hoy, tan sencillo como esto, nuestra existencia sería inconcebible sin la cacharrería que nos circunda. Si las cosas siguen como hasta ahora, esa presencia, ese protagonismo, se intensificarán más si cabe en años venturos hasta alcanzar ignoramos qué límites, difícil adivinar con qué consecuencias. El hombre está destinado, quizás condenado, a convivir con los sueños de la razón y de la mecánica, y las posturas más probables, las que aquí interesan, oscilarán entre la sacralización de la máquina y su demonización; las dos posiciones que, junto a la indiferencia, marcan una relación ya secular.

El maquinismo ha inspirado tanto odas como filípicas. A principios del siglo XX, por ejemplo, la vanguardia futurista propugnó la maquinización del ser humano y si combatió las muestras de emoción en éste, no dudó en jalearlas en caso de darse entre él y la máquina; ahí están los poemas eróticos que F. T. Marinetti dedicó a su automóvil. En busca de la tierra que le permitiera sepultar el sentimentalismo decimonónico, los futuristas especularon con un estado ulterior en su evolución en el caul el hombre alcanzaría un estado maquinal, libre del amor, el dolor, la bondad, el miedo, y demás chatarra interior. Paralelamente a estas corrientes "entusiastas", otras más suspicaces, temieron precisamente que un cachivache cualquiera alcanzara tal perfección que lo llevara no sólo a exigir igualdad de derechos, sino incluso a proclamarse superior. Después de todo, el anhelo (legítimo) del esclavo, además de libertad, quizás sea aplastar la cabeza del amo.

La narrativa de ciencia-ficción, literaria y cinematográfica, ha contribuido decisivamente a la popularización de esta temática. En su obra R.U.R. (1920), el checo Karel Capek acuñó el término "robot" -a partir de una palabra, "robota", que significa "trabajo forzado" o "servidumbre"- para denominar a unas criaturas artificiales y antropomorfas que acababan rebelándose contra su creador. Al introducir la voz "robótica", Isaac Asimov bautizó una disciplina científica aún en ciernes… En la pantalla, los robots han aparecido regularmente desde los tiempos de Metrópolis (1927); en ésta, recuérdese, los capitostes de una ciudad empleaban la réplica mecánica de una mujer para sublevar, y manipular, a las masas. Entre otros ingenios rebeldes debemos citar forzosamente a HAL-9000, la computadora paranoica de 2001: Una odisea en el espacio (1967). Muy celebrada en su momento, hoy olvidada, fue Almas de metal (1973), de trama mínima, empero inquietante: un buen día, los robots de un parque temático empiezan a eliminar al personal y a los visitantes por culpa de un misterioso cortocircuito. Otro título memorable es Blade Runner (1982), protagonizada por un grupo de androides, hermosos y malditos, de regreso a la Tierra en busca de un pasado y un futuro del que carecen. Dos años después se estrenó Terminator.

Terminator (1984) pilló a todos por sorpresa. El director James Cameron -lejos aún el grosero grito de "Soy el rey del mundo" con que acogió el Oscar por Titanic- era un perfecto desconocido; mientras el protagonista, Arnold Schwarzenegger, tenía un único éxito en su haber: Conan el bárbaro (1981). La película era un sugerente aggiornamento del tema, entreverado a otros caros al género como el viaje en el tiempo, la fantasía apocalíptica y la fábula mesiánica. El susodicho terminator era un cyborg enviado desde el futuro para eliminar a la madre del líder de la resistencia, John Connor, en una inminente guerra entre el hombre y la máquina. Aunque el film incurriera precisamente en cuanto denuncia -el sometimiento del individuo a la tecnología-, Cameron logró dotarlo de cierto espesor, una atmósfera opresiva y un magnífico crescendo. Con todas sus imperfecciones, Terminator es un título sugerente que, en su momento, cupo entender como ajuste de cuentas contra los exterminadores entonces en boga: Sylvester Stallone, Chuck Norris o el propio Schwarzenegger. Cameron optimizó la granítica inexpresividad del actor convirtiéndolo en alma hueca cuya sola obsesión es disparar y matar, disparar y matar, disparar y…

La secuela tardó siete años en llegar y, por una vez, tuvo tanto de oportunista como de oportuna. Terminator 2. El Juicio Final (1991) no se limitó a repetir una receta de probado éxito. Cameron amplió el horizonte narrativo y convirtió el film en un complemento verosímil del anterior. Además de una persecución sin tregua, Terminator 2 es un relato de duelos a la vieja usanza, con algo de western, en el que los caballos y revólveres de antaño hubieran sido sustituidos por las motos de gran cilindrada y la artillería pesada de hogaño. La condición de superstar de Schwarzenegger introdujo otra importante novedad: el nuevo cyborg T-800, convenientemente reprogramado, devenía custodio de John Connor, ahora adolescente. El juego con los personajes no acaba aquí. Cameron dio otra vistosa vuelta a la tortilla al entregarle el papel de cyborg verdugo, el T-1000, un peligrosísimo engendro de metal líquido, a un actor parecido al chico bueno de la anterior película.

El realizador se desvinculó de la sucesiva secuela, no así Schwarzenegger, quien volvió a amueblar la pantalla con un físico que, a la hipertrofia muscular, añadía ahora un rictus tristón que los anabolizantes no consiguen alegrar. Terminator 3. La rebelión de las máquinas (2003) es un producto formulario, pues sí, que responde a dos únicas consignas: seguir a pies juntillas el esquema de los títulos precedentes y dar más de lo mismo. No hay ninguna aportación destacable a la serie, si exceptuamos la oferta de una curvilínea terminatrix, de muy buen ver, como mala malísima de la función. De la dirección se ocupó Jonathan Mostow, quien, buen artesano como es, dio un mínimo de solvencia al relato, aunque éste acabara embarrancando en una ininterrumpida celebración del desastre. Unas gotas de ironía, ni abundantes ni densas, rebajan algo la desfachatez de una empresa puramente crematística.

Y ahora ha irrumpido en la cartelera Terminator Salvation (2009), cuarta entrega de la franquicia y al mismo tiempo, si el éxito les acompaña, y les está acompañando, primera parte de una nueva trilogía. Los responsables no han hecho borrón y cuenta nueva -hubiera sido un harakiri comercial hacerlo-, pero han tomado un desvío interesante: invocar el Apocalipsis, una vez más, y centrarse en aquel conflicto futuro entre el hombre y una estirpe tecnológica que pretende aniquilarlo. Esta opción les permite hacer un guiño cómplice al díptico de Cameron, también a Swarzenegger, y tomar unos derroteros diferentes, más cercanos a superéxitos recientes como Matrix o La guerra de los mundos. El film no pasará a la Historia del Cine, pero no está mal. Hablamos de un espectáculo bien dosificado que se permite preguntarse qué diferencia al hombre de la máquina. La respuesta es la misma que hemos aplaudido en infinidad de poetas, lo que no quiere decir que Terminator Salvation sea una película poética. Pero ahí queda. El hombre tiene algo que jamás tendrá la máquina. Un corazoncito.

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